A lomos de su potentísimo sector turístico, España es un país donde los servicios —y su fuerte temporalidad— marcan los tiempos de la economía nacional. Pese a esto, la industria —incluyendo la construcción— tiene también un fuerte peso en el mapa del país y representa el 20% del PIB nacional, de acuerdo con cifras del INE.
Navarra es la comunidad autónoma donde la industria tiene más peso, suponiendo un 32% de su PIB. Dentro de su tejido industrial, destaca la agroalimentación —con gran importancia en todo el valle del Ebro—. Este sector va mano a mano con la agricultura, pero se considera un subtipo de la industria manufacturera y abarca la fabricación de conservas, aceites, bebidas y tabaco, así como los procesamientos y conservas de carne, pescados, verduras o productos lácteos. Junto a este, otros dos grandes pilares de la industria de Navarra son la automoción y el de la producción de energías renovables, al punto que las energías verdes satisfacen más del 80% del consumo de energía eléctrica en la comunidad.
Le siguen La Rioja y Castilla-La Mancha, dos comunidades que si bien no han sido los focos industriales tradicionales, sí que han adquirido mayor importancia desde finales del siglo XX. Por un lado, La Rioja se apoya también en el sector agroalimentario —especialmente en producción de vino— y de automoción del valle del Ebro, pero cuenta, además, con un gran empuje de la industria aeroespacial en tema de fabricación de piezas. Por otro lado, Castilla-La Mancha es clave en las energías renovables, sobre todo en producción de energía solar y eólica.
Junto a ellas destaca Aragón, cuya industria representa casi el 28% del PIB de la comunidad autónoma. Aragón es una de las tres regiones más importantes del país en cuanto a producción de coches, recogiendo más de de la mitad de la producción nacional, además de ser fundamental en el sector agroalimentario con 11 denominaciones de origen.
En la otra cara de la moneda, las regiones con menos peso industrial son las ciudades autónomas Ceuta y Melilla —en las que la industria no alcanza el 10% del PIB—, así como las comunidades autónomas Canarias y Madrid, con un 11 y un 12% respectivamente.
La industria en España tiene menor peso que en muchos de sus vecinos europeos y que en buena parte del mapa a nivel mundial, donde en países como Noruega el sector alcanza hasta casi un 39% del PIB. La contribución de la industria al PIB disminuye todavía más si excluimos a la construcción de la ecuación, pasando del 20% al 15% en el caso de España. Esto se debe, por un lado, a la priorización que en el país se ha dado al sector servicios, y, por otro, a la menor presencia de grandes sectores industriales potentes como el petrolero o el automovilístico, que son los que aportan los mayores porcentajes en otros países.
Además, hay que tener en cuenta que, a diferencia de otros países del continente europeo, donde se originó la Revolución Industrial, los primeros desarrollos industriales en España no llegan hasta los años treinta del siglo XIX y no cogen fuerza hasta mucho después. Este retraso respecto a los países vecinos, así como el lento desarrollo del proceso de industrialización, tiene sus raíces en los conflictos y adversidades que el país experimentó en el siglo XIX (guerras napoleónicas, pérdida de las colonias en América…) así como la Guerra Civil y la dictadura en el siglo XX.
Durante casi un siglo, el tejido industrial en España se limitó a un foco en Cataluña con el sector textil algodonero —presente también en menor medida en Andalucía— y a otro en País Vasco y Asturias dedicado a la industria siderúrgica. Así, si bien se habían producido ciertos empujes industriales a principios del siglo XIX, localizados en estas tres comunidades autónomas principalmente, el de España es un caso de industrialización tardía.
El desarrollo de la industria española bebe de esos primeros polos industriales, progresando sobre todo en Cataluña, la cornisa cantábrica y el País Vasco, este último albergando en sus inicios el 70% de la producción nacional de hierro. Junto a ellas, también empezó a florecer en ciertos enclaves mineros de plomo o carbón como Badajoz o Ciudad Real.
Ya en el siglo XX, durante la dictadura franquista, se impulsaron una serie de políticas de planificación industrial que buscaban distribuir las fábricas por el territorio nacional para, entre otras cosas, reducir el poder de las regiones periféricas y sus movimientos nacionalistas. Esta medida dio luz a una serie de espacios industriales —llamados polos de desarrollo— en ciudades como Burgos, Huelva, Valladolid, Vigo o Zaragoza.
Desde entonces, el mapa de la industria en España no ha sufrido grandes cambios. Sin embargo, y de forma paralela a la globalización, la creciente importancia del sector servicios y la deslocalización, se ha producido un declive de espacios tradicionalmente industriales como Bilbao o Asturias y el incremento de sectores manufactureros en comunidades como Navarra, Aragón o La Rioja.








