Cómo firmar la paz en Corea

Los dos países de la península coreana siguen en guerra desde 1950 y, con ellos, técnicamente, Estados Unidos y China. Una paz entre las Coreas pasa por que Washington y Pekín la firmen también, pero esto es más difícil de lo que parece.
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Cómo firmar la paz en Corea
Los presidentes de Corea del Sur y Estados Unidos, Moon Jae-in y Donald Trump. Fuente: Casa Blanca

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Moon Jae-in, el presidente de Corea del Sur, acude frente a los micrófonos de una rueda de prensa y, sonriente, anuncia al público que la paz está cada vez más cerca. El optimismo llenará las portadas y los artículos de prensa del día siguiente, pero falta lo más importante: que China y Estados Unidos se apunten —aunque la mayoría de los medios no lo anuncien—.

No existe la paz en Corea. Al menos, no desde 1950 en términos jurídicos. Tras tres años de guerra, los dos bloques —comunista, personificado por Pekín, con sutil apoyo soviético al norte, y capitalista, con Estados Unidos apoyando al sur vía Naciones Unidas— trataban de evitar el avance del otro cerca de sus fronteras. Era el primer escenario de la Guerra Fría.

En 1953 el comandante de los Voluntarios del Pueblo de China, el futuro líder supremo norcoreano Kim Il-sung y el general de las fuerzas de Naciones Unidas —comandadas por Estados Unidos— firmaban un armisticio para poner fin a las hostilidades en espera de un tratado de paz. Con el Armisticio de Panmunjom, la República Democrática Popular de Corea —más conocida como Corea del Norte— aparecía como una zona neutra, un tapón geográfico gracias al cual ni China ni la URSS tendrían la influencia estadounidense directamente en su frontera. Corea del Sur no firmó el armisticio porque se negaba a la división de la península en dos partes a través del paralelo 38, aunque sus intereses quedaron reflejados con la firma estadounidense.

Debido a las condiciones en las que se firmó el armisticio, Corea del Sur no puede firmar bilateralmente la paz con Corea del Norte, porque sus intereses fueron representados por Estados Unidos. El tratado de paz que ponga fin a la guerra de Corea necesita que todos los partícipes en el conflicto —China, Estados Unidos y Corea del Norte— se pongan de acuerdo y ratifiquen el documento. Corea del Sur solo puede hacer declaraciones políticas e intentar convencer a su vocal, Estados Unidos.

Esperando al momento correcto

Los esfuerzos propiamente dichos para la paz comenzaron con el fin de la Guerra Fría. Con el bloque socialista desmantelándose poco a poco, en septiembre de 1991 Estados Unidos decidía retirar las cabezas nucleares de Corea del Sur. Así, las dos Coreas firmaron una declaración conjunta meses más tarde por la cual se comprometían a no tener armas nucleares. En 2000 se celebraba la primera cumbre intercoreana con el objetivo de terminar con la crisis humanitaria en el norte, que había dejado de recibir ingentes ayudas tras la caída de la URSS y se enfrentaba a una gran hambruna debido a los desastres naturales de fin de siglo.

Para ampliar: “Un rayo de luz en la cooperación intercoreana”, Andrea G. Rodríguez en El Orden Mundial, 2017

La reunificación como objetivo aparecía subrayada en varias ocasiones. No obstante, siempre ha sido una prioridad más importante para el sur, que no quería la división de la península desde un primer momento, que para el norte, el cual a todos los efectos ganó la guerra. Los esfuerzos en dirección a la paz terminaron con la rivalidad entre Estados Unidos y Corea del Norte tras la elección de George W. Bush en 2001 y, sobre todo, a raíz de los primeros éxitos del programa nuclear norcoreano. En 2007 una segunda cumbre intercoreana trataba de relajar la tensión de la península. Por primera vez aparecía el deseo explícito de terminar con el armisticio y firmar la paz.

Conseguir la paz en la península de Corea sería el primer paso para romper con el aislamiento internacional de Corea del Norte y sentaría bases para negociar el estado futuro de la península. Sin embargo, aquí las posturas de ambos países difieren. Corea del Sur siempre ha hablado de su deseo manifiesto de reunificación, mientras que las declaraciones del norte han sido más vagas. Sabe que la organización de su régimen —su ideología, su estructura, sus jerarquías de poder— depende de la existencia de la República Democrática Popular y que sería altamente improbable, si no imposible, que la reunificación se diera de norte a sur.

Por su parte, que se esté discutiendo la posibilidad de la paz viene condicionada por la política surcoreana, que quiere retornar al enfoque optimista de los primeros presidentes democráticos mientras evita tomar decisiones impopulares como necesarias reformas económicas. Para Corea del Norte, conversar con el mundo y plantearse la paz significa evitar el colapso del régimen por las sanciones económicas y la presión de EE. UU. para que abandone su programa nuclear. China, por su parte, también quiere evitar una nueva carrera armamentística en la región —y un despertar de su enemigo japonés, también enemigo de Pionyang— que pueda poner en jaque sus planes a medio y largo plazo en términos de desarrollo, comercio e inversión.

El laberinto de intereses estadounidenses

De acuerdo con la Constitución de Estados Unidos, el presidente es el encargado de firmar un tratado de paz tras haber sido ratificado por dos tercios del Senado. Un Senado de mayoría republicana que busca verdaderos compromisos y acciones en torno a la renuncia y desmantelamiento del arsenal nuclear de Corea del Norte antes de plantearse llevar a cabo semejante menester. Además del aspecto burocrático, sería un fiasco en materia de política exterior en una región tan sensible como Asia-Pacífico.

Para ampliar: “Un acuerdo nuclear que depende de la voluntad de Kim Jong-un”, Andrea G. Rodríguez en El Orden Mundial, 2018

Que no exista paz en Corea supone que, técnicamente, la presencia de tropas estadounidenses en la península es legítima. Cerca de 28.000 soldados se encuentran desplegados en Corea del Sur apoyando a los miles de tropas estacionadas en Japón. La firma de la paz pondría fin a esta justificación, ya impopular entre la población; en Okinawa, una de las prefecturas más al sur de Japón, no quieren más bases. Esta pérdida de una presencia legítima de tropas estadounidenses también causaría estragos en la estrategia de contención contra China, que cada día actúa de forma más vigorosa en los mares Meridional y Oriental y amenaza con tomar Taiwán si decidiera declararse independiente.

Por su parte, para que Pekín se sentara en la mesa a negociar un plan de paz, sus intereses deberían estar reflejados, incluidos el reconocimiento del régimen de Pionyang y la promesa de una futura no absorción por el sur, de la misma manera que la parte occidental absorbió a Alemania del Este. Con la rampante competición entre Washington y Pekín, un acercamiento diplomático para tomar medidas sobre terceros parece poco probable; sería admitir a China como uno de los grandes ordenadores del tablero mundial y ello va en contra de la mentalidad conservadora de la Administración Trump. Cómo encontrar ese punto en común es el rompecabezas que los analistas intentan resolver desde hace décadas. Corea del Sur puede impulsar la iniciativa, pero no firmarla. Los intereses de los nuevos integrantes del Gran Juego están presentes: sin el consentimiento de Estados Unidos y China, no habrá paz en Corea, y parece ser que, por el momento, la rivalidad entre ambos y el programa nuclear del norte pesan más que pensar en un futuro para la península coreana.

Andrea G. Rodríguez

Madrid, 1995. Policy Analyst Lead en tecnologías emergentes y la agenda digital europea en el European Policy Centre (EPC) en Bruselas, y miembro del Comité del Foro Europeo de Ciberseguridad (CYBERSEC). Formó parte del proceso OTAN 2030 como líder de la sección de tecnologías emergentes y disruptivas del grupo asesor NATO 2030 Young Leaders. Reconocida en 2021 por Brussels Forum como una de las líderes del mañana y por la Fundación Cibervoluntarios como una de las trece mujeres referentes en el ámbito TIC en España.