Por qué no hubo acuerdo en Vietnam entre Trump y Kim

El anuncio del presidente estadounidense de la no firma de un nuevo acuerdo con el líder norcoreano tras apenas unas horas de negociación se ha visto como un fiasco de la diplomacia estadounidense. No obstante, parece que la cumbre estaba destinada a fallar.
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Por qué no hubo acuerdo en Vietnam entre Trump y Kim
Kim Jong-un y Donald Trump en la cumbre de Hanói (Vietnam). Fuente: Joyce N. Boghosian (Casa Blanca)

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El jueves 28 de febrero se cancelaba de manera súbita el almuerzo programado entre Donald Trump y Kim Jong-un en Hanói. Con ello, la euforia con la que el mundo había recibido esta segunda cumbre entre los países pasaba a decepción en cuestión de horas. Pero el abrupto final era una posibilidad que se podía leer entre líneas por la mezcla de varios factores que señalaban que la cumbre en Vietnam tenía unas posibilidades de éxito bastante remotas y que, de ser capaz de terminar según lo previsto, la declaración resultante sería una réplica de la de la primera cumbre en Singapur: una especie de pacto de caballeros en el que las dos partes se comprometerían a rebajar la tensión, pero sin especificar medidas concretas ni mecanismos de refuerzo. En otras palabras, una declaración de intenciones política. Papel mojado. Para analizar por qué esta cumbre ha fallado hay que echar la vista atrás seis meses para ver qué es lo que hizo que la primera cumbre entre EE. UU. y la República Democrática Popular de Corea en junio de 2018 tuviera éxito. Para ampliar: “El arriesgado baile de Trump y Kim”, Blas Moreno en El Orden Mundial, 2018

Ilusiones, farándulas y antagonistas

Si existe un factor tradicionalmente no considerado que mueve el mundo es la psicología de las naciones y de la opinión pública. El camino a Singapur estuvo marcado por el anuncio de Pionyang de tener misiles balísticos de largo alcance capaces de alcanzar suelo estadounidense al otro lado del océano Pacífico. Ante esto, EE. UU. respondió públicamente con retórica beligerante a golpe de tweet y más sanciones económicas —apoyadas por el resto de Asia al no oponerse a ellas en público— a la vez que trataba de crear más oportunidades de diálogo. De esta manera, en abril se celebraba en Panmunjom la III Cumbre Intercoreana, donde grácilmente Moon Jae-in y Kim Jong-un —líderes de Corea del Sur y del Norte, respectivamente— saltaban de un lado a otro de la frontera delimitada por una línea blanca en la zona de desmilitarización existente en mitad de la península coreana. China también estuvo muy presente estos meses. Para ampliar: “Cómo firmar la paz en Corea”, Andrea G. Rodríguez en El Orden Mundial, 2018 Es imperativo recordar que la cumbre entre Corea del Norte y EE. UU. sucedió por Pionyang, considerablemente menos poderoso en todos los terrenos que EE. UU., pero que había alcanzado vía nuclearización la categoría de negociador par y ya no era un interlocutor débil en busca de ayuda humanitaria. La expectación generada por el encuentro en Singapur entre la audiencia mundial se hizo sentir con el apretón de manos entre Trump y Kim en junio de 2018, y ese fue el primer resultado positivo de la cumbre: llegar a donde nadie había llegado antes. El gesto le valdría a Donald Trump la simpatía de los dirigentes japonés y surcoreano y a Kim, una mejora en la percepción pública internacional a raíz de la inauguración de la llamada “diplomacia de la sonrisa”. El único resultado esperado de la cumbre de Singapur, el que ocurrió al final, fue la declaración de “decidir seguir ocupándose activamente de la cuestión”, fórmula comúnmente usada en diplomacia y con la cual terminan todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Para ampliar: “La diplomacia de la sonrisa de Kim Jong-un”, Andrea G. Rodríguez en El Orden Mundial, 2018 El primer fallo de la cumbre de Vietnam de febrero de 2019 es no haber creado tantas ilusiones y expectación. La cumbre fue anunciada de manera casi inesperada, apenas dos semanas antes, lo que no dejó a la prensa tiempo para hablar sufrientemente de ello y así presionar para algún tipo de progreso. Esta ambiciosa prisa denotaba una falta de preparación por parte de los servicios diplomáticos, probablemente apurados, en el caso de EE. UU., por el inminente retorno de la guerra comercial con China el 1 de marzo —un día después de la finalización de la cumbre— y el difícil panorama político nacional —el juicio público al exabogado de Trump, Michael Cohen— mientras Corea del Norte encontraba una buena oportunidad para seguir investigando cómo lograr un nuevo milagro económico asiático, como empiezan a augurar algunos analistas. El segundo gran motivo del fracaso de la cumbre se encuentra en la farándula o circo político del momento. A pesar de las abismales diferencias entre los sistemas políticos estadounidense y norcoreano, existen ciertas similitudes —salvando las distancias— en el estilo de gobierno. Tanto Trump como Kim se caracterizan por cumplir los requisitos del hombre fuerte político, una categoría a la que pertenecen otros líderes personalistas, como Narendra Modi en India o Vladímir Putin en Rusia. El concepto viene a decir que el cabeza de Gobierno es un paladín al servicio de la nación que viene a salvar a su pueblo de la destrucción o del desvío cultural e ideológico y, por ello, podría parecer justificable una mayor acumulación de poder. Son políticos celebridades: en Corea del Sur venden cafés con leche con la cara de Kim Jong-un, y son bien conocidas las relaciones del presidente estadounidense con el show business. Políticamente, Kim es el líder supremo —en todos los sentidos— de Corea del Norte, mientras que Trump trata de personificar su Administración tratando de rodearse de aquellos que solo le digan lo que quiere escuchar. En Hanói ninguno de los dos, por su propia complexión de líderes carismáticos omnipotentes, tenía la intención verdadera de negociar, esto es, de rebajar expectativas para conseguir llegar a un punto intermedio. Kim quería la retirada de las sanciones para comenzar a desmantelar sus instalaciones; Trump, ver las instalaciones destruidas antes de levantar un dedo en el aspecto económico. Para ampliar: “La era del hombre fuerte en la política”, Alex Maroño en El Orden Mundial, 2019 Tampoco debe dejarse de considerar el papel que tienen los aspectos lingüísticos a la hora de cerrar acuerdos diplomáticos. La diplomacia es un baile de ideas sobre cómo resolver problemas complejos y a veces bebe de términos muy generales y vagos. En la declaración de Singapur se pusieron sobre la mesa las palabras claves que guiarán todo el proceso: desnuclearización, sanciones, paz, relaciones, diálogo, diplomacia. No obstante, si en Singapur se crearon los términos, era en Hanói donde se los tenía que dotar de contenido, y desde el principio ambos líderes partieron con diferente entendimiento del vocabulario. Para EE. UU., desnuclearización significa el desmembramiento del programa nuclear norcoreano: deshacerse de las cabezas nucleares, prometer no volver a construirlas y desmantelar todas las instalaciones. Para Kim, es la retirada militar de Estados Unidos —otra potencia nuclear— de la península coreana para garantizar el espacio vital necesario para el apaciguamiento de la región y la desescalada de tensiones.

El statu quo como mejor escenario posible

La segunda cumbre entre Washington y Pionyang era un rompecabezas mucho más complicado que el anterior, donde se juntaron un oportunismo político improvisado, posturas de negociación previamente cristalizadas y desarreglos terminológicos. Cuando el equipo negociador estadounidense se retiró de la mesa, el país norteamericano pasó automáticamente a ser el perdedor en la cumbre. Kim seguiría en Vietnam buscando su milagro económico, pero Trump volvería a casa a enfrentarse a sus problemas y a un millón de preguntas. El mejor parado en la cumbre ha sido el invisible gigante chino. Para China, un acercamiento diplomático antes de volver a la guerra comercial con EE. UU. hubiese sido devastador, porque añadiría la posibilidad de un Washington pegado a sus fronteras y reduciría su poder de negociación. Sin China, nunca habrá paz en la península coreana, y haber priorizado este tema en la agenda política estadounidense le da a Pekín poderes extras de negociación en otros campos. Para ampliar: “No es solo una guerra comercial”, Eduardo Saldaña en El Orden Mundial, 2018

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Andrea G. Rodríguez

Madrid, 1995. Policy Analyst Lead en tecnologías emergentes y la agenda digital europea en el European Policy Centre (EPC) en Bruselas, y miembro del Comité del Foro Europeo de Ciberseguridad (CYBERSEC). Formó parte del proceso OTAN 2030 como líder de la sección de tecnologías emergentes y disruptivas del grupo asesor NATO 2030 Young Leaders. Reconocida en 2021 por Brussels Forum como una de las líderes del mañana y por la Fundación Cibervoluntarios como una de las trece mujeres referentes en el ámbito TIC en España.