En el foco Geopolítica Asia-Pacífico

La geopolítica tras las protestas en Hong Kong

La geopolítica tras las protestas en Hong Kong
Manifestante durante las protestas de Hong Kong. Fuente: Studio Incendo (Flickr)

La reciente crisis que vive Hong Kong no se limita únicamente a una cuestión de derechos civiles. Lo cierto es que este enclave autónomo chino se ha convertido en una pieza clave en la confrontación comercial entre Estados Unidos y la República Popular, y las protestas son una más de las múltiples piezas que tiene este pulso entre potencias.

La regla número uno para quien se manifieste en Hong Kong es que nadie sepa que ha estado allí. O que al menos ese nadie sea el Partido Comunista Chino. El smartphone se queda en casa para evitar la geolocalización del aparato y con ella del manifestante; la cara, si puede ser, tapada, con gafas de sol o incluso con un paraguas por delante para intentar hacerle la trampa a los escáneres de reconocimiento facial que utiliza la policía hongkonesa; y en la vuelta a casa en el suburbano, es preferible sacar un billete individual en las máquinas de la estación en vez de usar la tarjeta de transporte personal, de nuevo, para evitar que quede un registro digital de que se estuvo allí. Todo sea por burlar uno de los sistemas represivos más sofisticados del mundo. 

El origen de esta última crisis se sitúa a principios del mes de junio, cuando el Gobierno  hongkonés desarrolló una iniciativa por la que se permitiría la extradición de acusados a la República Popular China —además de a Taiwán y Macao, territorios con los que tampoco existe un acuerdo de extradición—. Ni siquiera hacía falta una condena firme, y se temía que se abriese la puerta a que supuestos criminales, incluyendo disidentes políticos, residentes o fugitivos en Hong Kong, fuesen enviados a suelo chino para ser procesados. Esta situación ha despertado un intenso malestar entre buena parte de la población, que ha visto con inquietud otro paso más de la excolonia británica, caracterizada por un nivel de libertades políticas e individuales inexistente en la República Popular, hacia un retroceso que les acerca a los brazos de Pekín. Entonces, cientos de miles de manifestantes salieron a las calles exigiendo la retirada de la ley, que acabó en el cajón. Pero, una vez más, Hong Kong ha servido para evidenciar la tremenda dicotomía que vive esta ciudad-Estado: por un lado los sectores prochinos, que gozan de mayor poder político, y por otro los que prefieren que Hong Kong se mantenga en el actual estatus autónomo con garantías políticas y económicas que no se ven en el resto de China. Ese pulso es el que inspira las protestas actuales para reducir la influencia de Pekín en la ciudad, y también el que impulsó la llamada revolución de los paraguas en 2014. 

Para ampliar: ¿Cuál es el estatus de Hong Kong dentro de China?”, El Orden Mundial, 2019

La República Popular, que este año ha tenido que sobrellevar el trigésimo aniversario de las protestas en la plaza de Tiananmén, no quiere que las manifestaciones en Hong Kong se vuelvan otro símbolo para la disidencia, ya que en esta edición han acabado participando hasta los empleados públicos, un sector que se había mantenido al margen por su obligado papel neutral en los asuntos políticos. Por todo ello el Gobierno chino no ha dudado en hacerse preguntas retóricas desde los medios oficialistas de qué clase de vínculos tiene la oposición de Hong Kong —especialmente la facción independentista— con Estados Unidos o Taiwán, donde partidos y think tanks han dado voz a aquellos más críticos con la deriva prochina que vive la región autónoma. Precisamente esta pequeña paranoia de Pekín —que es más un intento por embarrar la legitimidad de las protestas— evidencia la importancia que le dan a lo que hay detrás de estas. Tal es así que incluso se ha llegado a plantear la idea de que en Hong Kong se pueda dar la próxima revolución de colores, algo que China no se puede permitir estando en plena guerra comercial con Estados Unidos y viviendo el menor crecimiento económico en décadas

Manifestantes enfrentándose contra la policía en Hong Kong. Fuente: Studio Incendo.

Sea como fuere, la potencia asiática necesita controlar la situación en Hong Kong sin utilizar una fuerza excesiva, lo que deja un margen de actuación extremadamente fino. La carta más extrema sería el uso de la guarnición del Ejército Popular de Liberación de China destacada en la autonomía, que cuenta con varios miles de soldados. Aunque la ley hongkonesa permite al Gobierno local pedir ayuda al Ejército chino en caso de catástrofe o para mantener el orden si fuese necesario, lo cierto es que esto se contempla para casos extremos y no como un recurso político más. Con todo, el uso de la fuerza militar china en Hong Kong sería, precisamente, el paralelismo con Tiananmén que en Pekín quieren evitar, por lo que no parece contemplarse tal opción por ser disfuncional tanto a nivel interno como internacional.

Lo que sí ha utilizado China para aguantarle el pulso a los manifestantes es intermediarios: la represión de las protestas por parte de la policía hongkonesa ha sido muy dura, aunque nada fuera de lo común conociendo otros precedentes. Pero también ha habido agresiones hacia los manifestantes por parte de grupos de crimen organizado —las llamadas “tríadas”—, unos ataques que se sospecha tienen una orden de Pekín detrás como forma de represión por vías menos convencionales.

Sin embargo, estas son las claves internas, las cuales explican solo en parte toda la crisis en la que Hong Kong se ha visto envuelta. Hacia el exterior existen otros factores de índole geopolítica y geoeconómica que ayudan a comprender otras caras de esta situación: lo que se disputa en Hong Kong va mucho más allá de una simple reivindicación de derechos civiles y políticos. Si la población teme la futura asimilación a la República Popular China, para Pekín Hong Kong tiene un gigantesco valor geoeconómico a nivel comercial y financiero, y para Estados Unidos es una carta preciosa con la que presionar a China en sus disputas por la primacía mundial.  

Hay que tener en cuenta que el puerto de Hong Kong es uno de los que más mercancías mueve en el mundo, y para China supone un intermediario comercial fundamental con muchos socios. Esta autonomía es, tras Estados Unidos, el segundo destino comercial para la potencia asiática por la existencia de numerosas multinacionales occidentales que utilizan el territorio como lugar de desembarco para el mercado chino. Y precisamente este estatus de autonomía le ha garantizado a Hong Kong una serie de ventajas comerciales, sobre todo a ojos de Estados Unidos, que en la actualidad se revelan fundamentales en el contexto de la guerra comercial.

En 1992 se aprobó en el Congreso estadounidense la llamada Hong Kong Policy Act, una ley que reconocía el territorio asiático —entonces todavía colonia británica— como una entidad política diferente a China para cuestiones comerciales. Este estatus siguió activo cuando Hong Kong pasó de manos británicas a chinas en 1997, y Washington lo mantiene vigente en tanto que la autonomía siga adherida al concepto conocido como “un país, dos sistemas”. Tampoco es una cuestión altruista: este régimen también conviene a Estados Unidos dado que Hong Kong tiene unos elevados estándares de respeto a la propiedad intelectual de las marcas que allí operan, algo que no ocurre en la República Popular y que ha sido frecuente motivo de queja de muchos países por el descarado espionaje industrial que lleva a cabo China.

Para ampliar: “Un país, dos sistemas: Hong Kong y la República Popular China”, Fernando Rey en El Orden Mundial, 2016

En el contexto de la guerra comercial, Hong Kong y su rol especial han cobrado una importancia inusitada. Precisamente por la Hong Kong Policy Act, las subidas arancelarias que Estados Unidos aplica a China —y a los productos chinos— no se aplican de manera automática sobre Hong Kong, por lo que se genera un puerto franco que Pekín aprovecha para sacar parte de su comercio hacia Estados Unidos a través de esa vía y así mitigar el impacto que tienen los aranceles norteamericanos. La cuestión es que desde que se iniciaron las protestas en el mes de junio, el Congreso estadounidense ha decidido impulsar la llamada The Hong Kong Human Rights and Democracy Act, que cuenta con el apoyo de republicanos y demócratas. Esta nueva ley exigiría que se identificase a las personas responsables de violaciones de derechos humanos en Hong Kong con el fin de someterlos a sanciones, además de tener que emitir de forma anual un certificado que justificase continuar con el acuerdo preferencial de 1992.

Sin embargo, derogar el estatus especial de Hong Kong y equipararlo al de la China continental sería una jugada en la que ambas partes saldrían perdiendo: la República Popular se quedaría sin la salida a través de ese útil embudo, al igual que Estados Unidos —y otros muchos países— perderían las garantías económicas que ofrece Hong Kong. Así, si China se excede en su influencia sobre el territorio autónomo, Estados Unidos podría ejecutar esta cláusula como última medida de castigo; de igual manera, si Estados Unidos le retira el estatus a Hong Kong demasiado pronto, puede darle un aliciente a China para que termine de anexionar esta ciudad-Estado.

Una de las promesas que hizo China a Trump en la cumbre del G20 de Osaka en junio de 2019 fue, además de comprar más soja a Estados Unidos, poner más esfuerzos en limitar la venta de fentanilo desde China hacia EE. UU., país que es el primer consumidor mundial, algo que causa decenas de miles de muertes al año.

Las nuevas subidas arancelarias que Trump ha planteado para que entren en vigor en el mes de septiembre se han visto contestadas por China con una leve devaluación del renminbi, un movimiento preocupante —ya que supondría pasar de solo una guerra comercial a también una de divisas— y que también tiene a Hong Kong en el centro, ya que a través de su sistema financiero se da salida al renminbi offshore, la divisa china orientada a los mercados internacionales. No obstante, esto también se puede leer como la típica jugada de negociar con una mano y retorcerle el brazo al oponente con la otra. Desde inicios de agosto se han sucedido en Shanghái unas nuevas conversaciones entre China y Estados Unidos para intentar ponerle fin a la guerra comercial. Sin conocer cuál ha sido el balance de esa ronda negociadora, se puede intuir que estas medidas de presión también son una forma de obligarse mutuamente a ponerse de acuerdo bajo la amenaza de continuar escalando en un conflicto que cada vez es más pírrico. Si la República Popular está esperando a llegar viva a las elecciones estadounidenses de noviembre de 2020, Trump ya les ha advertido de que no especulen con los tiempos porque, de revalidar presidencia, podría no haber ningún tipo de acuerdo y la lucha comercial sería ya sin cuartel.

Para ampliar: “¿La moneda china es el yuan o el renminbi?”, El Orden Mundial, 2019

Sea como fuere, la cuestión de Hong Kong está lejos de terminar. En el año 2047 —una fecha no tan lejana como parece—, la autonomía del territorio caduca, y Pekín será libre de incorporarlo al resto de China. Para entonces, quienes abogan por la autonomía o la independencia deben haberle ganado el pulso al oficialismo chino, una tarea en absoluto sencilla. Mientras tanto, este enclave seguirá siendo fundamental en la confrontación entre China y Estados Unidos, un pulso de primer nivel que está cada vez más cerca de ir más allá del plano económico.