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En el año 2000, el entonces presidente estadounidense Bill Clinton era optimista con el ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC). Creía que Pekín importaría de Estados Unidos “la libertad económica” y más productos, lo que llevaría a sus ciudadanos a “exigir una mayor participación”. Clinton reflejaba los ideales de la época: la globalización y el comercio abierto unirían a los países y fomentarían la paz, ya que compartir intereses haría que atacarse fuese perjudicial. Además, la liberalización económica y comercial se veían como la antesala de la democracia participativa. Sin embargo, este optimismo ocultaba un cálculo de poder: dada la superioridad estadounidense, más lazos significaban más influencia.
En 2023, el consejero de Seguridad Nacional de Joe Biden, Jake Sullivan, admitió el fracaso de esta perspectiva. La integración de China en la economía mundial le ha permitido competir con las grandes potencias, algo que Estados Unidos se niega a aceptar. Como fábrica del mundo, el gigante asiático complementaba la economía estadounidense, pero como superpotencia es una amenaza para su hegemonía. Estas tensiones forman parte de un nuevo enfoque global, donde la interdependencia supone una fuente de vulnerabilidad y confrontación, y los vínculos económicos se han convertido en armas geopolíticas. Países y empresas buscan ganar autonomía y relocalizar las cadenas de suministro, priorizando la seguridad sobre los costes.
China ha transformado la globalización
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