Política y Sociedad América Latina y el Caribe

La herencia política de los Kirchner en Argentina

La herencia política de los Kirchner en Argentina
Pancarta de Néstor Kirchner. Fuente: Gustavo Facci (Flickr)

El apellido Kirchner ha llegado a representar todo un referente ideológico en Argentina, contando con numerosos seguidores y otros tantos detractores durante años. A parte de la omnipresente influencia peronista, nunca antes una corriente política tuvo tanto peso en el devenir de la nación sudamericana, generando un alto grado de polarización en la sociedad. Por eso, su herencia política siempre será discutida.

A lo largo de la convulsa e indescifrable historia de la República Argentina, son muchos los líderes políticos y sociales que han aspirado a dirigirla, esgrimiendo el argumento de que solo ellos eran capaces de superar los enquistados problemas que desde hace tanto tiempo sacuden la nación sudamericana. El espejo del tiempo resulta poco benévolo con la mayoría de presidentes y mandatarios que en algún momento asumieron las riendas del Estado; la línea que separa el éxito del fracaso político, la simpatía y el repudio, es enormemente delgada. El apellido Kirchner no estará nunca exento del permanente juicio sobre las bondades o no de sus mandatos, aunque nadie ya puede negar su determinante peso en el porvenir del país a principios del nuevo milenio.  

Argentina acudió de nuevo a las urnas en octubre de 2019 en un contexto socioeconómico que inevitablemente retrotrae a las traumáticas imágenes del corralito de 2001. El cargo de jefe del Gobierno se disputaba entre el hasta ahora presidente, Mauricio Macri, y el candidato alternativo, Alberto Fernández, de la coalición Frente de Todos, respaldado por Cristina Fernández de Kirchner, que resultó finalmente elegido en primera ronda. Los argentinos se vieron de nuevo abocados a elegir, en plena recesión, entre la línea macrista de los últimos cuatro años —con una agenda netamente conservadora y económicamente liberal— o bien, girar otra vez hacia los sectores de izquierdas del kirchnerismo. Una decisión que no sólo determina la política económica, sino también las medidas sociales y las relaciones regionales e internacionales de la potencia sudamericana. 

En la sociedad argentina es recurrente apelar al término “grieta” para referirse a la fuerte división y polarización social que existe en temas políticos centrales, lo que ha hecho imposible llegar a acuerdos entre distintas posiciones durante los últimos tiempos. Actualmente, esta fragmentación está escenificada por los partidarios kirchneristas y los antikirchneristas, simplificando el mapa político argentino entre dos frentes aparentemente irreconciliables, como ocurre también con la preeminente figura de Juan Domingo Perón y el peronismo. El consenso vuelve a parecer imposible mientras la rivalidad y la vehemencia de los discursos crecen en un marco de permanente campaña electoral. El presente y futuro argentino no pueden ser imaginados sin mencionar antes el significado político y social de Néstor Kirchner y, sobre todo, de Cristina. 

Para ampliar: “El peronismo, una ideología atemporal”, Juana Lo Duca en El Orden Mundial, 2017

El peso ideológico de los apellidos Perón y Kirchner

Intentar caracterizar la política argentina resulta una tarea ardua. Las limitaciones entre fuerzas de izquierdas, progresistas, liberales o conservadoras quedan escondidas entre las circunstancias propias del país. Existen tres tradiciones que, de una forma u otra, marcan la política nacional en el último siglo: los Gobiernos de Perón (en la década de los cuarenta y cincuenta), la dictadura militar (durante los setenta y ochenta) y la llegada al poder de los Kirchner (entre 2003 y 2015). Cada uno de estos acontecimientos constituye una seña transcendental en el devenir del país y tiene todavía una notable repercusión ideológica. El término “peronismo” es utilizado aún con asiduidad en el debate político y nadie permanece equidistante ante lo que supuso la junta militar encabezada por Jorge Rafael Videla, pero, especialmente, la actualidad continúa polarizada por la influencia del kirchnerismo. 

La relevancia de Juan Domingo Perón se refleja en la posición preponderante actual del Partido Justicialista —heredero directo del Partido Peronista— y el histórico sindicato Confederación General del Trabajo (CGT). Tanto los Kirchner como el presidente electo Alberto Fernández proceden del Partido Justicialista. Las premisas iniciales del peronismo han derivado tras muchas décadas en infinidad de corrientes, a pesar de que todas ellas hacen mención al liderazgo de Perón. En torno a su figura se ha formado un mapa social e institucional protagonizado por peronistas y antiperonistas, tanto de sectores más conservadores como de izquierdas. No obstante, el mayor legado de Perón no es otro que la introducción del populismo como herramienta de supervivencia política, así como la capacidad de adaptación y mutabilidad de los principios políticos propios según las circunstancias. 

La dictadura militar entre 1976 y 1983 —que finalizó tras el rotundo y traumático fracaso de la guerra de las Malvinas contra Reino Unido— rememora un fuerte cisma emocional entre los argentinos, representado por las fotografías de los miles de desaparecidos y las marchas de las Madres de Plaza de Mayo. Los años de dura represión reescribieron indudablemente los márgenes de la política nacional, introduciendo de nuevo la diferenciación entre corrientes de derechas y de izquierdas, motivando el surgimiento de una profunda “grieta”, que aún no se ha conseguido cerrar. La democracia argentina y el día a día de la campaña política se ha asentado sobre dos puntos centrales de discusión: la validez o no de los principios peronistas y las heridas aún abiertas del reciente pasado dictatorial. A estos dilemas recientemente se ha añadido la fuerza y pervivencia de la corriente kirchnerista. 

Solo un 38% de los argentinos estaban satisfechos con el estado de la democracia en su país en 2017.

La trayectoria de Argentina tras la dictadura se quebró tras la crisis económica de 2001, que convirtió a la potencia sudamericana en un foco de inestabilidad regional. Los distintos presidentes habían abogado por una línea de actuación similar, ligada a los principios neoliberales del Consenso de Washington, incluido Carlos Menem, que fue durante los noventa la principal figura de un peronismo renovador. La convulsión que vivió el país sacudió a las grandes formaciones, deslegitimando a la élite política que había dirigido la difícil transición democrática. Dentro del Partido Justicialista se produce entonces una catarsis ideológica, imponiéndose la perspectiva más de izquierdas, bajo el inusitado liderazgo del entonces gobernador de la provincia meridional de Santa Cruz: Néstor Carlos Kirchner.

El cambio en Argentina será acompañado de una reconfiguración de la correlación de fuerzas en toda América Latina. Se sucederán las victorias de referentes de izquierdas en Venezuela, Brasil, Ecuador, Bolivia, Chile o Nicaragua. Pronto el kirchnerismo se convertirá en la corriente central dentro del peronismo, apelando a la recuperación de alguno de los principios izquierdistas más básicos, como la justicia social, la atención a las clases populares, el soberanismo económico, la redistribución de la riqueza, la independencia en política internacional y avances en derechos y libertades de minorías. El propósito era enmendar el programa neoliberal dominante en los ochenta y noventa, presentando ante la sociedad argentina y latinoamericana que la alternativa era posible. 

Para ampliar: “Mauricio Macri, presidente de una Argentina dividida”, David Hernández en El Orden Mundial, 2018

Dos presidentes y un mismo proyecto político

Una nueva etapa comenzó cuando el 25 de mayo de 2003, Néstor Kirchner juraba la Constitución ante el Congreso acompañado por su esposa, Cristina Fernández. Comenzaron doce años de ininterrumpido Gobierno peronista-justicialista o, mejor dicho, más de una década de kirchnerismo. El presidente tuvo que hacer frente a la difícil situación económica y la presión de los mercados e inversores extranjeros, que desconfiaban de las soflamas populistas y progresistas del nuevo inquilino de la Casa Rosada. No obstante, de la mano del ministro de Economía, Roberto Lavagna, consiguió la acelerada recuperación gracias a la devaluación de la moneda, que posibilitó un crecimiento de las exportaciones y del resto de la actividad productiva. 

Kirchner convirtió la estatalización de sectores claves de la economía en una de las señas de identidad de su mandato, propiciando la revitalización de compañías nacionales de aerolíneas, astilleros, red de agua y electricidad, así como empresas para la prospección y explotación de hidrocarburos. Mientras se equilibraban las balanzas nacionales con la reducción de la deuda pública, se propulsaba el aumento de los salarios, mejorando a su vez los presupuestos para educación pública y sanidad. La agenda kirchnerista recordaba inevitablemente a los principios del peronismo, basado en una fuerte presencia del Estado en la economía y en garantizar una mejora del bienestar de las clases populares, que serán el resorte social en el que se apoyará su liderazgo.

Sin embargo, el repentino fallecimiento de Néstor en 2010 aparentemente alteró los planes iniciales: constituir una saga política del matrimonio Kirchner por la cual ambos se turnaban en el poder. No obstante, la desaparición de Néstor no supuso un freno en la agenda política ya esbozada. Cristina Fernández asumió el poder en 2007 y volvió a revalidar su mandato en 2011. Ocupando el cargo hasta 2015, su presidencia se caracterizó por profundizar en las premisas de la corriente peronista más ortodoxa y de izquierdas, aunque con un carisma y carácter bien diferente del de su marido. La crisis mundial de 2008 tuvo una leve repercusión sobre la economía argentina, pero ya puso en duda el modelo económico implantado, aunque la diversificación de sus vínculos comerciales y el rol expansionista del Estado ayudaron a mantener una tendencia positiva unos años más. La confianza de los mercados internacionales, junto a las rentas obtenidas de los sectores extractivistas, sirvió para garantizar recursos para financiar las numerosas políticas sociales, que a su vez se convirtieron en soporte electoral de Cristina Fernández de Kirchner. 

Evolución de la economía argentina desde la década de los sesenta hasta 2014. A la grave crisis de 2001 siguió un ciclo de gran crecimiento económico que empezó a ralentizarse hacia el final del segundo mandato de Cristina Fernández. Fuente: Heritage Foundation

La clave de los Gobiernos kirchneristas estuvo en su buen quehacer económico, así como la habilidad de erigirse en referentes de las clases más bajas del país. No obstante, encontraron importantes resistencias a su liderazgo, como fue el paro patronal agropecuario de 2008 contra el cambio de retenciones impositivas, que paralizó el sector del campo y transportes durante más de 100 días. Además, fueron habituales sus enfrentamientos con los grandes medios de comunicación del país, particularmente el histórico diario Clarín, tras la llamada Ley de medios de 2009, que actualizaba la distribución de licencias para televisión y radio vigentes desde la dictadura militar. Asimismo, en los momentos finales de la presidencia de Cristina, creció el malestar de la ciudadanía —traducido en protestas nocturnas y caceroladas durante 2012 y 2013— por temas tales como la reforma judicial, los problemas de corrupción, la inflación y la inseguridad creciente. 

Uno de los puntos centrales en la agenda de Néstor (2003-2007) y en los mandatos de Cristina (2007-2015), fue la cuestión de la memoria histórica de la dictadura y los derechos humanos. Asimismo, un pilar fundamental en el masivo apoyo popular que recibieron los dos dirigentes fue su relación con las más importantes plataformas sindicales, que se convirtieron en grupos de presión con una enorme capacidad de influencia sobre las políticas del Ejecutivo. Los Kirchner recuperaron en cierta medida el contrato social en el que se había apoyado en su momento la hegemonía peronista, fundamentada en el Estado como el mejor valedor de la equidad social y el desarrollo. Sin embargo, en el transcurso del mandato de la presidenta, el debate político se fue crispando cada vez más en la calle. Las elecciones de 2015, con la sorprendente victoria del conservador Mauricio Macri frente al candidato kirchnerista Daniel Scioli, fueron interpretadas como la manifestación del hastío que despertaba la controvertida figura de Cristina en la sociedad y no tanto el programa que había desarrollado. 

Con todo, la derrota de Scioli no puso en cuestión la hegemonía kirchnerista dentro del Partido Justicialista, habida cuenta de que Cristina Fernández no había sido apartada de los círculos del poder, y solo se había visto obligada a designar un sucesor a causa de la limitación de dos mandatos consecutivos para la presidencia vigente en Argentina. Además, Cristina supo entonces desligarse del que iba aparentemente a ser su sucesor, ya que Scioli pertenecía a una ala del peronismo demasiado moderada en contraposición al discurso de los Kirchner, y por lo tanto Cristina pudo salir bien parada de la derrota electoral en 2015.

Alrededor del 7% de los argentinos viven bajo el umbral de la pobreza.

Después de cuatro años en la oposición y gracias a los problemas sufridos por la economía argentina durante el Gobierno de Macri, ahora ha vuelto a surgir una oportunidad idónea para el justicialismo. Este movimiento está ahora liderado por el profesor universitario Alberto Fernández, antiguo aliado —y también crítico— de los Kirchner, y que ahora sí está acompañado y totalmente respaldado por la exmandataria, que se presentaba a la vicepresidencia junto con Ferández. El contexto sociopolítico parece ahora jugar a su favor, aprovechando el recuerdo positivo que muchos argentinos tienen sobre los Gobiernos anteriores. La tesitura electoral se presentó como la disyuntiva entre el inacabado programa macrista —que ha topado con la resistencia de importantes capas de la sociedad— y los anhelos crecientes de intentar revivir el “milagro” acaecido entre 2003 y 2009.

Aunque precisamente el principal obstáculo que surgió durante la campaña de Alberto Fernández fue su estrecha alianza política con Cristina Fernández de Kirchner. En amplios segmentos de la ciudadanía todavía persiste un sentimiento de desafección y rechazo hacia la forma de hacer política de Cristina, que se considerada demasiado confrontativa. Igualmente, las sospechas de corrupción que comenzaron tiempo atrás todavía rodean el entorno de la dirigente, sin que la justicia haya sido capaz de cerrar algunos de los procedimientos. Más aún, existe el temor entre algunos sectores de los mercados de que el regreso al poder del ala kirchnerista implique nuevamente una expansión de los subsidios y gasto social que puedan erosionar aún más la frágil situación de la economía argentina. Ganadas las elecciones en 2019, queda la duda de hasta qué punto podrá Alberto Fernández podrá gobernar de forma independiente o si será la nueva vicepresidencia quien realmente ostente el poder en la sombra. Este nuevo mandato será determinante para la supervivencia del kirchnerismo.

Para ampliar: “El reto de Alberto Fernández: gobernar sin Cristina Fernández de Kirchner”, Elena Jiménez en El Orden Mundial, 2019

La alargada sombra de los Kirchner

Las diferencias programáticas entre el matrimonio Kirchner fueron verdaderamente mínimas, aunque Cristina destacó por implementar un programa social y económico más completo, en contraposición a la cautela y el perfil menos combativo de su antecesor. La singularidad política de estos dos líderes también se trasladó al entorno local y al complejo escenario internacional, buscando que Argentina retomara un papel protagonista en toda América Latina y siendo, junto a Brasil y Venezuela, los referentes de una nueva corriente de izquierdas en la región durante los años 2000. El objetivo de esta heterogénea alianza fue intentar alcanzar mayores cotas de independencia económica y política frente a Estados Unidos,  uno de los puntos centrales de la agenda internacional del matrimonio Kirchner-Fernández.

Al igual que la mayor parte de países de América Latina, Argentina arrastra un grave problema de corrupción.

Néstor desplegó un liderazgo menos carismático y abrumador que el de Cristina, quien se convirtió en una líder que trascendió el panorama argentino. El primero abogó por un mayor pragmatismo en sus principales actuaciones nacionales y por una acción exterior menos confrontativa. Por el contrario, la expresidenta tuvo un discurso con mayor peso ideológico y unas mayores pretensiones en el escenario nacional e internacional, que verdaderamente constituyeron una grieta definitiva en la política y sociedad argentina. No obstante, el entorno regional y mundial ha cambiado drásticamente en los últimos años: Argentina no ha sido ajena al viraje ideológico a la derecha que se ha dado en América Latina desde 2014, provocado por una crisis de los Gobiernos de izquierdas que durante más de una década dominaron toda la región. Ese es el contexto en el que Alberto Fernández llega al poder, y previsiblemente lo tendrá más difícil que lo tuvieron  los Kirchner para encontrar nuevos socios, sobre todo teniendo enfrente a homólogos como el presidente brasileño Jair Bolsonaro

El grado de simpatía y rechazo que genera Cristina Fernández a partes iguales evidencia la complejidad y transcendencia política de su figura. Por un lado, es considerada por muchos como un auténtico referente de izquierdas y una figura indispensable para la defensa de minorías y los sectores populares. En frente están quienes la acusan de haber agudizado la división política entre los argentinos y administrar de manera nefasta los recursos públicos. Nunca antes desde la época peronista había vivido Argentina un grado tan elevado de polarización política. Constituya o no una renovación de viejos postulados del siglo XX, el kirchnerismo ha conseguido convertirse en el epicentro del tablero político nacional en torno al cual aún hoy se autodefinen el resto de actores en Argentina. Las luces y sombras de los mandatos del matrimonio Kirchner han marcado la historia y la conciencia de las últimas generaciones de argentinos, y el pasado, el presente y, seguramente, el futuro de la república se escribirán condicionados por las controvertidas connotaciones del legado peronista y kirchnerista.

Para ampliar: “Cristina Fernández, Mauricio Macri y una nueva crisis en Argentina”, David Hernández en El Orden Mundial, 2018

1 comentario

  1. Hola David, interesante analisis. Quisiera añadir que la hoy llamada grieta es parte de la sociedad argentina desde tiempos de sus luchas por la independencia de España: organizarse de manera que beneficie las elites versus el beneficio para las mayorias. Son 210 años de lucha y tensiones no resueltas entre dos modelos muy distintos para el país y la región. La novedad de hoy es el apoyo de grandes partes de la población a las elites voluntariamente con su voto. Aqui juegan un rol también las campañas de desprestigio cuidadosamente diseñadas y financiadas por el «poder real» a nivel global contra lideres latinoamericanos críticos al centralismo europeo y norteamericano. Un argumentos de Macri para ganar en 2015 fue «volver al mundo», desde una mirada explicitamente neocolonialista. Evidentemente no funcionó, y la lucha continúa.