En el foco Economía y Desarrollo Mundo

Huawei y la geopolítica del 5G

Huawei y la geopolítica del 5G
Fuente: Johnson Goh

La pugna entre Estados Unidos y China por liderar la tecnología del futuro está comenzando a llenar titulares. Las empresas chinas Huawei y ZTE son las más conocidas de las inmersas en esta batalla. No obstante, este pulso no solo afectará a estadounidenses y chinos: afectará a todo el mundo, y ya está empezando.

En vísperas de las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2012, el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes definió las empresas tecnológicas chinas Huawei y ZTE como “amenazas a la seguridad nacional” por sus vínculos con el Gobierno chino. La táctica —que podría verse como exagerada a ojos no expertos— dejaba de manifiesto las prioridades estratégicas de Washington: mantenerse a la cabeza de la jerarquía tecnológica mundial.

Para la Casa Blanca, las tecnologías de la información y de la comunicación se han convertido en infraestructura crítica. En concreto, lo es cualquier cosa que los secretarios de Energía o Defensa «determinen que contribuye a las funciones críticas de la labor de la seguridad nacional”, según la definición del Acta de Autorización de Defensa Nacional de 2019. Esta competición parece haber cogido más forma con Trump como presidente, sobre todo a raíz de la prohibición poco después de comenzar su mandato de que los funcionarios del Gobierno tuviesen dispositivos de estas dos empresas.

La tecnología ha sido siempre el componente que los Estados han protegido con más celo. Ha marcado el avance de las sociedades en términos de desarrollo, así como la asimetría en las relaciones económicas. En consecuencia, ha perfilado las relaciones de poder que han definido, de una manera u otra, el orden mundial contemporáneo. Con el 5G a punto de llegar y la guerra comercial entre EE. UU. y China aún vigente, los antagonismos aparecen reforzados y el conflicto se presenta en su forma más desnuda.

Para ampliar: “Tambores de guerra comercial”, Trajan Shipley en El Orden Mundial, 2018

Una nueva generación

La llegada de los teléfonos inteligentes añadió una nueva extremidad a nuestro cuerpo: nos hizo mitad humanos y mitad pantalla. Pero pronto una nueva ola de modernización tecnológica cambiará radicalmente nuestra relación con lo que nos rodea. Si el 1G permitió hablar por teléfono y andar a la vez, el 2G inauguró los mensajes de texto, el 3G trajo internet en el móvil y el 4G abrió la puerta al streaming de audio y vídeo, el 5G permitirá no solo el aumento de la velocidad de descarga de datos —que Internet vaya más rápido—, sino que también haya más dispositivos conectados. Este gran salto cualitativo será la base sobre la que se apoyen las nuevas ciudades inteligentes y el internet de las cosas—objetos cotidianos conectados a la red, como un frigorífico que diga la fecha de caducidad de los alimentos, zapatillas deportivas que recojan estadísticas sobre la actividad física o coches autoconducidos—.

Ante esta innovación surge la pregunta de quién será el encargado de liderarla: EE. UU., la potencia tradicional, o su rival, China. Y es aquí donde reside la clave de la competición tecnológica que marcará las relaciones entre ambas potencias, como ya empieza a ser evidente a raíz de la detención de la directora financiera de Huawei en Canadá por petición estadounidense a finales de 2018.

Para ampliar: The China Issue: China Rules”, MIT Technology Review, 2019

En ese contexto se libra otra lucha: las “guerras chip”, el pulso por dominar el mercado de los semiconductores, los componentes más necesarios en esta nueva ola. Estos materiales —como el silicio, entre otros—, claves para la fabricación de chips y transistores básicos en robótica e informática, son caros de comprar y, por tanto, de importar. El mercado de los semiconductores mueve cerca de 88.000 millones de dólares al año y este producto se encuentra entre las cuatro primeras exportaciones de EE. UU., con cerca de la mitad de la cuota de mercado mundial. Los grandes beneficios de las exportaciones de semiconductores no solo contribuyen a sostener el poderío económico estadounidense, sino que también alimentan su superioridad tecnológica al comerciar bienes elaborados con investigación generada en territorio nacional.

El plan de China de convertirse en el líder tecnológico mundial —estructurado en varias fases, que empiezan por igualar a Estados Unidos y otras potencias para 2025— explica que Pekín haya puesto el ojo en el mercado de los semiconductores y esté intentando rebajar su dependencia de las importaciones fomentando la investigación en este ámbito y la creación de nuevos componentes autóctonos. La principal razón que tiene China para lanzarse a esta disputa es la seguridad nacional: estas tecnologías permiten tener un mayor control y más datos de sus ciudadanos. Otros motivos son la necesidad de seguir transformando su industria del “made in China” para convertirse en una potencia en alta tecnología, la búsqueda de prestigio internacional y la ambición económica de ser capaces de desarrollar su maquinaria tecnológica de forma más barata y comercializar el 5G antes que nadie para ganar cuota de mercado. A todo esto se añade la posibilidad de reemplazar en el dominio de este sector a su mayor competidor, Estados Unidos.

Es cuando la tecnología china penetra en los mercados extranjeros cuando entran en juego compañías como Huawei o ZTE y aparecen los miedos de infiltración por parte de Occidente. A pesar de que estas compañías —y muchas otras en China— son de carácter privado, las empresas chinas tienen la obligación de proporcionar a Pekín datos cuando los pide. Existen mecanismos legales similares en casi todos los países, como la Ley Reguladora de Poderes de Investigación de Reino Unido, y en EE. UU. Apple contestó favorablemente al 81% de las peticiones de las autoridades de compartir datos en 2015; Microsoft lo hizo en un 66% de los casos. En el caso de China, no existe la posibilidad de negarse, aunque tampoco la obligación de recopilar inteligencia, según defienden diplomáticos del país.

Para ampliar: “¿Por qué inquieta Huawei a Estados Unidos y sus aliados?”, Jordi Pérez Colomé en El País, 2018

Las reacciones en Occidente a que las empresas chinas controlen una porción cada vez más grande del mercado tecnológico y a los peligros de espionaje que esto supone han sido diversas. Mientras que EE. UU. sigue en pie de guerra con las tecnológicas chinas y ha pedido a sus aliados que se sumen, no lo han hecho tantos. El grupo anglófono conocido como los Cinco Ojos —Nueva Zelanda, Australia, EE. UU., Reino Unido y Canadá—, al igual que Japón, sí se ha movilizado prohibiendo —o considerando seriamente prohibir en el caso de Canadá o limitar en Reino Unido— el uso de Huawei y ZTE en la construcción de sus redes 5G. No obstante, la posición europea sigue siendo ambigua. Dividida sobre qué hacer ante China, a título individual países como Francia o Alemania llevan la delantera en plantear posibles sanciones a Huawei y otras compañías. Pero, ante la falta de consenso, la Comisión Europea no se opondrá a que estas empresas construyan la arquitectura del 5G en Europa, lo que generará tensiones con Washington.

Los problemas de la proyección de poder

El futuro de la ciudad inteligente donde los coches conduzcan solos y cada casa esté equipada con elementos cotidianos conectados a la red llegará a partir de 2020. Esa interconectividad de objetos y personas a la red se traduce en datos y genera la necesidad de salvaguardar legal y cibernéticamente esa nube. La posible existencia de puertas traseras —mecanismos de espionaje instalados en los dispositivos— añade nuevas preocupaciones en los campos del ciberespionaje y el cibercrimen al poder utilizarse esos datos en beneficio de Gobiernos y grupos criminales. Y la empresa o conjunto de empresas que hayan logrado levantar semejante infraestructura tendrán el poder de acceder a esa nube de datos capaz de describirlo todo.

La elección de empresas chinas u occidentales, como la estadounidense Qualcomm, puede abrir la puerta a una “Guerra Fría 2.0”, la aparición de mundos inteligentes separados en esferas de influencia: uno dominado por las empresas estadounidenses y otro por las chinas. Aunque todavía existen posibilidades de diálogo en esta materia, de no alcanzarse esa cooperación entraríamos en terreno inexplorado, sin apenas legislación, en el que derechos como la privacidad sencillamente podrían volatilizarse. Un mundo para el que China ya se está preparando, y la falta de consenso en Occidente le da todas las papeletas para ganar.