El geógrafo Saul B. Cohen sostenía que Alemania tenía dos fachadas, una occidental, industrial, comercial y marítima, volcada al Rin y el mar del Norte (la Alemania de la banana azul); y otra oriental, continental y expansionista, situada en la zona del Báltico y en la «mal llamada Centroeuropa». Es decir, una Alemania en la que los antiguos y pequeños Estados occidentales sobrevivían gracias al comercio frente a la militarista Prusia. En este contexto, la división de Alemania en dos durante la Guerra Fría era más natural de lo que pudiese parecer, actuando como estabilizador en la lucha de la Europa marítima con la continental que había llevado a la Primera y Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, la caída del Muro de Berlín y la reunificación alemana volvió a unir a las dos Alemanias, la industrial y comercial con la oriental expansionista, y Alemania dejó de ser una potencia en equilibrio con Francia dentro de la Comunidad Europea (actual Unión Europea) y se convirtió en una potencia regional hegemónica y en su motor económico.
No obstante, las dos Alemanias y sus intereses en principio contrapuestos encontraron un eje de articulación nacional dentro de la Comunidad Económica Europea (CEE) y la nueva era de la globalización: el expansionismo comercial, que no requería del militarismo para llevarse a cabo, pero sí de la expansión de la CEE y de la aprobación de Francia.
Así, en 1992, tras la reunificación alemana, se firmó el Tratado de Maastricht, que sentaba las bases de la expansión hacia el este del club comunitario, hacia la Europa continental. La CEE dejó de ser un club de los países de tradición más marítima y comercial y se convirtió en la Unión Europea, generando por el camino una mayor integración y la creación de una moneda común.
Con la expansión de 2004, Alemania pasaba de ser un país en un extremo del club comunitario a su centro geográfico, y el país se convirtió en el motor de Europa gracias a su potente músculo industrial, heredado de la Revolución Industrial, y a su exportación de bienes al resto de la Unión Europea, que fue aumentando su dependencia económica con el coloso germano.
Sin embargo, hace años que se nota el desaceleramiento de la economía alemana, que en mayo de 2022 tuvo por primera vez una balanza comercial negativa desde la reunificación. Y es que una economía que crecía bajo el amparo de la globalización y la expansión de la UE ha empezado a resentirse ante la desglobalización, el estancamiento del club comunitario, la resaca de la pandemia de covid-19 o la crisis energética derivada de la guerra (también comercial) con Rusia.
Pero Alemania es en gran medida responsable de su propia situación: su visión de la Unión Europea como una organización plenamente comercial ha lastrado la integración e impedido nuevas adhesiones. Y el ideal, surgido de la reunificación, de que mediante el comercio se podría democratizar el Este de Europa y hacerlo prosperar ha chocado con la realidad y ha hecho a Alemania especialmente dependiente del gas ruso y ha convertido a Berlín en el freno geopolítico de la UE.
Ahora, como locomotora de la UE, y potencia económica de Europa, lo que pase en Alemania afectará a todos los miembros, y la dependencia comercial con el país germano es inmensa. En Chequia el comercio de bienes con Alemania representa casi un 48% de su PIB, en Hungría un 42%, el Eslovaquia un 37%, en Austria casi un 30% y en Polonia y Eslovenia más de un 25%.
Sin embargo, estos países de Europa con alta dependencia del comercio alemán se han convertido con el tiempo en exportadores de bienes y materias primas a Alemania, hasta el punto que, con la excepción de Austria, todos ellos tienen una balanza comercial positiva con Berlín, en parte porque es mucho más barato producir aquí que en la propia Alemania. De hecho, el éxito de la UE y el estancamiento alemán hacen que Alemania tenga una balanza comercial positiva con el resto de miembros de la UE de 33,3 mil millones de dólares, que sería negativa de no ser por Francia, su mayor socio comercial dentro de la UE.



