Los temblores que Angela Merkel comenzó a padecer a finales de junio eran una doble preocupación: primero, por los problemas de salud que podía estar padeciendo, pero también por el poderoso simbolismo que transmitía la imagen. La mujer que ha marcado el rumbo de Alemania —y de la Unión Europea— en buena parte de lo que va de siglo, vista como una mandataria dura e inflexible, se mostraba frágil. Era el final de una época, aunque esto ya lo hubiese avanzado la propia canciller al anunciar que este sería su último mandato, que se extenderá como máximo hasta 2021. En esos mismos meses, la economía alemana ha venido retrocediendo una décima. Si lo hace dos trimestres consecutivos, técnicamente estará en recesión. Y una recesión en la primera economía europea y cuarta del mundo podrá ser muchas cosas, pero desde luego no algo positivo.
Para ampliar: “El complejo legado de la canciller Merkel”, Inés Lucía en El Orden Mundial, 2019
Ahora, todas las pequeñas grietas que se generaron durante la crisis y que no hicieron una mella sustancial en el sistema económico y político alemán están empezando a convertirse en importantes fracturas. Como ya han demostrado crisis como la griega, la española o el propio brexit, estas situaciones se suceden como un dominó a menudo imparable, y lo cierto es que muchas piezas del escenario alemán tienen bastantes posibilidades de venirse abajo más pronto que tarde.
A principios de siglo, el entonces canciller Gerhard Schröder desarrolló la llamada Agenda 2010, un plan orientado a reducir el desempleo —entonces en cifras elevadas para los estándares alemanes— y dinamizar la economía. Lo consiguió, aunque a costa de precarizar las condiciones laborales y reducir la protección social. Sin embargo, esto permitió a su vez realizar un cambio productivo a escala nacional: Alemania se orientaría aún más a la exportación, apoyándose en la contención salarial y la reducción de costes laborales promovida por el canciller. Así, en poco tiempo, la indust...