“Corten el gas en sus casas”. Esa fue la tajante petición del alto representante europeo, Josep Borrell, a los ciudadanos de la Unión, en respuesta a la invasión a Ucrania y a la subida de precios de la energía. Las críticas no se hicieron esperar. Incluso hubo quienes compararon a Borrell con Hugo Chávez, que en 2009 pidió a los venezolanos que se dieran duchas frías y cortas ante la sequía y la falta de inversión en suministro energético.
La Comisión Europea está apostando por el ahorro de energía para reducir el consumo y almacenar parte de esos recursos para más tarde. Bruselas recomienda invertir en electrodomésticos eficientes, mejorar el aislamiento de las casas, usar el transporte público y bajar la calefacción, cambios que podrían reducir la demanda de gas y petróleo en un 5%. No es la primera vez que se recurre al ahorro energético ante una crisis y tampoco está claro cuánto se le puede exigir a los ciudadanos, pero sí se ha demostrado que pequeños gestos pueden generar grandes cambios.
“Esfuerzo ciudadano” para “reducir tu uso”
La Comisión también anima a los Estados a llevar a cabo campañas de sensibilización, implantar medidas fiscales para fomentar el ahorro e instalar sistemas de calefacción eficientes. Algunos han escuchado: en Italia, por ejemplo, el primer ministro Mario Draghi decretó que los edificios públicos italianos no podrán poner el aire acondicionado por debajo de veintisiete grados desde el 1 de mayo. El ministro de Economía alemán también ha avisado a sus ciudadanos que deben ahorrar energía, Francia pide un “esfuerzo ciudadano” y España ha anunciado su propio plan de ahorro energético para la administración pública.
Para muchos, la crisis actual, marcada por la solidaridad europea hacia los ucranianos, es idónea para impulsar un cambio de hábitos entre la población y mejoras en el uso de la energía. Irlanda también lo hace con la campaña Reduce Your Use (‘Reduce tu uso’). Según el Gobierno irlandés, la iniciativa resaltará cómo afectan los conflictos internacionales al consumo diario de energía, para mostrarle a los ciudadanos que sus acciones pueden influir.
Ya se hizo en Estados Unidos, Japón o Francia
No es la primera vez que un país se fuerza a ahorrar energía. Durante la crisis del petróleo de 1973, Estados Unidos redujo el límite de velocidad en sus carreteras para ahorrar combustible, Francia obligó a sus empresas a apagar las luces pasadas las diez de la noche y el Reino Unido, que además sufría una crisis en el sector minero, recortó la semana laboral a tres días.
Tras el accidente de Fukushima en 2011, Japón decidió desprenderse de la energía nuclear, lo que produjo cortes en el suministro de electricidad. Ante esta situación, el Gobierno racionalizó la actividad de las grandes industrias y animó a los japoneses a ahorrar energía. Gracias a esas medidas, el consumo cayó un 12% en la industria, un 10% en los hogares y un 4% en el sector servicios. Y Chile hizo frente a las interrupciones de suministro de 2007 y 2008, entre otras, con campañas de sensibilización para que los ciudadanos redujeran su consumo energético.
Ahora la Agencia Internacional de la Energía ha publicado un plan de diez puntos para reducir la dependencia europea del gas ruso a través de una menor demanda y de cambios en los hábitos ciudadanos para ahorrar energía. Se calcula que un hogar europeo promedio podría ahorrar unos quinientos euros al año. Si todos los ciudadanos siguieran estas indicaciones, la Unión Europea reduciría su consumo de petróleo un 27,5% y el de gas un 4,5%. Las recomendaciones incluyen bajar un grado la temperatura del termostato de los hogares, subir uno la temperatura del aire acondicionado, trabajar más días en casa para ahorrar en combustible o reducir la velocidad máxima en las autopistas en diez kilómetros la hora.
¿Qué se le puede exigir al ciudadano para optimizar el consumo?
No es fácil que los ciudadanos cambien de costumbres, aunque se les puede motivar o capacitar. En 2008, por ejemplo, el Gobierno español se unió a Disney Channel en la campaña “Ahorra energía en la mejor compañía”, donde los personajes recomendaban buenos hábitos energéticos a los niños, como apagar las luces. También se promueven cursos sobre cómo ahorrar energía y usar mejor los electrodomésticos en casa.
Entonces ¿qué se le puede exigir al ciudadano? El vicepresidente de la Comisión Europea para el Pacto Verde, Frans Timmermans, decía en mayo que estos cambios de hábitos serían libres e individuales. Podría controlarse el consumo de aire acondicionado, pero no sería fácil ni barato pedir a la población que opte por un suelo radiante en vez de uno tradicional. Además, están los factores meteorológicos y culturales. Limitar la secadora para casos excepcionales y aprovechar el calor es sencillo en España, con más de 8,2 horas de sol al día, pero no tanto en el Reino Unido, con apenas 3,3. Y mientras en Japón o Suiza son habituales las lavanderías comunitarias, cuesta imaginar al español medio en estas instalaciones y no usando su lavadora.
En cualquier caso, la apuesta no apunta solo al ahorro sino a la eficiencia energética, entendida como la optimización del consumo. La Agencia Internacional de la Energía la denomina “el primer combustible” para la transición a una economía neutra climáticamente, pues se calcula que representa más del 40% de la reducción de emisiones necesaria para 2040. Se apuesta por el ahorro y la concienciación, pero la capacidad del ciudadano también tiene sus límites. El futuro no va a pasar por gastar menos, sino por aprender a gastar mejor.





