Durante la campaña que le ha conducido a su segunda victoria en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, Donald Trump comparó a la Unión Europea con una «mini China». «No compran nuestros coches, no compran nuestros productos agrícolas, no compran nada. Venden millones y millones de coches en Estados Unidos», dijo. En efecto, el bloque comunitario vende muchos más bienes a la primera potencia mundial de los que le compra ―un 46% más, concretamente, según datos de 2023 de Eurostat― y Trump ha amenazado con imponer un arancel universal de entre el 10% y el 20% al comercio de productos extranjeros para acabar con este desequilibrio.
China sigue siendo la principal preocupación del líder republicano, y en su caso el gravamen ascendería al 60%, pero en los últimos meses Trump también ha elevado el tono contra la Unión Europea. Su objetivo es crear un «anillo protector» para la economía estadounidense, relanzar su sector manufacturero y financiar de paso los recortes fiscales anunciados durante la campaña.
Estados Unidos consume más de lo que produce y eso constituye una debilidad crítica de urgente reparo para el próximo presidente del país, aunque sus promesas arancelarias presentan dos riesgos importantes. La consecuencia más directa es que el consumidor estadounidense pagaría más caros los productos importados y aquellos fabricados en suelo estadounidense pero dependientes de materias primas extranjeras, lo que contribuiría a la inflación. Un estudio del Instituto Peterson de Economía Internacional ha estimado el coste de los planes arancelarios de Donald Trump para el hogar estadounidense típico en 2.600 dólares al año. Además, las tasas a los artículos importados reavivarían una guerra comercial de repercusiones impredecibles.
Estados Unidos es el principal socio comercial de la Unión Europea y un cliente especialmente importante por el tipo de productos que compra. El país norteamericano es el destino del 20% de las exportaciones del espacio comunitario, y en los primeros puestos de la lista de bienes que cruzan el Atlántico figuran medicinas, vehículos y otros productos farmacéuticos, artículos de alto valor añadido difíciles de colocar en otros mercados extranjeros por su precio y por su volumen de ventas.
Por ello, los aranceles de Trump son una amenaza muy seria para los Estados miembros más orientados al comercio con Washington, como Alemania, Italia o Irlanda. De momento, la financiera Goldman Sachs ha recortado su previsión de crecimiento para la Eurozona del 1,1% al 0,8% para 2025 tras la victoria del republicano y advierte de que el sector del automóvil será uno de los más afectados, un misil directo a la línea de flotación de la economía alemana, ya de por sí muy renqueante por su desvinculación del gas ruso.

Para evitar ese impacto, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha deslizado la idea de utilizar el gas natural licuado estadounidense para equilibrar la balanza comercial y sortear los aranceles. En la última cumbre europea en Budapest, hace apenas unos días, la alemana mostró una actitud conciliadora cuando los periodistas le preguntaron por la política comercial de Trump: «Debemos negociar, todavía importamos energía de forma significativa a Rusia, pero ¿por qué no sustituirla por gas natural licuado estadounidense, más barato y que reduce los precios de la energía?».
En su primer mandato Donald Trump ya gravó las importaciones de aluminio, acero o paneles solares, un movimiento dirigido en un principio a China pero que acabó también involucrando a la Unión Europea, México o Canadá. Entre 2019 y 2021, los gravámenes se extendieron incluso a productos de la industria aeronáutica y agroalimentarios en el contexto de la disputa comercial entre Airbus y Boeing, lo que afectó de pleno al aceite y el vino español.
Aunque la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca limó asperezas y permitió acabar con algunos de esos aranceles, la agenda proteccionista se mantuvo bajo la administración demócrata y se amplió incluso a los vehículos eléctricos o las baterías. La sombra del segundo mandato de Trump se cierne ahora sobre todo el comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea, el intercambio de bienes más importante del mundo.

