La extrema derecha está de celebración en Europa. Con cada nueva elección parlamentaria, sus apoyos crecen y sus postulados se normalizan. Apenas son ya dos los países de la Unión Europea que aún no han sucumbido a su expansión —Irlanda y Luxemburgo—, y las elecciones presidenciales francesas, en las que Marine Le Pen quedó a las puertas del triunfo, mandaron un mensaje claro al resto del continente: la extrema derecha ya no es una facción aislada y sin apenas influencia del panorama político europeo. Por el contrario, ha penetrado en las instituciones y está preparada para competir de tú a tú con las fuerzas hegemónicas.
Los datos son abrumadores: un año antes del estallido de la crisis del euro, en 2009, los partidos de extrema derecha apenas conseguían de media el 7% de los votos en las elecciones generales en Europa. En 2019, tan solo diez años después, habían conseguido duplicar esa cifra y ya superaban el 16%, según el análisis de The PopuList, un proyecto de cooperación entre académicos y periodistas impulsado por The Guardian.
Partiendo de la definición del académico neerlandés Cas Mudde, esta organización considera partidos de extrema derecha aquellas formaciones con tintes nativistas, es decir, que creen que su país debe ser habitado exclusivamente por la población nativa y que el resto de grupos amenazan la existencia de un Estado nación homogéneo.
También se tienen en cuenta aquellos partidos con rasgos autoritarios y que defienden una sociedad estrictamente organizada en la que las infracciones se castiguen severamente. Muchas de estas formaciones, además, son de corte populista —dividen a la sociedad en dos grupos homogéneos, la élite corrupta y la gente de a pie— o euroescéptico.
¿Cómo han cambiado los gobiernos de la Unión Europea desde 2010?
La evolución del voto radical a nivel nacional da buena muestra de la progresión que ha tenido la extrema derecha durante la última década en Europa, pero el mapa de la expansión regional —provincias, condados y otras divisiones administrativas pequeñas— permite verla aún con más detalle. Para ello, ha sido necesario cruzar los datos de The PopuList con los del European NUTS-level Election Dataset, un estudio elaborado por investigadores de las universidades de Alborg y la ETH de Zúrich.
De acuerdo al análisis realizado por EOM de las cifras, en 2010 la extrema derecha tenía una presencia considerable —por encima del 10% del voto— en apenas un puñado de países: Hungría, Polonia —especialmente en el este más conservador—, Eslovenia, Bulgaria, Austria, Suiza, el norte de Italia —donde la Lega Nord ya se había hecho fuerte—, la Bélgica flamenca, Países Bajos, Dinamarca y Noruega. En el resto o bien su relevancia era insignificante o ni siquiera formaban parte del tablero político.
En 2013, el Frente Nacional francés y Alternativa para Alemania (AfD) comenzaron a asentar su proyecto en los dos principales países de la UE, mientras que a partir de 2015 el brexit disparó los apoyos del UKIP en Reino Unido. Los años siguientes dieron un nuevo espaldarazo a la Lega italiana, que extendió su influencia también por el sur del país transalpino, y a AfD, que se consolidó en el este alemán. En Francia, el Frente Nacional se hizo con un tercio de los votos en la segunda ronda de las elecciones presidenciales de 2017, cosechando un gran éxito en las regiones industriales del norte y las turísticas del Mediterráneo.
En 2019, la extrema derecha siguió su escalada y desembarcó en España y Portugal. En ambos casos surgió como una escisión de la derecha tradicional. Y por último, en 2020, el año más reciente con datos disponibles, la extrema derecha regresó con fuerza a Letonia y Croacia, convirtiendo a Luxemburgo e Irlanda en las dos únicas excepciones de la Unión Europea.
A juzgar por el resultado de las últimas elecciones —Portugal, Francia o Hungría—, las propuestas radicales de derecha aún no han tocado techo en Europa. De hecho, están más incorporadas al debate nacional que nunca: su alcance sobrepasa ya el voto protesta y se extiende a todos los sectores de la sociedad, con programas políticos mucho más amplios y un nuevo rearme ideológico en campos como la economía o el Estado del bienestar. En muchos países, de hecho, el centroderecha ha terminado asimilando conceptos xenófobos para tratar de frenar la sangría de votos hacia las opciones más radicales.
El voto a Agrupación Nacional: la geografía electoral de la extrema derecha francesa
© El Orden Mundial.
Todos los derechos reservados.









