En el verano de 2017, la Comisión Europea decidió dar por finalizada la crisis que había comenzado hacía una década. La ironía es que, poco tiempo después de este final oficial y cuando algunos países todavía sienten los devastadores efectos de esa década perdida europea, ya se está hablando de la próxima ola que se aproxima. No se sabe con certeza qué forma tomará ni cómo de fuerte será, pero sí se intuye de dónde proviene: Estados Unidos. Algunos indicadores claves y la coyuntura política y económica del país dan fuerza al escenario de una nueva crisis.
Para entender cómo se puede vaticinar esto, lo primero es explicar la llamada yield curve —‘curva de rendimiento’ o ‘de rentabilidad’—, conocida en español como curva cupón cero. En la deuda pública de Estados Unidos, esta curva marca la diferencia de interés que se paga por comprar los bonos a corto y largo plazo. En un escenario normal, el interés es más elevado cuanto mayor es el plazo de devolución —los del Tesoro estadounidense abarcan desde bonos a un mes a bonos a 30 años—, por lo que la curva es positiva. El motivo es fundamentalmente uno: al ser la incertidumbre mayor en el largo plazo que en el corto, hay menos demanda de bonos a tres, cinco o diez años que de bonos a uno y, en consecuencia, se han de remunerar mejor para atraer la inversión a esos plazos.
Sin embargo, cuando la economía empieza a no ir tan bien, esta curva se invierte, algo que de manera esporádica ya ha empezado a ocurrir. El 11 de enero de 2019 los bonos a un año tenían una tasa de interés mayor que los bonos a dos, tres o cinco años. Pero esta no es una comparación clave; sí lo es la diferencia en el interés entre los bonos de tres y cinco años y, de forma más evidente y crítica, la diferencia entre los bonos de dos y diez años. El histórico muestra que, cuando estas dos variables se han invertido —cuando el bono a tres años es más caro que el de cinco y el de dos más que el de diez—, la economía estadounidense ha entrado en recesión ...