En julio de 2017, tras una primavera muy intensa en Corea del Norte, escribía que
su desarrollo nuclear era el resultado de la propia ideología en la que el régimen se había creado: los asuntos militares están por delante de todo —
songun— para lograr la autosuficiencia y la independencia. Se trata de un enfoque peligroso. En primer lugar, el desarrollo militar dota al régimen de prestigio y reconocimiento interno al demostrar el poder del Partido. No obstante, también pone a Pionyang —o, al menos, los pilares en los que se sustenta— una fecha de caducidad; la única razón para desarrollar un ejército capaz y moderno es para utilizarlo en algún momento. Es la evolución orgánica de cualquier régimen de estas características.
La tercera cumbre intercoreana, que comienza el 27 de abril de 2018, nos acerca más a esa noción de la fecha de caducidad. Al contrario que las dos últimas cumbres, en 2000 y 2007, no hay ninguna motivación humanitaria que sustente la invitación de Kim Jong-un —o la de su hermana Kim Yo-jong, que fue la que viajó a Seúl para convencer a Moon Jae-in—. En 2000 Kim Jong-il buscaba ayuda para su gran crisis interna;
las inundaciones en la década de los 90 dejaron entre millón y medio y tres millones de víctimas. En la segunda cumbre,
el norte acababa de realizar su primer ensayo nuclear, el cual dio origen a la
resolución 1718 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas e inauguró una primera ronda de sanciones.
En esta nueva sesión, Corea del Norte busca aliviar la presión internacional como consecuencia de llevar a su máxima expresión su programa nuclear y de misiles balísticos —
Seúl se encuentra a un rango de seis minutos; Japón, a diez—. De esta manera, Pionyang ha conseguido miniaturizar con éxito una cabeza nuclear y probar también con buenos resultados los misiles de largo y medio alcance de la gama Nodong, Musudan y Hwasong, capaces de golpear las bases estadounidenses en el Pacífico e
incluso su propio territorio. Un nuevo acercamiento con el sur, con el cual podría incluso
firmar la paz después de 65 años del fin de la guerra, es un acercamiento simbólico del norte para normalizar su relación con el mundo. Las sanciones lo ahogan económicamente y lo acercan más al colapso.
Para ampliar:
“La amenaza nuclear en el siglo XXI”, Diego Mourelle en
El Orden Mundial, 2017
La actitud que reciproca el sur no es tampoco aleatoria. La primera cumbre intercoreana sucedió bajo el auspicio del Gobierno de Kim Dae-jung; la segunda, con Roh Moo-hyun. El primero fue el padre de la llamada
“política del sol” —no absorción, cooperación e intolerancia ante las provocaciones del norte—, que Roh continuó y que Moon, el actual presidente, ha rescatado de los anales de la Historia después de décadas en desuso. En la tercera cumbre, Moon es el interlocutor por el cual habla el sur; su propia filosofía sobre cómo lidiar con Pionyang lo llevó a la Casa Azul en mayo de 2017. Los dos presidentes anteriores a Moon se caracterizaron por ser más duros con el norte, con el consiguiente enorme deterioro de las relaciones entre estos dos países hermanos separados por el paralelo 38.
El momento tampoco es fortuito. Washington estará viendo la cumbre —que además
será retrasmitida en directo— con especial atención. En marzo de 2018, el presidente Trump accedió a reunirse con su homólogo del norte. La actitud de Pionyang, que gracias a su programa nuclear aparece como un negociador fuerte de los futuros puntos acordados con el sur, puede ser el detonante de esa futura reunión. Y Estados Unidos es la puerta que muestra el camino al relajamiento —y levantamiento progresivo— de las sanciones y en la negociación de un Estado reformado que pueda perdurar en la arena internacional.
Las posturas de Corea del Norte y del Sur para abordar el futuro estatus de la península son hebras de un mismo hilo. Una actitud positiva puede tener estampas tan simbólicas como la
delegación única bajo la bandera de una Corea unificada en los Juegos Olímpicos de Invierno de febrero de 2018 o el hecho de que Kim Jong-un vaya a ser el primer líder norcoreano en cruzar la zona desmilitarizada desde 1953. No obstante, hablar de esta tercera cumbre como la reunión definitiva para la desnuclearización de la península y la reunificación es ser demasiado ambicioso. La mente de Kim ronda más allá de Corea y, aunque esté
dispuesto a parar sus pruebas de misiles, la capacidad de autodefensa es uno de los tres mantras que sostienen la ideología
juche. El presente es la fecha menos peligrosa para evitar la desintegración del modelo que defiende Pionyang.