El calendario político de 2019 está apretado. En Japón seremos testigos de la abdicación de un emperador por primera vez en dos siglos. Akihito renunció al Trono del Crisantemo por motivos de salud en 2016, pero los preparativos y enmiendas legales han tomado tres años en realizarse. En efecto, la abdicación ha puesto el protocolo imperial patas arriba: esta será la primera vez en la Historia moderna de Japón que un nuevo emperador y uno antiguo conviven, algo que se ha intentado evitar para impedir dobles reclamos de autoridad. En abril Naruhito, el hijo mayor de Akihito, inaugurará el comienzo de una nueva era; sucederá a un emperador inmensamente popular y venerado por su cercanía y apoyo a la reconciliación tras la Segunda Guerra Mundial. Es muy posible que su partida ponga de manifiesto los problemas de la Corona imperial para resolver varios aspectos en la línea sucesoria: el acceso de las mujeres al trono y, consecuentemente, el decreciente número de herederos, desafíos a los que Naruhito deberá enfrentarse en los próximos años.

¿El fin del pacifismo?
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