Desde principios del siglo XVII y hasta finales del XX, la riqueza de los habitantes de Polonia rara vez alcanzó a ser la mitad de la del resto de la población europea occidental. Con el colapso de la URSS y de la economías del bloque del Este a principios de los noventa, esta brecha histórica llegó a su límite, con un empobrecimiento drástico que golpeó con fuerza a la población polaca, cuyos ingresos per cápita cayeron por debajo incluso de los de Gabón o Surinam.
A partir de ese momento, sin embargo, el desarrollo del país ha sido tal que su PIB per cápita en paridad de poder adquisitivo logró situarse a cierre de 2022 en cerca de 42.500 euros, a muy poca distancia del que se registra en España. De hecho, pocas economías del Viejo Continente han crecido tanto desde la caída del muro de Berlín como la de Polonia, aunque su historia bien puede ser aplicable a casi todos los Estados del Este, el gran grupo emergente del continente europeo.
Entre 1990 y 2022, el PIB de países como Moldavia, Estonia, Lituania, Polonia o Eslovaquia experimentó un crecimiento acumulado de más de un 700%, mientras que en España, Italia, Alemania y Francia —las cuatro grandes economías de la UE— este no ha superado el 160%.
Si bien es cierto que es sesgado comparar la evolución porcentual de grandes economías ya asentadas con la de otras mucho más pequeñas que partían de suelos muy bajos, lo cierto es que otros indicadores demuestran el gran desarrollo que han vivido los países del Este en las tres últimas décadas. Un tiempo en el que han cerrado gran parte de la brecha que les separaba de los Estados occidentales: hoy, el PIB per cápita de Lituania o Estonia ha superado al de España, mientras que el de Chequia y Eslovenia ya se mueve en el baremo del de Italia, de en torno a 50.000 euros, no muy inferior al de Francia.
Junto a ellos, existen otros dos casos que destacan por su gran crecimiento económico en el contexto europeo, aunque por motivos muy distintos: Bosnia y Herzegovina, que partía de una situación de devastación tras la guerra de mediados de los años noventa, e Irlanda, cuyo milagro económico descansa en una burbuja artificial generada por el traslado al país de numerosas multinacionales norteamericanas.
La dependencia comercial de Europa con Alemania, la locomotora de la región
En 1992, el Tratado de Maastricht sentó las bases de la expansión hacia el este de la Unión Europea y abrió las puertas a que las antiguas repúblicas socialistas comenzaran a interactuar con los mercados y las cadenas de suministro de la Europa occidental. La consolidación llegó en 2004 con la mayor ampliación de la historia del bloque comunitario, que incorporó a ocho países, la mayoría de ellos de la región oriental del continente.
La entrada de estos países en el mercado comunitario y su integración en las dinámicas económicas y en las redes de transporte de la región es muy perceptible, por ejemplo, en la fuerte interdependencia que estos países han terminado establecido con Alemania, la gran locomotora económica e industrial de la región en las últimas décadas.
En Países como Chequia, Eslovaquia o Hungría más del 30% de su PIB está directamente vinculado al comercio de bienes con el país teutón, que en los últimos treinta años ha deslocalizado en los países vecinos parte de su potente industria. En Polonia, este porcentaje se mueve entre el 20% y el 30%.

