Hace treinta años Alemania Occidental (RFA) se anexionó Alemania del Este (RDA), pasando a formar la Alemania unificada que conocemos hoy, una potencia demográfica que levantó sus bases, en parte, gracias a la inmigración. Sin embargo, el mapa de la inmigración en Alemania siempre ha mostrado un gran contraste entre las antiguas RFA y RDA, con el Telón de Acero todavía separando dos escenarios migratorios muy diferentes.
La historia de la migración modera a Alemania empieza tras la II Guerra Mundial, cuando llegaron al país entre 12 y 18 millones de Heimatvertriebene, alemanes procedentes de otros países o de los territorios perdidos a favor de Polonia y la URSS (Köninsberg-Kaliningrado). Esto supuso tener que adaptar al país para la llegada masiva de refugiados, la construcción de nuevas ciudades y pueblos y la integración de esta población en la sociedad de su nueva región, ya que, pese a que todos eran alemanes, no hablaban los mismos dialectos ni profesaban la misma fe.
El impacto demográfico fue inmenso. En estados como Mecklemburgo-Pomerania Occidental, un 45% de la población pasó a ser inmigrante, mientras que en Schleswig-Holstein llegaron a representar un tercio de los habitantes. En otras regiones como Baja Sajonia, Sajonia-Anhalt, Brandemburgo, Baviera o Turingia el porcentaje se sitúo en torno al 20%. La base para una Alemania receptora de inmigrantes estaba establecida, pero la partición del país cambiaría las dinámicas migratorias entre ambas mitades de la nación.
Además, la reconstrucción del país requirió de una abundante mano de obra que no se encontraba en Alemania debido a las muertes de la guerra, los no nacidos durante el conflicto y la postguerra y el envejecimiento demográfico, lo que llevó al gobierno de Bonn —la antigua capital de la RFA— a aprobar acuerdos migratorios con otros países de Europa del sur y el Mediterráneo (Italia, Grecia, Yugoslavia o Turquía) durante los años 50 y 60.
En un principio se suponía que los trabajadores inmigrantes volverían a sus países de origen, por lo que se hicieron pocos esfuerzos para su integración. Sin embargo, varios millones acabaron permaneciendo en la RFA. Alemania del Este aplicó un modelo similar, aunque a mucha menor escala, y donde además se aplicaba el retorno (forzado) de los inmigrantes.
Con estas diferencias se produjo la reunificación alemana, con una parte occidental con mucha más población inmigrante que la parte oriental. Los migrantes siguieron llegando a Alemania tras la reunificación, pero la crisis económica que experimentó Alemania del este no solo desincentivó la llegada de inmigrantes extranjeros a esta parte del mapa de Alemania, sino que también favoreció la emigración de los propios alemanes del este a Alemania occidental, aumentando los ya de por sí importantes contrastes demográficos.
En constante crisis económica y social, Alemania oriental vivió –con la excepción de Berlín– ajena a la gran inmigración extranjera a la que ya estaba acostumbrada la parte occidental del país hasta la crisis de refugiados de 2015. Ese año entraron a Alemania 1,1 millones de refugiados, procedentes principalmente de Irak, Siria y Afganistán, que llegaban a través de la ruta de los Balcanes. La crisis obligó a Berlín a modificar su política migratoria tras invertir cerca de 0,5% de su PIB en acogida.
El reparto de estos migrantes por el mapa de Alemania hizo que por vez primera los estados orientales tuviesen que enfrentarse a los retos de la inmigración y a su integración en la sociedad. El resultado fue el auge de la xenofobia en esta parte del país, y con ella de la extrema derecha. Pese a esto, la diferencia entre las dos Alemania siguen siendo importantes: mientras que en Alemania del este los migrantes son en torno al 5,5% de la población, en los estados occidentales duplican con facilidad esas cifras.








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