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Donald Trump adora los aranceles. Durante la campaña a las elecciones presidenciales en Estados Unidos ha dicho que son su “palabra favorita” y “lo mejor que se ha inventado”. Le gustan tanto que ha basado su propuesta económica en torno a ellos, bautizada por él mismo como Maganomics. El magnate republicano ha prometido que, si gana, impondrá nuevos aranceles a las importaciones. Estos serían los más altos desde los implementados por el presidente Herbert Hoover en 1930 frente a la Gran Depresión.
Tampoco es una gran sorpresa. Se trata de una versión extrema de las políticas mercantilistas que marcaron el primer mandato de Trump y que más tarde influenciarían el de Joe Biden. Pero ahora el contexto es diferente. Después de la guerra comercial con China y del auge del unilateralismo, poca fe queda en el libre comercio y sus virtudes, y los Estados afectados probablemente respondan con sus propias barreras. Si Trump gana y cumple su promesa, el proteccionismo podría desembocar en nuevas guerras comerciales.
‘Maganomics’: Trump ataca de nuevo
Ocho años después de su victoria, Donald Trump ha radicalizado sus propuestas proteccionistas para atraer a un electorado mucho más acostumbrado a esta retórica. Su medida estrella es un arancel universal del 10-20% a todas las importaciones y otro de al menos el 60% a las de China. Trump ha insistido en ello durante toda la campaña y podría ser una de sus primeras decisiones si es investido. Con ello quiere fomentar la producción interna, crear empleo, reducir el déficit comercial y rebajar los impuestos con lo recaudado. Como Biden, quiere apoyar el “made in USA”, pero a través de rebajas fiscales y barreras comerciales en vez de subsidios, como hace la actual Inflation Reduction Act.
El republicano propone más medidas en esa línea. Entre otras, pretende devaluar el dólar para promover las exportaciones y deportar a millones de inmigrantes, en este caso dentro del discurso de aumentar el empleo de los estadounidenses. Asimismo, ha propuesto designar a un “embajador manufacturero” para convencer a las empresas internacionales de que lleven su producción a suelo estadounidense y se aprovechen de las zonas de muy bajos impuestos que pretende crear.
A la larga, la producción interna aumentaría y Estados Unidos sería más autosuficiente, pero los costes económicos serían mayores. El think-tank liberal Peterson Institute for International Economics vaticina que, si Trump gana e implementa sus Maganomics, la inflación podría estar entre el 6% y el 9,3%, en comparación con el 1,9% que se espera actualmente. En ese caso, la Reserva Federal no tendría más opción que volver a subir los tipos de interés, desacelerando la economía estadounidense. Y, de rebote, la mundial.
Efecto dominó en el comercio mundial
Los aranceles que plantea Trump dañarían la economía y el comercio internacional al dificultar el acceso a la mayor economía del mundo. China sería la mayor perjudicada. Por un lado, muchas de sus exportaciones dejarían de ser competitivas en el mercado estadounidense. Por el otro, empresas internacionales que producen en China principalmente para vender en Estados Unidos ―como productos electrónicos, maquinaria o juguetes― buscarán relocalizarse a otros países con costes de producción similares pero sin el peso de unos aranceles tan altos, como México, Vietnam o India. El gigante asiatico podría desvalorizar su moneda para ser más competitivo, pero eso también perjudicaría su balanza comercial.
La Unión Europea sería otra gran perdedora. Estados Unidos es el principal destino de sus exportaciones y la economía del continente se encuentra estancada en un contexto de altas tasas de interés. Unos aranceles del 10% reducirán la economía de los países de la zona euro un 1%, según el banco de inversión Goldman Sachs. Eso es más de lo que se espera que el bloque crezca este año.
Pero la verdadera hecatombe vendría cuando los países afectados deciden tomar represalias y responder imponiendo sus propias barreras. Esto podría recortar el crecimiento mundial un 0,8% en 2025 y hasta 1,3% en 2026, según pronósticos del Fondo Monetario Internacional. Aunque a menor escala, ya ocurrió durante el primer gobierno de Trump, cuando la Unión Europea y Canadá tasaron varias importaciones estadounidenses como respuesta a los aranceles al acero y el aluminio.
Aquí Estados Unidos también saldría perjudicado. En este escenario, muchas empresas buscarían importar suministros y exportar mercancías más allá del país norteamericano, alentando al resto de países a comerciar entre ellos y aislando aún más a Washington. Eso sí, Estados Unidos importa mucho más de lo que exporta, por lo que el impacto sería menor.
Chantaje para alinear a China
Trump tiene otra opción: ofrecer unos aranceles más bajos a aquellos socios dispuestos a alinearse con Estados Unidos en contra de China. Esta propuesta podría ser atractiva para varios aliados estadounidenses en un contexto en el que el proteccionismo y recelo contra el gigante asiatico van en aumento. Con ello se evitaría una guerra comercial total. Además, los aranceles de Trump contra China podrían alterar los flujos comerciales, redireccionando las exportaciones chinas hacia Europa y otras economías avanzadas, como Canadá, Australia, Corea del Sur o Japón. Estas, a su vez, podrían movilizar a los productores locales para demandar a sus gobernantes protección contra la avalancha de importaciones chinas.
La falta de talante negociador de Trump y la posible reticencia de algunos Estados a cooperar con él podría dificultar tal iniciativa. Sin embargo, el expresidente y candidato también podría usar otras bazas para convencer a sus socios, como el apoyo militar contra Rusia en Ucrania y contra China en el Pacifico. En este escenario, Pekín podría verse obligada a impulsar de una vez por todas su consumo interno para compensar la demanda exportadora perdida. Se trata de una de sus principales tareas pendientes: cambiar su modelo basado en las exportaciones para elevarse al estatus de economía avanzada.
La historia rima un siglo después
Si Trump gana y se ciñe a sus propuestas, otras potencias probablemente tomarán represalias a los aranceles estadounidenses, protegiendo sus mercados y enterrando aún más al libre comercio. El resultado: menor crecimiento, mayor inflación y menor innovación. Más aún, fomentaría un clima de desconfianza entre Estados, socavando un orden multilateral, basado en la colaboración y el diálogo en el seno de las organizaciones internacionales. En su lugar, la victoria de Trump asentará un modelo unilateralista y proteccionista que lleva ya años emergiendo y donde los intereses nacionales priman sobre el bien común.
La historia también nos puede dar algunas pistas de ese impacto. Los aranceles de Trump sólo podrían compararse con los de la Smoot-Hawley Tariff Act, implementada en 1930 por el presidente Hoover para proteger a los productores estadounidenses tras el crac del 29. Muchos historiadores culpan a esta medida y a la subida arancelaria con la que respondieron los países europeos de agudizar la Gran Depresión. A su vez, la pobreza y el paro generalizado se convirtieron en el perfecto caldo de cultivo para el triunfo de movimientos extremistas y nacionalistas que estallarían en la Segunda Guerra Mundial.