Geopolítica Asia-Pacífico

Tecnonacionalismo, la estrategia de China para ser una potencia tecnológica

Tecnonacionalismo, la estrategia de China para ser una potencia tecnológica
Fuente: elaboración propia.

Hace décadas China puso en marcha una estrategia conocida como “tecnonacionalismo”: el Estado planifica la inversión en investigación y desarrollo junto con sus grandes empresas tecnológicas para depender menos del extranjero. Ese vínculo entre los sectores público y privado, unido a un plan para influir en los mercados internacionales, ha permitido un gran crecimiento tecnológico en el país. Ahora el liderazgo del gigante asiático en tecnologías como el 5G sorprende e inquieta a sus competidores.

Los dirigentes chinos llevan considerando la tecnología como una prioridad nacional al menos desde los años setenta. Han buscado aunar esfuerzos entre el Estado y el sector empresarial para convertirse en una potencia tecnocientífica e impulsar así su rendimiento económico. La tecnología es esencial para aumentar la productividad y las exportaciones de un país. Pero para China, además, se ha vuelto un medidor de su poder e influencia en el extranjero y un frente clave en el pulso de los últimos años con Estados Unidos.

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Washington ha respondido con ataques, sanciones y barreras comerciales contra China y sus grandes empresas tecnológicas. La balanza comercial entre las dos potencias se inclinaba hacia China, y el presidente Donald Trump intentó revertirla durante todo su mandato, centrándose en reducir las importaciones de sus productos, en especial de este sector. Ahora, el presidente chino, Xi Jinping, pretende que el gigante asiático hable frente a frente con sus competidores en los futuros sectores tecnológicos estratégicos con el proyecto Made in China 2025.

Componentes de una estrategia tecnonacionalista

China es uno de los principales exportadores de tecnología en el mundo. Desde finales de los años setenta ha seguido una estrategia tecnonacionalista: inversión en investigación y desarrollo, planificada desde el Estado en conjunto con sus campeones tecnológicos, para reducir su dependencia de tecnologías extranjeras. Este proceso ha combinado un proteccionismo tecnológico y económico cada vez mayor junto con un intervencionismo fuerte que han logrado, entre otras, que la empresa china Huawei lidere el desarrollo de la red 5G.

Potencias como China o Estados Unidos han crecido de la mano de sus campeones en los sectores digital y de las telecomunicaciones. La innovación en este ámbito es crucial, pues también brinda la oportunidad a los países pioneros de establecer los estándares tecnológicos que tendrán que seguir el resto. Una vez se fijan estos estándares, los países receptores de nuevas tecnologías ven frenado su desarrollo porque son relegados a un rol de compradores y se alejan de la producción, lo que genera influencias y dependencias que son fuente de rivalidades políticas. 

Un ejemplo son los protocolos de la comunicación inalámbrica local o Wi-Fi, concebidos en Estados Unidos. Con la formación de la Wi-Fi Alliance en 1999, estos protocolos se convirtieron en los estándares mundiales de la conectividad local (WLAN). Después de que el Instituto de Ingeniería Eléctrica y Electrónica de Estados Unidos estableciera el estándar WLAN en 2001, China alegó motivos de seguridad para diseñar uno propio, WAPI. Pero la seguridad no era la principal preocupación de Pekín. La motivación era más bien económica: el Gobierno chino pretendía obligar a empresas estadounidenses que quisieran vender sus productos en China, como Intel, a equiparlos con este protocolo, pagando por ello a las empresas chinas. WAPI, sin embargo, no se aceptó como estándar internacional y China perdió la batalla contra Intel, que amenazó con parar la venta de los chips necesarios para fabricar la mayoría de ordenadores portátiles chinos.

Con todo, China no es el único país con una estrategia tecnonacionalita. Estados Unidos, Japón y los tigres asiáticos —Corea del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwán— han implementado programas similares desde mediados del siglo XX con inversión en tecnología propia para depender menos de las importaciones. En estos países, el Estado puede financiar el desarrollo tecnológico y mitigar el coste de cualquier fracaso a las empresas que operan en su territorio. Muchas de las corporaciones punteras en el sector tecnológico han tenido fuertes lazos con el aparato estatal y su industria militar. Es el caso de Silicon Valley, en California, la sede de empresas tecnológicas como Apple, Google o Facebook, producto de la unión de capital público y privado estadounidense, o de algunas empresas de la ciudad china de Shenzen, como Huawei, que tiene vínculos con el Ejército chino.

Japón y Corea del Sur también se han beneficiado de una planificación tecnonacionalista de la economía apoyando a sus empresas estratégicas desde la segunda mitad del siglo XX. Los nipones tenían limitado el gasto militar desde el final de la Segunda Guerra Mundial, lo que liberó una importante cantidad de capital que se pudo destinar a financiar tecnologías estratégicas. Durante una guerra comercial que enfrentó a Japón y Estados Unidos entre 1970 y casi entrados los 2000 —pese a ser aliados—, el Gobierno japonés impuso aranceles a las importaciones de productos clave de Estados Unidos para proteger su propio mercado. Entre ellos destacan los semiconductores, componentes básicos de los aparatos electrónicos. Por su parte, Corea del Sur experimentó un crecimiento económico sin igual entre 1970 y 1990 en gran parte gracias a que el Estado financió proyectos de innovación empresarial. Sin embargo, el país más adelantado de la región gracias a la doctrina tecnonacionalista es China.

Del escepticismo de Mao a la apertura de Deng

No fue fácil encarrilar el desarrollo tecnológico en la República Popular China. Después de su fundación en 1949, una élite de científicos y técnicos cercana al Partido Comunista Chino (PCCh) tomó consciencia de la importancia de tener una industria tecnológica propia y apostó por la planificación estatal del desarrollo científico. De esta iniciativa nació el “Plan a largo plazo para el desarrollo de la ciencia y la tecnología” entre 1956 y 1967, que, entre otras, puso los cimientos para el programa nuclear chino y la construcción de una fábrica de semiconductores en la ciudad de Wuxi, cerca de Shanghái. Sin embargo, la relación entre esta élite con el entonces líder del PCCh, Mao Zedong, y el funcionariado del partido no era del todo buena. Mao no apoyó el desarrollo tecnológico con fines comerciales: lo tachó de antirrevolucionario y criticó a la tecnocracia china y soviética, de las que se desvinculó.

El PCCh de los primeros años desconfiaba de los científicos chinos, que habían estudiado en Estados Unidos y Europa gracias a la Academia Sínica, una institución fundada en 1927 durante la etapa de la China nacionalista y trasladada a Taiwán tras la guerra civil china (1945-1949). Mao, además, priorizaba la ciencia de cara a las masas, como la industria ligera y la agricultura, y no para el crecimiento económico. Su postura se agudizó entre 1966 y 1976 con la Revolución Cultural, que ralentizó el progreso tecnológico, provocando el retraso actual en sectores como los semiconductores, en el que China va por detrás de Estados Unidos o Japón.

Pero China cambió de rumbo después de la muerte de Mao en 1976 y con la llegada al poder de Deng Xiaoping en 1978, que se centró en modernizar la economía y abrir el mercado chino. Consciente del poder de la tecnología y sus beneficios económicos, Deng creó zonas económicas especiales en 1980 con un régimen fiscal liviano para atraer inversión y técnicos extranjeros. La mayoría de ellas están en la provincia de Cantón, en la costa sureste, incluida la ciudad de Shenzhen, sede de Huawei y otras grandes empresas tecnológicas como Tencent o ZTE.

Deng también liberalizó la esfera social, permitiendo que las costumbres populares y religiosas del pueblo chino pudieran volver a expresarse con mayor libertad. Así, el vacío de valores que dejó el fin de la autarquía marxista de Mao, unido a la creciente influencia de Occidente en el ámbito tecnológico, se compensaron con la vuelta de la tradición confuciana, reprimida por reaccionaria durante la Revolución Cultural. Otros países confucianos, como Japón o Corea del Sur, se han valido de una estrategia similar para preservar su identidad colectiva por encima de la ética individualista occidental pero sin dejar de fijarse en su desarrollo tecnológico.

Los tres presidentes ingenieros y la consolidación del tecnonacionalismo

El interés por la investigación científica y tecnológica ha sido constante durante el mandato de los líderes que sucedieron a Deng: Jiang Zemin, Hu Jintao y Xi Jinping, los tres con formación de ingenieros. El primero, Jiang, que había recibido ataques del PCCh durante la Revolución Cultural por su trabajo como científico, mostró gran interés por establecer vínculos internacionales de cooperación científica para propulsar el comercio y globalizar la economía. Su Gobierno (1989-2002) también invitó a investigadores extranjeros a trabajar en China. Durante su mandato descendió la ocupación en el sector primario y aumentó mucho en el sector servicios, una tendencia que se consolidó con la llegada de Hu. Este mismo trasvase se refleja en el éxodo rural entre 1989 y 2008, en el que la migración interna ascendió de 30 millones a más de 140 millones de trabajadores. 

Zonas tecnológicas en China.
Las zonas económicas especiales de China, así como sus principales centros económicos y tecnológicos, se encuentran a lo largo de su costa este. Fuente: elaboración del autor.

Jiang Zemin no fue tecnonacionalista del todo, pero impulsó algunas políticas en ese sentido. En los años noventa China dependía en exceso de empresas estadounidenses como Microsoft, IBM o Intel para importar tecnologías de la información, y el PCCh sabía que eso era insostenible. Además, el partido sospechaba que otros países podían acceder a la información de estos productos de forma remota, por lo que empezó a interesarse en los sistemas de encriptación para cifrar sus contenidos y que ningún tercero tuviera acceso a ellos. El Gobierno de Jiang intentó aprobar en 1999 una ley que obligaba a instalar un sistema de encriptación en los dispositivos destinados a su mercado. Las empresas estadounidenses vieron en esta reforma una maniobra china para acceder al código de sus equipos y robar su propiedad intelectual, y obligaron a Washington a intervenir en su defensa. La ley finalmente no se aprobó, pero después otra similar sí.

El mandato de Hu Jintao, que sucedió en el cargo a Jiang en 2002, anunció definitivamente el giro tecnonacionalista. Hu quería continuar el proyecto chino de desarrollo tecnológico, pero mientras sus predecesores habían apostado por producir manufacturas de bajo valor añadido, el nuevo líder comenzó a proveer a China de una industria tecnológica soberana y cada vez más independiente de Occidente. Esta estrategia, bautizada Sociedad Armoniosa y lanzada  alrededor de 2007, pretendía fomentar el consumo interno, redistribuir la riqueza que había generado el crecimiento exorbitado de los años anteriores y convertir a China en una potencia tecnológica mundial. El sucesor de Hu, Xi Jinping, ha consolidado este rumbo tecnonacionalista.

Xi, el proteccionismo tecnonacionalista

La China que Deng Xiaoping había liderado en los años ochenta no poseía una industria autónoma propia y dependía del extranjero. Treinta años después China se había convertido en la segunda economía mundial y recelaba de sus competidores, lo que llevó a Xi Jinping a cerrar al país en sí mismo cuando llegó al poder en 2012. Xi ha buscado aumentar el crecimiento e independencia tecnológica de China a través de proyectos como el Made in China 2025 o el XIV Plan Quinquenal (2021-2025). La apuesta de ambos planes es convertir al país en el líder autónomo de las tecnologías estratégicas del futuro: inteligencia artificial (IA), almacenamiento en la nube, big data, 5G y uno de sus derivados, el internet de las cosas.

El poderío tecnológico de la China de Xi se asienta en varias empresas tecnológicas punteras: Baidu, Alibaba, Tencent, Xiaomi y Huawei, conocidas por el acrónimo BATX(H). La primera es un motor de búsqueda, Alibaba es una plataforma de comercio en línea, Tencent incluye comercio en línea y posee Qzone, una red social parecida a Facebook, y las dos últimas se dedican sobre todo a fabricar terminales y a las telecomunicaciones. Estas empresas son la alternativa china a las estadounidenses GAFAM: Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft. Su auge ha contribuido a que el sector servicios haya representado en 2019 el 53,9% del PIB chino, mientras que al inicio del mandato de Xi era del 45,5%. Las BATX(H) crecen alrededor de un 50% cada año y han sido clave para transformar la economía china, que ha pasado de estar basada en la exportación de materias primas y productos de bajo valor añadido a exportar productos finales de alto valor añadido.  

Baidu, Alibaba y Tencent han aumentado el consumo a nivel interno en China y han reactivado la economía de muchas zonas rurales en los últimos años, uno de los objetivos que se marcó Hu Jintao. Aparte, acumulan capital virtual en forma de big data extraído de la digitalización de numerosos ámbitos de la vida cotidiana de los ciudadanos chinos. A través del WeChat de Tencent, que mezcla red social y mensajería instantánea, o de Alipay, el sistema de pago de Alibaba, estas firmas acumulan datos que luego les permiten desarrollar potentes algoritmos de inteligencia artificial. La IA de Alibaba, por ejemplo, se usa para regular el tráfico en ciudades chinas con altos niveles de contaminación o en la lucha contra la covid-19, en colaboración con el Estado. Por su parte, Baidu cuenta con financiación del Ejército chino para diseñar el China Brain (‘Cerebro Chino’), un proyecto de investigación también centrado en el big data y la interacción humano-máquina.  

El tecnonacionalismo de Xi mezcla intervencionismo y proteccionismo. China limita las inversiones extranjeras en sus empresas para tener el mayor control posible y así conservar la toma de decisiones en el país. En ese sentido, una ley de junio de 2017 permite al Estado acceder a los datos de las empresas chinas en el extranjero. Esta política, sin embargo, frena la segunda fase de la estrategia tecnonacionalista del gigante asiático: su proyección global. Aunque refuerza los vínculos con sus campeones tecnológicos e impide a los competidores acceder a su mercado interno, genera hostilidad en otros países. Distintos Gobiernos desconfían cada vez más de las empresas chinas que operan en su territorio debido al posible acceso del Gobierno chino a datos sensibles con los que trabajan. La actitud de China, por tanto, muestra las tensiones entre una política soberanista en el plano tecnológico y los principios de libre mercado.

El principal hostigador del tecnonacionalismo chino ha sido la Administración Trump, que en especial a finales de su mandato impuso sanciones y restricciones comerciales a las empresas chinas con más proyección, como la plataforma de vídeo Tiktok o Huawei. Esta última ya lidera la investigación del 5G; si su dominio sigue creciendo, las aplicaciones del internet de alta velocidad tendrán que adaptarse a su su estándar. Para evitar este duro golpe para Estados Unidos, Donald Trump hizo lo posible para que Huawei quebrara, inaugurando una política tecnológica proteccionista. El nuevo presidente, Joe Biden, quiere continuarla, lo que reducirá la proyección global de China y retrasará el despliegue del 5G.

La contrapartida del tecnonacionalismo

El objetivo de un estándar es fijar un canon que la comunidad científica, empresas, Gobiernos y consumidores a nivel global puedan utilizar. Pero las potencias en innovación, como Estados Unidos o China, no fijan los estándares de forma desinteresada, sino que buscan beneficio económico y garantías de  ciberseguridad. China tomó consciencia de ello y ahora comprueba cómo su política de subvenciones a los sectores estratégicos da frutos, adelantando al tímido intervencionismo occidental en tecnologías como el 5G. 

Si la rivalidad en el campo de la innovación crece aún más, se corre el riesgo de que aparezcan tecnologías incompatibles entre sí, para perjuicio de toda la sociedad internacional. No obstante, si la interdependencia tecnológica y económica se reduce, puede hacerlo también la tensión entre países, que controlarían más sus propios recursos tecnológicos. El tecnonacionalismo ha hecho de China un polo alternativo al estadounidense y cada vez más independiente de las cadenas de valor internacionales, y Pekín parece estar dispuesta a llegar hasta el final con esta política. 

Arsenio Cuenca

Arsenio Cuenca

Córdoba, 1994. Graduado en Sociología por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Máster en Geopolítica en el Institut Français de Géopolitique, Université Paris 8. Especial predilección por el espacio post soviético. Intento estructurar la realidad entre lo material y lo cultural.

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