Política y Sociedad América Latina y el Caribe

La esperanza truncada del sandinismo en Nicaragua

La esperanza truncada del sandinismo en Nicaragua
Leticia Herrera, Dora María, Fanor Urroz (Mariano) y El Gato durante la Insurrección de León (1979). Fuente: Dora María Téllez

Con volcanes perfilando su horizonte y una Historia forjada con sangre, Nicaragua se yergue orgullosa en el istmo centroamericano. En ella nació el Frente Sandinista de Liberación Nacional, un partido político que, inspirado en el sandinismo, el cristianismo y el marxismo, ha ido mutando y evolucionando de la mano de la sociedad nicaragüense.

Tras años de alternancia en el poder de partidos liberales y conservadores —bloques políticos que no presentaban diferencias ideológicas—, conflictos internos e intervenciones estadounidenses, a finales de 1920 el “pequeño ejército loco” liderado por Augusto Sandino dejó una profunda huella en la Historia de Nicaragua.

Sandino se sumó a la insurrección liberal contra el régimen conservador apoyado militarmente por EE. UU. y llamó a la población a sublevarse. El llamado “general de los hombres libres” hizo del patriotismo y el antiimperialismo las piedras angulares de su retórica. Su pensamiento estaba impregnado por un espíritu libertario y socialista que buscaba liberar al pueblo nicaragüense mediante la abolición de la explotación y la desigualdad.

Tras siete años de guerrilla contra la Guardia Nacional y el ejército estadounidense, Sandino firmó un acuerdo de paz con el presidente de la república, pero fue traicionado. Ese mismo día fue asesinado por orden del jefe de la Guardia Nacional, Anastasio Somoza, quien dio un golpe de Estado e inició una dictadura dinástica.

Plata para los amigos, palo para los indiferentes, plomo para los enemigos

Somoza se presentó a las elecciones de 1936 como candidato único y se instaló en el Gobierno como un sátrapa, utilizando la fuerza militar de la Guardia Nacional y la autoridad de la Iglesia para afianzarse en el poder. Mantuvo una política de lealtad absoluta hacia los Gobiernos estadounidenses, que financiaron y asesoraron al régimen sin ningún disimulo.  

El caudillismo, el clientelismo y la corrupción se enraizaron en la arquitectura estatal. La represión contra obreros, campesinos e incluso pequeños sectores de la burguesía fue sistemática. Tras adueñarse de los principales recursos del Estado, la familia Somoza abrió una nueva etapa económica de liberalismo en la que empresas estadounidenses como United Fruit Company pudieron disponer a su antojo de los recursos naturales y el capital humano.

De izquierda a derecha, Somoza, Kennedy y el director del Banco Mundial Eugene Black, en un sello nicaragüense de 1964. Fuente: Aporrea

Inspirados por la Revolución cubana y los movimientos de liberación nacional de los años 60, guerrilleros y estudiantes comenzaron a organizarse y crear grupos de resistencia. En 1961 Carlos Fonseca, Tomás Borges y Silvio Mayorga fundaron en el exilio lo que más adelante sería el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). El frente no fue fruto de un programa estructurado, sino que se fue formando al calor del combate y de intensos debates. La interpretación marxista del pensamiento de Sandino fue la respuesta natural a la necesidad de crear un movimiento revolucionario genuinamente nicaragüense. De esta manera, el FSLN basó su identidad en la lucha de Sandino y se afirmó como algo más que un simple movimiento armado antisomocista.

Dirigido por Fonseca, el FSLN inició una fase de acumulación de fuerzas en la que se dedicó a crear escuelas de alfabetización a la par que se dedicó al trabajo político y sindical en el campo y las ciudades. El rechazo del pueblo a la pobreza y el desempleo, la demanda de la tierra y la repulsa total por la sangrienta represión somocista desarrollaron una conciencia popular que identificó al FSLN como opción de lucha contra la dictadura.

Tras ocho años de guerrilla y resistencia, el FSLN lanzó un documento programático en el que definió sus objetivos políticos: instauración de un Gobierno revolucionario, consecución de la revolución agraria, educativa y laboral, emancipación de la mujer y el impulso de la honestidad administrativa para terminar con la corrupción.

En diciembre de 1974 se produce un punto de inflexión en la lucha del FSLN. Un comando guerrillero da un golpe en la casa de un destacado somocista, con lo que demuestra a la población que tenía capacidad real para golpear a la dictadura. Esta victoria causó conmoción en los grupos de oposición y fue el inicio del acercamiento del FSLN a la clase burguesa antisomocista. Fonseca moriría en combate dos años después, pero el FSLN continuaría hasta derrotar a Somoza.

La misa campesina

Paralelamente al desarrollo del FSLN, el cristianismo pasaba por su propia revolución. A finales de los 60, tras el Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín, nacía la teología de la liberación. Esta corriente teológica cristiana ponía el centro de atención en las clases más desfavorecidas y realizaba un análisis marxista de la realidad social. Tradicionalmente, en Nicaragua la Iglesia estaba controlada por una élite eclesiástica muy jerarquizada que no mantenía relaciones con el pueblo y legitimaba la dictadura para mantener el statu quo. La teología de la liberación, de una marcada tendencia a la organización comunitaria y vecinal, caló hondo en el los barrios nicaragüenses. Había nacido la Iglesia de los pobres.

Para ampliar: “La Iglesia católica y su participación política en Nicaragua (1960-1979)”, Juan Monroy García, 2007

Tras el asalto al Palacio Nacional, el comandante Edén Pastora se convertiría en viceministro del Interior. Fuente: La Prensa

A finales de los 70, el FSLN ya contaba con el respaldo de amplios sectores de la sociedad. El éxito de la toma del Palacio Nacional por un comando encabezado por Edén Pastora, el “Comandante Cero”, colocó al Frente Sandinista en el punto de mira de la comunidad internacional. La lucha contra el régimen se aceleró y los comandos insurrectos comenzaron la “ofensiva final”.

El deterioro de la imagen internacional del dictador Somoza hizo que su aliado más fuerte, EE. UU., sufriera una pérdida de credibilidad internacional al seguir apoyando sin tapujos un régimen violento. Jimmy Carter se vio en una encrucijada: no quería perder un Estado lacayo tan fiel como Nicaragua, pero continuar apoyando a los Somoza suponía un alto coste político. La alternativa de un Gobierno marxista-leninista aterraba a Washington, que optó por una alternativa antisomocista capaz de hacer frente al FSLN —el llamado “somocismo sin Somoza”—. Este cambio de fuerzas exteriores facilitó al frente derrotar al régimen y tomar el poder. En 1979 daba comienzo la Revolución sandinista.

“¡Sandino vive!”

El Gobierno de Reconstrucción Nacional, liderado por Daniel Ortega, tuvo que enfrentarse a un Estado fragmentado, corrupto y de escaso desarrollo institucional, saqueado por los Somoza antes de su exilio. El FSLN comenzó esta nueva etapa basando sus actuaciones en tres premisas: pluralismo político, economía mixta y no alineamiento internacional para proteger su frágil soberanía.

La junta de Gobierno desarticuló la Guardia Nacional somocista, creó un Ejército propio y estableció un nuevo cuerpo policial. En el terreno económico, se redefinió el derecho a la propiedad y se expropiaron las tierras pertenecientes a la familia Somoza y a la oligarquía. La junta abandonó el viejo patrón de desarrollo, inició una reforma agraria y orientó la economía a la expansión de importaciones y la producción de alimentos para el mercado interno. Como resultado, en los primeros años de revolución la economía se reactivó y su PIB presentó crecimientos superiores al 10%.

Para ampliar: “Economía y política en la transición. Reflexiones sobre la Revolución Sandinista”, José Luis Coraggio, 1986

El FSLN dio prioridad al acceso a sanidad gratuita, educación, vivienda y servicios sociales. En 1980 dieron comienzo las “cruzadas nacionales de alfabetización” bajo la dirección de los sacerdotes Fernando y Ernesto Cardenal, ministros de Educación y de Cultura. En apenas seis meses, el analfabetismo se redujo del 50% al 12%, lo que despertó el entusiasmo internacional.

“Stop Communism Central America”

Tras el triunfo de la revolución, Nicaragua fue vista como una amenaza comunista por la Administración de Ronald Reagan, que comenzó a entrenar, organizar y financiar a grupos insurgentes contrarrevolucionarios —contras— conformados por marines estadounidenses, exmilitares de la Guardia Somocista, campesinos descontentos con la reforma agraria y grupos indígenas afectados por la expropiación de tierras. La CIA dirigió solapadamente una guerra de baja intensidad que destrozó al país con crímenes de guerra y de lesa humanidad y aprovechándose del conflicto campesino y del feroz antagonismo político entre los sandinistas y la oposición.

Para ampliar: “La CIA contra Guatemala: cuando Ernesto se convirtió en el Che Guevara”, Adrián Albiac en El Orden Mundial, 2015

Daniel Ortega protagoniza la portada de la revista Time en 1986. Fuente: Pinterest

La Contra fue tan devastadora que volvió a hundir la economía. Debido a la necesidad imperiosa de defensa, el Frente Sandinista implantó el servicio militar obligatorio y empleó gran cantidad de recursos económicos en financiar el ejército. EE. UU. bloqueó el comercio con Nicaragua en los mercados internacionales y embargó el país en 1985. La escasez, la pobreza y la inflación aumentaron radicalmente.

La Iglesia católica se erigió también como un frente contrarrevolucionario y, con el objetivo de recuperar su poder antes de la revolución, intentó desestabilizar el Gobierno sandinista. Alegando que los sacerdotes no podían compatibilizar su función religiosa con la civil, la Conferencia Episcopal presionó a los ministros sandinistas para que abandonasen sus cargos. Por su parte, el papa Juan Pablo II cargó contra el sandinismo apelando a la fe católica de los nicaragüenses con la intención de quebrar la unión ideológica del partido.

A finales de los años 80, la situación era de máxima tensión. Grandes sectores de la población estaban al límite de la supervivencia, el país se encontraba al borde de la quiebra y la oposición había conseguido organizarse bajo la coalición Unión Nacional Opositora (UNO). Ante la pérdida del apoyo y la necesidad desesperada de renovar su legitimidad, el Gobierno sandinista accedió a cumplir la demanda popular e internacional: convocar elecciones.

El fin de la revolución

Por primera vez en la Historia de Nicaragua, se acordó el traspaso pacífico del poder. En el mapa político nicaragüense se perfilaron cuatro opciones: consolidar la revolución —FSLN—, redefinirla —grupos de izquierda socialdemócrata—, reformarla —grupos de centro— o destruirla —UNO—. En las elecciones de 1990 ganó la UNO; Violeta Chamorro fue la encargada de presidir el nuevo Gobierno de transición. Durante los tres meses que transcurrieron entre la derrota electoral del FSLN y la toma de posesión de Chamorro se produjo una transferencia masiva de bienes estatales a miembros del FSLN. Esta “piñata sandinista” fue la base de la creación de una nueva clase empresarial y provocó el distanciamiento de la clase popular con el sandinismo al ver cómo los máximos exponentes de una moral que parecía incólume traicionaban sus principios.

Daniel Ortega entrega la banda presidencial a Violeta Chamorro en la toma de posesión del 25 de abril de 1990. Fuente: Fundación Violeta Chamorro

El Gobierno de Chamorro estuvo marcado por una enorme tensión; cada movimiento iba precedido por un gran forcejeo político. Chamorro conservó algunos elementos sandinistas —el comandante Humberto Ortega, hermano del presidente saliente, continuó siendo jefe del Ejército y algunas instituciones revolucionarias se mantuvieron—, ya que sabía que sin ellos el país sería inmanejable. Los sandinistas, ante la opción de quedar relegados como una fuerza marginal, optaron por colaborar con el nuevo Gobierno. Esta decisión no gustó a los partidos de extrema derecha ni a EE. UU., que se habían propuesto erradicar cualquier rastro de sandinismo del Gobierno.

Ante la desastrosa situación económica —hiperinflación, desabastecimiento, bajísimos niveles de reservas internacionales, producción inexistente—  y asesorada por EE. UU. y el Fondo Monetario Internacional, Chamorro inició la liberalización de mercado y ejecutó privatizaciones masivas. El desempleo aumentó radicalmente y los recortes en educación y sanidad hicieron que la calidad de vida empeorara.

Por otro lado, el FSLN encontraba grandes dificultades para superar la contradicción generada por la cooperación con sectores neoliberales y la defensa simultánea del proyecto histórico sandinista. La tensión entre Ortega y los altos dirigentes, junto al fracaso de los intentos de reconciliación dentro del FSLN, provocó la ruptura del partido. En 1994 32 de los 39 diputados del frente abandonaron el partido y crearon el Movimiento de Renovación Sandinista.

La incertidumbre de ese periodo permitió a Arnoldo Alemán, líder del Partido Liberal Constitucionalista (PLC), ganar las elecciones. Caudillo político clásico, Alemán pasó a la Historia como uno de los presidentes más corruptos: saqueó las arcas del Estado y se apropió indebidamente de los fondos destinados a ayuda humanitaria que envió la comunidad internacional tras el desastre del huracán Mitch en 1998.

En este contexto, se fraguó un acuerdo que distorsionó la naturaleza de la democracia nicaragüense hasta nuestros días. Con el objetivo de garantizarse el acceso al poder y la impunidad, Alemán y Ortega llegaron a un pacto de reforma electoral en el que forzaban el bipartidismo al excluir a una posible tercera fuerza en el país. Este pacto pretendía perpetuar un escenario electoral muy polarizado: sandinismo o antisandinismo. En las siguientes elecciones de 2002 ganó Enrique Bolaños, del PLC, el tercer Gobierno consecutivo de derecha liberal. El nuevo presidente enarboló la lucha contra la corrupción como su principal apuesta y profundizó las medidas económicas neoliberales implementadas por sus predecesores, que aumentaron la pobreza y la desigualdad.

Cuatro años después, el FSLN volvió al poder tras 16 años en la oposición con el 38% de los votos. La vuelta al poder de Ortega después de tres fracasos electorales fue posible en gran parte gracias a la política de alianzas que sostuvo el FSLN con la Iglesia católica y con partidos de la oposición. El discurso de Ortega —“cero desempleo, cero hambre, cero analfabetismo”—, unido al deseo de cambio de la población, consiguió renovar el voto a los sandinistas, pese a las acusaciones de genocidio indígena contra exdirigentes sandinistas y el propio Ortega. Esta victoria electoral abrió una nueva etapa en la Historia de Nicaragua que aún no se ha cerrado.

Para ampliar: “Nicaragua 2006: el regreso del FSLN al poder”, Manuel Oterga Hegg, 2007

El fin justifica los medios

Ortega presidió la república entre 1985 y 1990, perdió las tres elecciones siguientes y recuperó el poder en 2006. Renovó su mandato en 2012 y 2017, por lo que en principio permanecerá en el poder hasta 2021. Fuente: La Prensa

La cultura política nicaragüense tiene una larga tradición pactista y caudillista que se ha ido reproducido en todos los partidos políticos, independientemente del signo. El personalismo es otra tendencia que se repite: la Historia de Nicaragua está protagonizada por personajes de grandes egos que en numerosas ocasiones antepusieron sus ambiciones personales al interés nacional.

El sandinismo como movimiento y partido ha sufrido varias crisis de identidad. Lo que nació de una ideología liberal se consolidó como marxista-leninista y posteriormente defendió la socialdemocracia. El FSLN se formó como un comando guerrillero, alcanzó el poder y se transformó en un partido revolucionario y, finalmente, tras su derrota, se convirtió en un partido electoral.

Si hay un mérito que reconocer a la dirigencia sandinista ha sido su capacidad estratégica para sobrevivir en un panorama político hostil. A fin de mantenerse en el poder para revitalizar los logros de la revolución, los sandinistas justificaron medios que en numerosas ocasiones hicieron que entraran en contradicción. Pese a todas las críticas, el legado de la Revolución sandinista ha perdurado a través de los años: dejó tras de sí un pueblo consciente de sus derechos políticos, económicos y sociales y convencido de la efectividad del poder popular en una democracia.

El sandinismo representó una esperanza muy vívida para muchos movimientos sociales y políticos de Latinoamérica, que vieron un nuevo amanecer de la izquierda. Sin embargo, en manos de Daniel Ortega, tomó una deriva autoritaria y personalista que combinó posiciones a favor de las clases más humildes con alianzas con sectores empresariales y eclesiásticos ultraconservadores.

Para ampliar: “La traición a la Revolución sandinista”, María Canora en El Orden Mundial, 2018

La mejora de la economía nicaragüense y la implantación de numerosos programas sociales vinieron acompañadas de un recorte progresivo de la libertad de sus ciudadanos. La cooptación de todos los poderes del Estado, la reforma constitucional para permitir la reelección en 2014 y el nombramiento de Rosario Murillo, esposa de Ortega, como vicepresidenta en 2017 fueron la culminación de un proceso de desideologización del FSLN. En la actualidad, Nicaragua se encuentra sumida en un conflicto muy complejo que parece lejos de resolverse. Un sandinismo deformado y agonizante quiere morir matando y olvida todos los ideales por los que una vez luchó en las mismas calles.

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