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Estados Unidos en 2020

Estados Unidos en 2020

Estados Unidos se enfrentará en 2020 a unas elecciones presidenciales con un clima político alterado por el impeachment. Trump tiene posibilidades de conseguir la reelección, aunque hay factores que pueden complicar su permanencia en la Casa Blanca. En el plano exterior, las tensiones con China continuarán, con Hong Kong como principal foco de conflicto entre ambas potencias. 2020 será, en definitiva, un año inestable para un país que solo puede pensar en el próximo 3 de noviembre.

Indudablemente, 2019 será un año histórico en los anales estadounidenses. La apertura de investigaciones que podrían conducir al impeachment de Donald Trump ha incorporado al magnate a la exigua lista de presidentes que han experimentado una situación similar. Si el juicio político finalmente saliera adelante, Trump se convertiría en el primer mandatario en ser expulsado de la Casa Blanca. Pero, al margen del impeachment 2019 tampoco ha sido un año especialmente satisfactorio para Trump: no ha conseguido poner fin a la guerra comercial con China y ha permitido que Irán reanude su programa nuclear. ¿Será 2020 el último año de Trump como presidente? 

Para ampliar: “Estados Unidos en 2019”, Fernando Arancón, en El Orden Mundial, 2018

Nueva cita con las urnas

Los demócratas se asentaron como alternativa gracias a su victoria en las elecciones de mitad de mandato de 2018, que les permitió conseguir la mayoría en la Cámara de Representantes. Desde entonces, y pese a no controlar el Senado, los demócratas han demostrado su fortaleza al adoptar ambiciosas leyes destinadas a proteger las minorías étnicas o sexuales, como la llamada Ley de Igualdad, y aprobaron el comienzo de las investigaciones de impeachment. Gracias a su mayoría absoluta, los demócratas aprobarán la imputación de Trump la semana previa a Navidad. Si esto ocurre, Trump se convertirá en el tercer presidente en ser imputado por la Cámara Baja, tras Bill Clinton y Andrew Johnson. 

Sin embargo, para que el magnate sea desalojado de la Casa Blanca, se necesitaría el apoyo de al menos dos tercios del Senado. Teniendo en cuenta que este se encuentra en manos de los conservadores y que, de momento, el partido apoya al presidente sin fisuras, lo más probable es que el intento de destitución fracase, como ya ocurrió anteriormente. 

De no ser expulsado del cargo, Trump tendrá que enfrentarse a sus segundas elecciones presidenciales contra una candidatura demócrata aún por definir. Debido al elevado número de contendientes, es difícil predecir quién saldrá victorioso. El exvicepresidente Joe Biden se mantiene como favorito pese a sus numerosos desaciertos, seguido por los senadores Bernie Sanders y Elizabeth Warren. Ambos pertenecen al ala más progresista del partido, aunque existen claras diferencias entre ellos: Sanders se define como “socialista demócrata” mientras que Warren es “capitalista hasta los huesos”.

El descenso de la popularidad del exvicepresidente ha catapultado otros perfiles minoritarios, como el alcalde de South Bend, Pete Buttigieg. Veterano de la Marina de 37 años y abiertamente gay, Buttigieg trata de mostrarse como una opción joven e intermedia entre la moderación de Biden y el progresismo de Sanders y Warren. Una encuesta de CNN le situó como favorito en Iowa —primer estado en celebrar votaciones en las primarias demócratas el próximo 3 de febrero—, lo que ha impulsado su candidatura. La quinta candidatura en términos de popularidad es la de Michael Bloomberg, alcalde de Nueva York de 2002 a 2013. A pesar de que el veterano político y multimillonario se ha gastado más de 60 millones de dólares en su campaña desde que se incorporó a finales de noviembre, lo cierto es que sus posibilidades de victoria son escasas. Su pasado como político republicano, así como su historial de comentarios sexistas, dificultarán su candidatura en un Partido Demócrata cada vez más virado a la izquierda. 

A 10 de diciembre, el exvicepresidente Biden lidera la carrera con el 28,6% de apoyos, seguido por Sanders con el 17,4%, Warren con el 14,8% y Buttigieg con el 9,2%. Fuente: RealClearpolitics

¿Puede triunfar el socialista Sanders en la meca del capitalismo? Resulta improbable, pero dada su popularidad —segundo o tercero en intención de voto dependiendo de la encuesta—, es una posibilidad que no debería descartarse. De todas maneras, las tensiones existentes entre la facción moderada y la progresista no van a desaparecer, y la candidatura elegida tendrá que unificar ambas ideologías. Buttigieg podría ser una figura de consenso, aunque carece del apoyo de los votantes negros, un colectivo imprescindible para los demócratas. Warren, por su parte, ha presentado ambiciosas propuestas para transformar el país, pero sus políticas económicas, entre las que se encuentra desmembrar a las grandes empresas tecnológicas, polarizan al electorado. 

Pese a que las últimas primarias demócratas son las de las Islas Vírgenes el 6 de junio, lo más probable es que la carrera por la nominación se reduzca tras el 3 de marzo, el llamado “Super Martes”, cuando celebran primarias estados tan importantes como California o Texas, tras el las candidaturas exitosas quedan fortificadas. A lo sumo, el próximo 28 de abril —fecha de las primarias de Nueva York, otro estado clave— se conocerá el nombre del presidenciable demócrata. En todo caso, pese a los más de diez puntos de Biden, es importante recordar que en 2008, a estas alturas de la campaña, Hillary Clinton lideraba con casi un 18% las primarias demócratas que finalmente venció Obama, y Rudy Giuliani aventajaba a sus rivales con un 12% en las republicanas que terminó ganando John McCain. Nada está decidido todavía para el Partido Demócrata. 

De lo que no existe ninguna duda es de que la nominación republicana recaerá, de nuevo, en Donald Trump. Pese a la existencia de otras candidaturas, lo cierto es que ninguna tiene posibilidades reales contra el magnate, que ha fagocitado al Partido Republicano. En cualquier caso, la misma existencia de un proceso de primarias contra un presidente titular es un hecho inusual. En 2012, por ejemplo, Barack Obama no se enfrentó a ningún oponente relevante, y lo mismo ocurrió con George W. Bush en 2004. Esta anomalía puede complicar la candidatura de Trump en las presidenciales: en los últimos cincuenta años, todos los presidentes candidatos a la reeleción que se han enfrentado a un proceso de primarias resultaron elegidos candidatos pero perdieron finalmente la Casa Blanca. Así le ocurrió a Gerald Ford, Jimmy Carter y George H. W. Bush. No obstante, es improbable que los marcos de referencia anteriores sirvan para comprender las próximas presidenciales, debido a la personalidad única de este presidente y de la polarizada situación política.

Ya en noviembre, no puede descartarse una nueva victoria de Trump en las elecciones presidenciales, aunque el presidente se enfrenta a serias dificultades. Trump no ha ampliado sustancialmente su base de votantes, y el electorado que le apoyó masivamente en 2016, hombres blancos de clase trabajadora, no para de disminuir. Para reeditar su hazaña, Trump podría permitirse perder en varios estados, sumando hasta treinta y seis votos electorales y, aún así, obtener la victoria. Michigan y Pensilvania —con dieciséis y veinte votos respectivamente—, donde Trump resultó vencedor por menos del 1%; o Florida, con veintinueve, donde ganó con un 2%, serían estados prescindibles si los republicanos se aseguran el resto de estados que conquistaron en 2016. 

Estados como Florida, Ohio o Pennsylvania serán cruciales en las elecciones de 2020.

Una manera útil de evaluar sus oportunidades de reelección es analizar la aprobación en el estado de Ohio que, desde 1944, solo en una ocasión ha apoyado al candidato que resultó perdedor. El 51% de los votantes de Ohio desaprueban al presidente, dos puntos por debajo de la media nacional; un dato que debería hacer saltar las alarmas en el Partido Republicano. La amenaza de una desaceleración económica en el horizonte y unas perspectivas de crecimiento limitadas juegan también en su contra, pese a tendencias positivas como la reducción de la tasa de paro. Asimismo, otros factores como el aumento de votantes pertenecientes a minorías o el creciente peso demográfico de los millennials en relación a los baby boomers tendrán gran peso en la elección del próximo presidente de la Casa Blanca, lo que a priori juega en contra de los republicanos.

Para ampliar: “La importancia del voto latino en Estados Unidos”, Thibault Vermeulen, en El Orden Mundial, 2019 

Estados Unidos en un mundo más inestable

La amenaza de la guerra comercial con China, ya apuntada en el análisis de El Orden Mundial sobre Estados Unidos en 2019, se mantendrá en 2020. Pese al aparente avance en las negociaciones, existen numerosos puntos de fricción entre ambos Estados que dificultan la relación. Hong Kong es, sin ninguna duda, el más significativo de ellos. La aprobación en el Congreso de la Ley de Derechos Humanos y Democracia de Hong Kong, sancionada por Trump en diciembre, impedirá el avance de las negociaciones y la adopción de un acuerdo comercial. De hecho, Trump ha sugerido que sería buena idea posponer el acuerdo hasta después de las elecciones presidenciales

2020 también mantendrá la tendencia del año pasado en cuanto a la erosión de las relaciones diplomáticas de Estados Unidos, al menos bajo la batuta de Trump. Recientemente, el presidente Macron declaró que la OTAN se encuentra en “muerte cerebral”, a causa de las crecientes divergencias entre Europa y Estados Unidos en temas vitales como la guerra de Siria. Tampoco debería descartarse una escalada de tensiones comerciales con el Viejo Continente. La imposición de elevados aranceles a productos franceses puede ser la antesala de lo que le espera a los negocios europeos bajo la Administración Trump. La intención de la nueva presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, de establecer una “Comisión geopolítica”, también debe ser entendida como un gradual distanciamiento de Estados Unidos.

Respecto al resto de focos de atención en la política exterior estadounidense para el año que entra, muchos de los que fueron importantes en 2019 se mantienen. La tensión con Irán continuará, y también lo harán las sanciones estadounidenses. Las críticas de la Casa Blanca a la gestión de las protestas en Irán por parte del régimen es otra muestra más de las discrepancias entre ambos Gobiernos, y es improbable que se alcance un acuerdo antes de las elecciones. 

Corea del Norte, por su parte, continuará siendo un quebradero de cabeza. Pese a describirse como un “negociador nato”, Trump no ha conseguido más que gestos simbólicos por parte de Kim Jong-un. Sin una propuesta clara, Corea del Norte recrudecerá los ensayos nucleares, elevando la temperatura en una región caldeada. Debido al interés del republicano en conseguir acuerdos que le otorguen apoyo electoral de cara a las presidenciales, Kim Jong-un tiene margen de maniobra para presionar, pero es improbable que Trump ceda. El levantamiento de sanciones internacionales al país como prerrequisito para la desnuclearización continuará siendo una brecha insalvable entre ambos mandatarios. Con este propósito electoralista en mente, y fiel a su compromiso de acabar con las “guerras interminables” en Oriente Próximo, Trump tratará también de cerrar un acuerdo con los talibanes de Afganistán, tras anunciar la reapertura de negociaciones en diciembre.

Por otro lado, la relación con Rusia seguirá siendo tirante, especialmente tras la retirada de Estados Unidos en agosto del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (INF, por las siglas en inglés), un valioso acuerdo firmado en el marco de la Guerra Fría. La posibilidad de interferencia rusa en las elecciones del próximo año también se ha convertido en un motivo de preocupación para el país, y hasta el Senado —controlado por los republicanos— ha destacado la necesidad de impedir su intromisión en los próximos comicios. 

Por ahora, parece que pocos países se librarán de la creciente tensión en las relaciones exteriores de Estados Unidos. Arabia Saudí e Israel, sin embargo, son una excepción a esta regla. Respecto al primero, Trump se ha posicionado en numerosas ocasiones a favor del príncipe Mohamed bin Salmán, incluso con el asesinato del periodista Jamal Khashoggi. En relación con el segundo, el magnate ha otorgado al primer ministro Netanyahu numerosos gestos diplomáticos como el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, y lo ha amparado pese a las acusaciones de corrupción que amenazan su cargo. Es de prever que la férrea defensa de ambos países por parte de Washington termine si llega a la Casa Blanca un presidente demócrata. 

En definitiva, a Estados Unidos le espera un 2020 convulso. La Administración Trump continuará desdeñando las relaciones con aliados como la Unión Europea y ahondando en sus conexiones con socios como Israel. En esta nueva página de la historia, una fecha resultará esencial: 3 de noviembre. Dicho martes, los votantes elegirán si conceden cuatro años más a Trump o si, por el contrario, se decantan por una candidatura demócrata. Si 2019 fue un año transitorio, 2020 será un punto de inflexión para la consolidación del trumpismo en la política estadounidense o, por el contrario, para el regreso de los demócratas al poder.

Para ampliar:“La geopolítica tras las protestas en Hong Kong”, Fernando Arancón, en El Orden Mundial, 2019