El poder del apellido: las dinastías familiares que controlan la política en Asia - El Orden Mundial - EOM
Política y Sociedad Asia-Pacífico

El poder del apellido: las dinastías familiares que controlan la política en Asia

El poder del apellido: las dinastías familiares que controlan la política en Asia
Fuente: elaboración propia.

Las dinastías familiares dominan la política asiática desde hace generaciones y al margen de ideologías, ya sea en los regímenes comunistas de Corea del Norte y Vietnam o en democracias como Japón e India, pasando por China o Indonesia. Unas se mantienen, algunas sucumben y surgen otras nuevas, pero estas familias permanecen como fuente de poder en el continente.

Entre 2000 y 2017, 119 líderes mundiales eran miembros de familias con tradición política. Si en Occidente han estado los Kennedy, Bush, Le Pen o Kirchner, en Asia la lista tampoco se queda corta. Varios miembros de las mismas familias han gobernado democracias como Japón e India, y en otras como Singapur y Bangladesh los líderes actuales son hijos de los fundadores del país. Mientras que en países comunistas como Vietnam y Laos los hijos de la primera generación de líderes ocupan altos cargos, en China han llegado a la presidencia. Lo mismo ocurre en el régimen autárquico de Corea del Norte o en la monarquía absoluta de Brunéi, donde la misma familia dirige el país desde hace décadas.

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Esta tendencia suele atribuirse a supuestos valores “asiáticos”, a pesar de que el continente es muy diverso étnica, política y religiosamente. En algunos casos, se trata de esa misma diversidad la que explica el fenómeno, y también una historia reciente común bajo el dominio de imperios extranjeros; la mayoría de los países tienen menos de sesenta años de historia independiente. En otros, el papel principal lo juega la idiosincrasia del país. Pero la acumulación de poder está presente en todos.

Las dinastías actuales más importantes se ajustan a dos modelos: las que han legitimado su mandato por tradición política o por estar ligadas al partido en el poder, y las vinculadas a la creación del país por tener entre sus miembros a líderes fundadores. También están las que han sucumbido a luchas con otras facciones y a la volatilidad regional. Mientras unas dinastías han perdido fuelle porque sus miembros han sido encarcelados, exiliados o asesinados, otras aprovechan para tomar el relevo.

Fundadores de la nación

En los regímenes autoritarios de Corea del Norte y Brunéi, las dinastías gobernantes cuentan con padres vinculados a la creación del país. Desde su fundación en 1948, Corea del Norte ha estado gobernada por Kim Il-sung (1948-1994), su hijo Kim Jong-il (1994-2011) y su nieto y líder actual, Kim Jong-un. Los rumores sobre la muerte de este último en 2020 y la falta de candidatos masculinos apropiados hicieron temer una crisis de sucesión. Así, pese a ser mujer, su hermana Kim Yo-jong es la candidata más probable para relevarlo y garantizar que el poder se quede en manos de la reverenciada familia Kim.

Por su parte, los Bolkiah en Brunéi se han sucedido desde el siglo XIV, incluso durante el protectorado británico entre finales del XIX y finales del XX. El sultán actual, Hassanal Bolkiah, está al mando de la monarquía absoluta desde 1967, y además es primer ministro y se encarga de las carteras de Finanzas, Exteriores y Defensa. Su hijo mayor y heredero al trono es a la vez ministro sénior en el Departamento del Primer Ministro.

En Singapur, Bangladesh e Indonesia, los hijos de los líderes fundacionales también ocupan altos cargos políticos. Lee Hsien Loong, por ejemplo, preside Singapur desde 2004. Su padre, Lee Kuan Yew, había decidido separarse de Malasia para fundar en 1965 la ciudad-Estado que gobernó hasta 1990. La transformación durante ese largo mandato hizo del país una potencia regional. Aunque no siempre ha gobernado un Lee, el Partido de Acción Popular del padre fundador va atado a la familia y su popularidad y control son indiscutibles: ha ganado todos los comicios en la historia del país. 

En Bangladesh ocurre algo similar. Sheikh Hasina, hija del padre de la patria, Sheikh Mujibur Rahman, fue primera ministra entre 1996 y 2001 y repite desde 2009. Hasina es la líder que más años ha gobernado el país desde que se separó de Pakistán en 1971 y preside el partido gobernante, Liga Awami, desde 1981. Su popularidad le ha permitido ganar las últimas tres elecciones con mayoría arrolladora y encarcelar a la líder de la oposición.

Y en Indonesia, hablar sobre la independencia del país supone hablar de Sukarno. Aunque ha sido una figura controvertida por su mandato dictatorial (1945-1967), Sukarno es un icono de la lucha contra las fuerzas coloniales neerlandesas y todavía es muy admirado. Esa popularidad llevó a su hija Megawati a la vicepresidencia en 1999 y a la presidencia en 2001. Si bien hace años que los Sukarno no gobiernan, Megawati dirige el partido que ocupa el Gobierno y su hija es una posible candidata para las presidenciales de 2024.

En China, los hijos de los líderes de la primera generación y la revolución comunista son apodados “principitos”. Uno de ellos es el presidente actual, Xi Jinping. Su padre, Xi Zhongxun, fue secretario general del Consejo de Estado entre los años cincuenta y sesenta, pero acabó encarcelado durante la Revolución Cultural. Si bien esto perjudicó a Xi hijo en los inicios de su carrera política, la veteranía del padre dentro del Partido Comunista también le ha ayudado.

Laos y Vietnam tienen ejemplos similares con los hijos de miembros de la primera generación de dirigentes comunistas. En el 11º Congreso del Partido Popular Revolucionario de Laos, celebrado en enero de 2021, tres hijos de los que fueron primer y segundo secretario general fueron nombrados miembros del Comité Central. En la vecina Vietnam también abundan los altos cargos regionales para hijos de antiguos dirigentes, lo que ha permitido años de corrupción en la cúpula del Partido Comunista.

La política como negocio familiar

Por toda Asia ciertas familias han intentado conseguir poder y preservarlo durante generaciones, convirtiendo la política local, regional e incluso nacional en un negocio familiar. En India, por ejemplo, hay decenas de dinastías políticas, aunque la más conocida son los Nehru-Gandhi, sin parentesco con el líder independentista Mahatma Gandhi. Esta familia cuenta entre sus miembros con tres primeros ministros y está vinculada desde la independencia al Congreso Nacional Indio, el partido que ha gobernado el país durante más de cincuenta años. Jawaharlal Nehru fue el primer líder de la India independiente entre 1947 y 1964. Su popularidad le facilitó la carrera política a su hija, Indira Gandhi, que lo sucedió poco después de su muerte. Indira fue a su vez sucedida por su hijo, Rajiv Gandhi, primer ministro en dos ocasiones antes de ser asesinado en 1989. Pese a que los Gandhi presiden el Congreso Nacional Indio desde 1998, la victoria del nacionalista Narendra Modi en 2014, una crisis interna del partido y la pérdida de votantes los relegaron a la oposición.

La situación es parecida en Filipinas, donde el 84% de los senadores pertenecen a familias políticas. Los Aquino sobresalen con dos presidentes y vínculos con otras dinastías. Su destacado papel en el derrocamiento de la dictadura de Ferdinand Marcos (1965-1986) los enalteció como líderes demócratas de la nación, en especial a la expresidenta Corazón Aquino, apodada “madre de la democracia”, y catapultó a la presidencia a su hijo Benigno Aquino III en 2010. Filipinas limita a uno los mandatos presidenciales, por lo que Aquino III no se podía volver a presentar, y ante la falta de sucesor quiso pasar el testigo a Mar Roxas, miembro de otra familia política vinculada a la suya. Sin embargo, esa apuesta continuista no convenció a los votantes frente a la candidatura de Rodrigo Duterte, un controvertido partidario de la mano dura que gobierna Filipinas desde 2016. 

En Sri Lanka, los Rajapaksa son el retrato de cómo convertir la gestión pública en un asunto familiar. Esta familia está metida en política desde la independencia del país en 1948, pero ha ganado peso en los últimos veinte años. Mahinda Rajapaksa fue presidente entre 2005 y 2015 con dos hermanos y una sobrina en altos cargos ministeriales, y vuelve a encabezar el Gobierno desde 2019 como primer ministro, con un hermano como presidente. Además, Mahinda está a cargo de tres ministerios y ha designado ministros a otro hermano y a su hijo para encaminar el relevo.

Japón, por su parte, cuenta con la familia real más antigua del mundo, la dinastía imperial japonesa. La política nacional está dominada por unas pocas familias, todas del Partido Liberal Democrático, la formación conservadora que ha gobernado el país casi de continuo desde los años cincuenta. Ex primeros ministros como Shinzo Abe y Taro Aso provienen de dinastías políticas de varias generaciones, algunas controvertidas por su relación con el pasado imperialista japonés.

Por ejemplo, la familia de Abe ha contado con primeros ministros, un ministro de Defensa y otro de Industria. Su padre, Shintaro Abe, ocupó las carteras de Agricultura, Comercio y Asuntos Exteriores y fue secretario general del partido en los años ochenta. Su hermano es el actual ministro de Defensa. Además, su abuelo paterno, Kan Abe, fue parlamentario entre los años treinta y cuarenta. Y su mentor y abuelo materno, Nobusuke Kishi, fue gobernador de Manchukuo —un Estado títere del Imperio japonés en China en los años treinta—, primer ministro y criminal de guerra. Esto último no ha impedido que los Abe gocen de popularidad y poder. El propio Shinzo, en el cargo hasta 2020, es el primer ministro que más años se ha mantenido en el poder.

Caídos en desgracia

Otras dinastías familiares asiáticas han perdido el poder por tener a algunos de sus miembros envueltos en escándalos. Los exlíderes de Corea del Sur, Tailandia y Malasia, por ejemplo, acabaron destituidos por su implicación en corruptelas. Antes de ganar la presidencia de Corea del Sur en las elecciones de 2013, Park Geun-hye ya era una figura controvertida por ser hija del dictador Park Chung-hee, que sumió al país en una etapa oscura entre 1972 y 1979. Perdió la presidencia en 2017, destituida por corrupción, abuso de poder y sobornos millonarios a grandes grupos empresariales surcoreanos como Samsung. Desde entonces cumple una condena de veintidós años de cárcel.

El popular ex primer ministro tailandés y magnate de las telecomunicaciones Thaksin Shinawatra está exiliado desde el golpe de Estado que sufrió en 2006, poco después de revalidar su mandato en las elecciones. Tailandia tiene un largo historial de Gobiernos instaurados por militares a través de golpes de Estado respaldados por la monarquía, institución fundamental para la unidad del país. En ese contexto, las victorias electorales de Thaksin en 2001 y la de su hermana Yingluck en 2011 son una anomalía. De hecho, Yingluck, cuya popularidad viene en parte por su hermano, también fue destituida con un golpe de Estado en 2014. Ambos han acabado en un exilio autoimpuesto para no ser encarcelados por corrupción.

La situación de los Razak en Malasia, con tres generaciones en política, es muy distinta. Esta familia cofundó el Barisan Nasional, el partido nacionalista que ha gobernado el país sin interrupción desde la independencia en 1957 hasta 2018. Además, tres de los ocho primeros ministros que ha tenido el país eran miembros de esta familia. Sin embargo, su popularidad ha quedado truncada con la implicación del entonces primer ministro Najib Razak en el caso 1 Malaysia Development Berhad de 2015, uno de los mayores casos de corrupción financiera a nivel mundial. Este escándalo llevó a Najib a perder el poder en 2018 y podría hacerle entrar en prisión.

La caída en desgracia de la líder de Myanmar, la nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, no tiene que ver con la corrupción. Suu Kyi encabezó la frágil democracia de Myanmar entre 2016 y 2021 y es hija de uno de los líderes independentistas del país, Aung San. Fue muy criticada a nivel internacional por negar el genocidio de los militares birmanos contra la minoría rohinyá ante el Tribunal Internacional de Justicia en noviembre de 2019. Pero esta controversia no ha afectado su popularidad interna: obtuvo una amplia mayoría en las elecciones de 2020 y el pueblo birmano ha salido a la calle para pedir su liberación tras el golpe de Estado militar que la derrocó en febrero de 2021. Su última detención, sumada a los muchos años de arresto domiciliario que pasó antes de llegar al poder, encumbran a Suu Kyi como símbolo de la misma lucha por una Myanmar libre que acabó con la vida de su padre.

Taiwán vive otra polémica, ligada al fundador del país, Chiang Kai-shek, y a su partido, el nacionalista Kuomintang. Este líder gobernó la isla con mano de hierro desde 1950 hasta su muerte en 1975. Su hijo, Chiang Ching-kuo, le sucedió en el cargo poco tiempo después y mantuvo el régimen autoritario, conocido como el Terror Blanco, que duró hasta 1987. El recuerdo de la dictadura todavía levanta ampollas entre los taiwaneses y divide a la población. Además, el legado de Kai-shek sigue vivo en su bisnieto, Chiang Wan-an, candidato a alcalde de Taipéi en 2022, desde donde podría saltar más tarde a la presidencia del país.

En Pakistán, meterse en política puede ser letal. La familia Bhutto ha tenido dos primeros ministros y dos presidentes, algunos asesinados por enemigos políticos. El patriarca, Zulfikar Ali Bhutto, fue condenado a muerte y ahorcado en 1979 después de sufrir un golpe de Estado que lo echó del cargo de primer ministro. Su hija Benazir Bhutto, la primera mujer en ser primera ministra de un país musulmán, fue asesinada en un atentado en 2007. Pese a ello, los Bhutto siguen en política con el hijo de Benazir al mando del Partido del Pueblo Pakistaní, por el que se presentará a las elecciones generales de 2023.

¿Hay política más allá de las dinastías?

Si bien son muchas las dinastías que controlan el poder, también hay política más allá de estas familias. La llegada de líderes disruptivos no solo ha ocurrido con Modi en India y Duterte en Filipinas. En Indonesia, Joko Widodo es el primer presidente sin un pasado militar ni ligado a tiempos dictatoriales. Fue vendedor de muebles, escaló peldaños desde la política local y revalidó su mandato en 2019. El primer ministro de Pakistán, Imran Khan, fue capitán del equipo nacional de cricket antes de entrar en política. Los líderes actuales de Corea del Sur, Japón, Taiwán o Malasia tampoco tienen pomposos linajes políticos: los padres del presidente surcoreano Moon Jae-in huyeron de Corea del Norte durante la guerra, y los del primer ministro japonés Yoshihide Suga eran campesinos. Nguyen Phu Trong lidera el Partido Comunista de Vietnam y presidió el país hasta abril de 2021 sin tener parentesco con antiguos dirigentes, e incluso ha purgado el partido de la corrupción ligada a algunos herederos.

Con todo, la llegada de políticos alternativos tampoco significa el fin de esta inclinación a las dinastías. De hecho, algunos ya promueven la carrera política de sus hijos. En Indonesia, el hijo de Widodo, Gibran Rakabuming, ganó las elecciones a la alcaldía de Surakarta a finales de 2020, como su padre hace quince años. Como Filipinas solo permite un mandato presidencial, Sara Duterte, hija del actual presidente, se postula como candidata a las elecciones de 2022 mientras gobierna la alcaldía de Davao, como también hizo su padre. En Camboya, el primer ministro Hun Sen mantiene un régimen autoritario y personalista desde 1985, y pretende ser sucedido por su hijo mayor, Hun Manet, miembro del Comité Permanente y número dos del Ejército.

Las dinastías familiares dominan la política asiática con gran apoyo popular. No en vano, pertenecer a un linaje de políticos o estar vinculados a la fundación nacional da cierta estabilidad a regímenes de todo tipo. Y más aún cuando muchos de estos países todavía están asimilando una identidad común y tienen un pasado reciente de colonización y conflictos internos. Lejos de supuestos valores “asiáticos” o confucianos que pregonan el respeto al líder y la importancia de la comunidad, la pervivencia de estas dinastías ha girado en torno a acumular poder y proteger los valores familiares o del partido, objetivos que no conocen de nacionalidad, ideología ni religión y que aseguran su futuro en el continente.

Marta Nuevo

Barcelona, 1994. Graduada en Traducción e Interpretación (inglés y japonés) por la UAB. Máster en Relaciones Internacionales por la Universitat Ramón Llull-Blanquerna y diploma en Conflictos Internacionales por la Utrecht University. Interesada en geopolítica, conflictos internacionales, política exterior y sociedad en Asia-Pacífico.

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