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Una mayor llegada de migrantes desde África a Italia afila armas políticas como el racismo y la xenofobia. Putin lo sabe y ha terminado de abrir el grifo en Libia para beneficiar a la extrema derecha de cara a las elecciones del 25 de septiembre. La operación, ejecutada por el general renegado Jalifa Haftar con los mercenarios rusos del Grupo Wagner, se suma a semanas de trabajo diplomático para debilitar desde dentro al Ejecutivo de Mario Draghi, hasta ahora era uno de los mayores aliados de Ucrania en la Unión Europea.
Las encuestas apuntan a un Gobierno que integrará a las fuerzas de Silvio Berlusconi y Matteo Salvini, firmes aliados de Putin, encabezado por la también ultraderechista Giorgia Meloni. Con ese nuevo caballo de Troya y ante malos resultados en la guerra, el Kremlin pretende combinar la crisis energética, la escasez de alimentos y el flujo de migrantes para avivar el malestar social y dividir a Europa en su apoyo a Ucrania.
Libia, la avanzadilla rusa en el Mediterráneo
Rusia cuenta con más de 3.000 mercenarios del Grupo Wagner en Libia desde 2019. Emiratos Árabes Unidos los financiaba para apoyar al general Haftar, golpista y aliado común de Moscú y Abu Dabi. Sin embargo, pronto pasaron a centrarse en avanzar los intereses geopolíticos del Kremlin: en este caso, usar las costas de Libia para desestabilizar Italia.
En los últimos años, miles de personas han salido de Libia huyendo de Níger, Nigeria, Chad o Sudán. Hasta ahora los principales puntos de salida se encontraban en el oeste del país, controlado por milicias nacidas durante la guerra contra el dictador Muamar el Gadafi. Sin embargo, en los últimos meses los migrantes han partido de Derna y Tobruk, dos localidades al este controladas por Haftar e indirectamente por Rusia. Si 13.000 migrantes llegaron a Italia por el Mediterráneo en 2020, en 2022 ya van cerca de 39.000.
La inteligencia italiana asegura que Rusia ha dado la orden de activar el flujo de emigrantes para desestabilizar el país. Esto favorece a partidos de extrema derecha como Fratelli d’Italia, de Meloni, y la Lega, de Salvini, que desde hace años alimentan el temor de una “invasión” desde África para conseguir votos. Roma había controlado la situación dando dinero y equipo a la guardia costera libia, incluidos varios traficantes de personas que se alistaron en el cuerpo y que pasaron de fletar a hundir embarcaciones.
Haftar no es el único aliado de Putin que usa la migración como arma, en su caso para buscar reconocimiento internacional. A principios de año, el bielorruso Alexandr Lukashenko llevó a miles de refugiados iraquíes a las fronteras de su país con la Unión Europea para forzarla a levantar las sanciones contra su Gobierno. Tampoco es la primera vez que Haftar chantajea a Roma: en diciembre de 2020 sus tropas secuestraron a varios pescadores italianos en aguas internacionales, obligando al entonces primer ministro Giuseppe Conte a reunirse con él en Bengasi.
Junto con el Mediterráneo, el petróleo es el principal activo de Haftar y Putin en Libia. El Grupo Wagner controla desde 2020 los principales yacimientos del país. En repetidas ocasiones, Haftar ha ordenado detener las exportaciones de crudo hacia Europa para imponer sus demandas, como la financiación de su ejército con esos ingresos. Es posible que junto con Putin sigan usando esa carta en plena crisis energética.
Salvini y Berlusconi con Putin, Meloni contra Europa
El Kremlin no solo está tratando de interferir en las elecciones italianas con los migrantes africanos: de nuevo según la inteligencia italiana, también contribuyó a la caída del Gobierno de Mario Draghi. Hasta su dimisión en julio, el exdirector del Banco Central Europeo había sido uno de los mayores aliados de Ucrania en Europa, proponiendo su adhesión a la Unión y defendiendo las sanciones a Rusia.
Draghi cayó después de que el partido M5S de Giuseppe Conte diera la espalda a la coalición de Gobierno, pero el Kremlin contactó con los equipos de Salvini y con Berlusconi posiblemente para acelerar la desintegración del Ejecutivo. Rusia mantiene buenas relaciones con ambos: Putin y Berlusconi son amigos desde hace veinte años y llegaron a reunirse en Crimea tras la ocupación rusa, y llegó a ofrecerle dinero al partido de Salvini en 2016. El líder de la Lega abogaba entonces por la salida de Italia de la OTAN, y ahora ha cuestionado la utilidad de las sanciones a Rusia a raíz de la guerra y el envío de armas a Ucrania.
Según las encuestas, las formaciones de ambos políticos estarían en la coalición dirigida por Giorgia Meloni. Junto con Marine Le Pen en Francia y Víktor Orbán en Hungría, Meloni es una de las principales euroescépticas del continente, con choques que han ido desde sugerir la salida de Italia del euro hasta la retirada de banderas europeas en edificios públicos durante la pandemia. Ahora niega representar una amenaza para el proyecto europeo, pero aún denuncia su “agenda política globalista y ultra-ambientalista”.
Respecto a la guerra en Ucrania, Meloni sí ha intentado distanciarse de Salvini y Berlusconi al defender el envío de armas al Ejército ucraniano o apoyar las sanciones a Rusia. Sin embargo, su retórica es tibia en contraste con la de Draghi. Por tanto, la suma de la derecha pro-Putin y el antibelicismo de la izquierda ha hecho del pueblo italiano uno de los menos movilizados en favor de Ucrania en toda la Unión.
El objetivo final de Putin es una Europa dividida
Aunque Meloni mantuviera su compromiso con Ucrania como primera ministra, sus socios condicionarían la política exterior. Para evitarlo quiere crear un cordón sanitario que excluya a los partidarios del Kremlin de los ministerios de Economía, Exterior, Defensa e Interior. Salvini aspira a ocupar este último, y Meloni le habría ofrecido el de Justicia como alternativa.
Con todo, Italia es solo una pieza en el tablero de Putin para debilitar Europa y contrarrestar las sanciones. La extrema derecha ya se ha manifestado en Alemania, donde amenaza con un “otoño de la ira” y exige el cese del apoyo a Ucrania, o en República Checa, donde reclama un nuevo acuerdo energético con el Kremlin. Aunque la economía rusa resiste en el corto plazo, la Unión Europea ha conseguido sacar varios paquetes de sanciones, como la reciente limitación de los visados a los ciudadanos rusos.
La presión económica de Europa, a su vez, se ha complementado con la reciente debilidad militar de Rusia, que se ha valido de otras armas como el miedo y la desinformación, en este caso con migrantes africanos. Así, con Alemania paralizada por su dependencia del gas ruso y Francia insistiendo en la vía diplomática, un Gobierno ultraderechista en Italia abriría una nueva brecha en la Unión sobre la invasión a Ucrania.