Como todo el mundo sabe, el modelo energético fósil desarrollado durante los siglos XIX y XX ha dominado el planeta. El carbón, el gas y el petróleo nos han dado mucho. Han sido los protagonistas de una historia de desarrollo económico y social históricos. En términos de concentración energética y de facilidad para el consumo, son vectores energéticos irrepetibles. Pero, hoy, este modelo ha entrado en quiebra y está condenado a desaparecer —lenta pero inexorablemente— a lo largo del siglo XXI, tanto por razones físicas y económicas como por razones medioambientales. Nadie parece albergar dudas sobre este proceso; si acaso, sobre el cuándo. Pero el cambio es irrefutable.
El modelo energético del siglo XXI será una combinación del proceso de decadencia del modelo fósil y el proceso de emergencia del modelo que, en general, suele denominarse renovable. La producción de energía será, fundamentalmente, a partir de fuentes de energía renovables (solar, eólica, hidráulica), complementadas con baterías, e irá acompañada de la electrificación de buena parte de la actividad económica, ya sea de forma directa, con los vehículos eléctricos y las bombas de calor, o indirecta, gracias al hidrógeno.
La llegada de este nuevo modelo energético también es, al menos en líneas generales, compartido de forma mayoritaria. Por no discutirlo, no lo discuten ni las grandes empresas relacionadas con el carbón, el gas y el petróleo.
Pero esto no es lo que quiero contar en este libro. Esto es una evidencia, que conviene recordar para dar contexto. La idea central de este libro, la tesis, tiene que ver con una lección histórica fundamental, que es que el modelo energético predominante en cada momento de la Historia siempre ha traído consigo ganadores y perdedores. Sociedades, naciones y regiones bien dotadas y posicionadas para competir y desarrollarse; otras incapaces de ello.
A España le ha tocado la lotería con la transición energética
Con el modelo energético fósil, Europa en general, y la península ibérica en particular, fue una perdedora. De los tres grandes combustibles fósiles, sólo nos tocó el carbón, y, en general, no es fácil de extraer. La buena noticia es que, con el modelo energético renovable, la península ibérica podrá ser superganadora. Y esto tendrá un impacto positivo extraordinario para nuestro país.
Nos ha tocado la lotería. A España, con la transición energética, le ha tocado la lotería. Lo único que hay que hacer ahora es jugar. Comprar los billetes. Tenemos que jugar, para así poder canjear el billete ganador por riqueza, competitividad, bienestar y desarrollo económico.
La mala fama de la energía
La energía es habitualmente concebida, con razón, como un problema, un coste y un factor limitante. Es habitual que exista desconfianza hacia las compañías energéticas, porque, en general, no se entiende la factura eléctrica y se percibe un desequilibrio en la relación entre la compañía eléctrica, que cobra lo que quiere, y el cliente, que paga lo que le dicen. España tiene la energía más cara de Europa y posee el récord mundial de «puertas giratorias», por las que expresidentes y exministros sin demasiados conocimientos en materia de energía, pero con muchos contactos, pasaban a percibir grandes emolumentos por asistir como lujosos convidados de piedra a los consejos de administración de las grandes energéticas, con la finalidad de retribuir favores pasados o de abrir puertas futuras. Efectivamente, el antiguo régimen energético, dominado por los combustibles fósiles y las grandes instalaciones de generación, se ha caracterizado por brindar energía cara a la península ibérica y también por un caudaloso trasvase de personal de la política a la empresa.
Sin embargo, en el nuevo sistema energético que se avecina, la península ibérica tiene muchas posibilidades de triunfar. Cada vez será menos importante tener gas y petróleo bajo el suelo, y contará más el nivel de radiación solar y el régimen de vientos que tenga un territorio. Las concentraciones de energía fósil dejarán paso a la desconcentración sobre el terreno de la energía solar y eólica. Y, en ese nuevo modelo, la península ibérica es el territorio europeo con mejores recursos.
El colapso del antiguo modelo energético
En 2021, el 82 % de la demanda energética mundial se cubrió con energías fósiles, entre las que predomina el petróleo, con el 31 %, seguido del carbón y el gas natural, con un 27 y 24 %, respectivamente, y el 4,3 % es nuclear. Las renovables apenas representan un 12 % de la energía mundial. Este modelo adicto a la quema de combustibles contaminantes ha generado tres graves problemas mundiales, que han terminado por acelerar el momento de su propia muerte anunciada.
El primer problema que ha generado el modelo energético fósil es el de la emergencia climática, que ha puesto en serio riesgo el cumplimiento de los objetivos del Acuerdo de París. Precisamos de una acción decidida, coordinada y urgente, comenzando por el cambio de modelo energético. De lo contrario, aumentaremos los daños al planeta hasta niveles extremadamente graves, lo que afectará a los humanos, a la fauna y a la flora, y generará importantes pérdidas económicas.
El segundo problema es el de los precios de la energía. En 2022, el precio de la energía escaló desaforadamente hasta niveles nunca vistos. Ese año se reunieron todas las condiciones para la tormenta perfecta (aunque seca): la subida de los costes de contaminar, el cierre del grifo del gas provocado por la guerra de Ucrania, los fallos constantes de las centrales nucleares francesas, la sequía y la ola de calor. Lo que antes valía 50, pasó a valer 200 e incluso 300.
El tercer gran problema del antiguo modelo energético es el de la extrema dependencia energética de países con un muy mejorable bagaje democrático y de derechos humanos. Los combustibles fósiles no se eligen, tocan. Y, si se explotan, como hacen la mayoría de los países, pueden generar importantes ingresos extra, que pueden gastarse en invertir masivamente en renovables, como hace Noruega, o en apuntalar el régimen dictatorial, manteniendo contenta a la población con pan (Argelia) y circo (Catar). La cruda realidad es que Europa ha sufragado buena parte de la invasión de Ucrania mediante la compra de gas, petróleo y uranio enriquecido a Rusia, a cuyos brazos energéticos se había lanzado sin importar las reiteradas señales de que ese abrazo energético podría acabar en puñalada por la espalda, como terminaría sucediendo. El gran problema es que muchos de los nuevos pretendientes son países igual de autoritarios y poco fiables, como Catar (que ya amenazó a Europa con cortar el gas si continuaba investigando el escándalo de sobornos a parlamentarios europeos para que votaran a favor de los intereses cataríes), Azerbaiyán (una de las peores dictaduras que quedan en Europa) o Argelia (que en plena crisis con Rusia también cerró uno de los grifos del gas, el que pasa por Marruecos).
No cabe duda de que hay que salir del sistema de energía contaminante, precios caros y alta volatilidad y que, además, obliga a ignorar las vulneraciones de derechos humanos y a regar con millones los regímenes dictatoriales en posesión de la llave de la energía fósil. La gran noticia es que el cambio hacia otro modelo energético que sea limpio, barato y local es posible: es la revolución de las energías renovables.
El nuevo modelo energético
Las energías renovables, en particular la energía eólica y la energía solar fotovoltaica, son la manera más limpia, barata y local de generar energía, y permiten erradicar los tres grandes problemas descritos en el apartado anterior.
Las renovables son la manera más limpia de generar energía eléctrica, porque un kWh de energía solar causa muchas menos emisiones que un kWh fósil. El IPCC lo deja claro: la manera más rápida y barata de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero es con el despliegue masivo de energía solar y eólica. Mediante estas dos tecnologías —y sin coste alguno en subvenciones, ya que pueden recuperar sus costes de inversión mediante mecanismos de mercado—, la energía solar y la eólica permitirán desplazar energías fósiles del mix energético y reducir las emisiones mundiales en nada menos que un 20 %. Por supuesto, la lucha contra el cambio climático no es solo usar renovables, sino que también hay que reforestar, hacer la agricultura más sostenible o reducir las emisiones del transporte pesado, entre otros. Sin embargo, si se apuesta por las renovables, el problema ya sería un 20 % menor; dicho de otra forma, ganaríamos un 20 % más de tiempo.
Las energías renovables son también la fuente de generación más barata. Siguiendo el indicador de costes energéticos habitual, conocido como LCOE, que publica la entidad Lazard, generar un MWh mediante un parque eólico sobre terreno cuesta entre 24 y 74 dólares; con un parque solar, entre 24 y 96 dólares. El rango depende principalmente de las horas de viento o de sol con las que cuente cada ubicación, así como de los impuestos, costes regulados y resto de normativa que incide sobre los costes de producir energía. Ese mismo MWh, que en el rango barato nos cuesta 24 dólares con energía solar o eólica, nos costaría entre 39 y 101 dólares con gas, entre 68 y 166 dólares con carbón y entre 141 y 221 dólares si empleamos para ello la tecnología más cara que existe actualmente: la nuclear.
Las energías renovables también son la manera más rápida de acabar con la dependencia energética
Por último, las energías renovables también son la manera más rápida de acabar con la dependencia energética. Las renovables no permiten una autonomía total, pues gran parte de los componentes de la transición energética, y muy especialmente los paneles solares, proceden de un país autoritario y con pobres registros de derechos humanos como es China. Pero la dependencia del exterior que ocasionan las renovables es menor que la de las energías fósiles. Una central de gas o una nuclear necesita a Rusia, a Catar o a Argelia de forma permanente, ya que sin su gas o sin su uranio enriquecido no puede generar ni un MWh. Por el contrario, una central solar o eólica necesita a China solo una vez, para comprar los materiales. Una vez estos instalados, el sol o el viento son autóctonos y no hay un grifo que un dictador pueda cerrar a su libre albedrío. Sin embargo, es necesario redoblar los esfuerzos para aprobar la asignatura pendiente de la transición energética, que es la reindustrialización. Mientras eso sucede, la dependencia del exterior en el nuevo modelo energético será, en cualquier caso, mucho menor, pues una vez instaladas las renovables se genera la energía de manera local y sin depender de nadie.
A diferencia de lo que sucede con la alimentación, la revolución tecnológica de las energías renovables permite que lo ecológico sea también lo más barato. Y, además, es una manera de generar energía dependiendo en menor grado del exterior. Esa revolución tecnológica, que antes de la invasión de Ucrania y el colapso energético que la sucedió ya se estaba produciendo de forma tímida, se ha acelerado debido al colapso del viejo modelo energético. Ya no hay duda de que el nuevo modelo será renovable y que va a llegar antes de lo inicialmente esperado.
Aunque en 2021 solo el 28 % de la energía eléctrica fue generada con energías renovables, la previsión de la Agencia Internacional de la Energía es que esa cifra aumente notablemente en los próximos años. Para 2030, la agencia proyecta un crecimiento de la energía solar del 365 %, un aumento del 214 % de la producción eólica y una reducción del 20 % de la producción con carbón. Para 2050, según dicha agencia, las renovables cubrirán el 81 % de la demanda eléctrica, frente al ya citado 28 % actual. Eso implica que la energía solar fotovoltaica se multiplicará por 18, y la eólica, por 9. Tras la guerra de Ucrania, la agencia aumentó un 30 % la previsión de renovables en Europa. En definitiva, el organismo internacional de referencia en materia energética, frecuentemente criticado por proteger el statu quo, vaticina ya que las renovables serán la energía dominante de las tres próximas décadas.
La ventaja ibérica
Con el modelo energético que está llegando, y que tiene como eje central a las energías renovables, la península ibérica cambiará radicalmente su posición en el ranking de territorios dotados de recursos energéticos. Cuando la energía se producía con energía hidráulica y con carbón, los países con grandes saltos de agua o con minas de carbón disfrutaban de esas buenas condiciones. Eso explicaría el desarrollo industrial en regiones como Renania, Lancashire o la propia Asturias. Después llegaría la era del gas y del petróleo, combustibles fáciles de transportar, y que no afectaban tanto a la creación de industria, pero sí que permitían generar un enorme superávit comercial a los países con estos recursos en sus territorios: Venezuela, Rusia, Noruega, Arabia Saudí, Argelia o Catar, que han podido llenar de millones sus arcas públicas gracias a la venta de hidrocarburos.
Sin embargo, ese modelo energético, que ha contribuido decisivamente al cambio climático, que ha enriquecido a dictadores y que ha disparado los precios de la energía, languidece. El nuevo modelo energético es indudablemente renovable. La energía eólica y la solar son desde hace ya algunos años, pero cada vez con más claridad, la manera más barata de generar energía eléctrica. Para el éxito económico, cada vez importará menos tener petróleo en el subsuelo y será más importante tener paneles solares en el suelo. Ya no hará falta realizar grandes excavaciones bajo tierra para extraer el carbón, sino colocar los aerogeneradores en las colinas con mejor régimen de vientos. En el nuevo panorama energético, ganará quien tenga un buen recurso solar y eólico, y sea capaz de capturarlo. El sol y el viento, al igual que la presencia de petróleo o gas en el subsuelo, son ventajas competitivas naturales. Los humanos únicamente podemos decidir si las aprovechamos o no.
La península ibérica es el territorio con más sol de la Unión Europea, uno de los que mejores recursos eólicos tiene y, además, cuenta con importantes ríos como el Duero, el Ebro y el Tajo en los que situar centrales hidroeléctricas. España y Portugal disponen de un 12 % más de recurso solar que Italia, un 31 % más que Francia o un 53 % más que Alemania. Esa diferencia tan sustancial, si se tiene en cuenta que la energía predominante del nuevo modelo energético es la solar, supone una clara ventaja competitiva que se mantendrá inalterada a pesar de las mejoras tecnológicas que pueda haber.
A diferencia de Italia, que tiene sol pero no terreno, la desastrosa política territorial española de las últimas décadas, que ha vaciado muchos pueblos y ha apostado de facto por las grandes concentraciones de población en las ciudades, ha generado espacio suficiente, sin alterar la actividad humana, para instalar los dispositivos necesarios para capturar los recursos primarios y convertirlos en energía eléctrica.
Además, en ese modelo energético renovable de un futuro cada vez más cercano, la ubicación es fundamental. La electricidad no viaja bien entre países, ya que, aunque existen soluciones tecnológicas, como las redes de muy alta tensión, su implantación territorial genera un amplio rechazo entre las poblaciones por las que pasa la línea eléctrica. Si además tiene que cruzar fronteras, se encontrará con dificultades político-administrativas que retrasarán su implantación. La dificultad de la electricidad para atravesar fronteras no debe subestimarse. Al contrario, implica que quien tenga suficiente electricidad renovable y redes eléctricas en su territorio, tendrá un recurso local, sostenible y barato con el que alimentar a sus empresas y hogares. La historia está llena de ejemplos que demuestran que los territorios con energía abundante y barata tienen más probabilidades de prosperar.
El paraíso de la energía barata
La afirmación de que la energía ibérica será la más barata de Europa y que eso permitirá retener y atraer actividad económica está respaldada por hechos y datos de los mercados. En el sector energético, las empresas con elevados consumos acostumbran a firmar contratos para fijar el precio de la energía a largo plazo, conocidos como Power Purchase Agreements (PPAs). Si se observan los precios a los que cotizan los PPAs, siguiendo los indicadores de las entidades de referencia, se observa como los PPAs ibéricos a diez años cotizan a 48 euros por MWh, frente a los 93 euros por MWh de Francia o los 92 de Alemania. No se trata de una previsión de analistas, sino de precios reales de contratos que se firman. Quien firme un PPA en España y en Alemania en 2022 para diez años, tendrá garantizada esa energía más barata para los siguientes años, con independencia de los movimientos de los mercados energéticos o del precio que acabe resultando en realidad.
Una prueba irrefutable de que los precios son reales es la frenética actividad de la firma de PPAs en España. Según el ranking de Ernst & Young, España es el país líder del mundo en atractivo para la firma de PPAs. En volumen, el 35 % de los PPAs europeos se firmaron en España. Algunos son de empresas ya en funcionamiento y que gracias a la energía renovable barata podrán asegurar su futuro. Otros son inversiones de multinacionales que pretenden cubrir con renovables de forma virtual todo su consumo energético europeo. En otros casos, se trata de nuevas industrias que se establecen en España o en Portugal gracias a la perspectiva de contar con la energía más barata de Europa, perfectamente complementada con el riego de fondos europeos Next Generation. Es el caso de la fábrica de diamantes de Diamond Foundry en Trujillo (Cáceres), de la fábrica de componentes de baterías de Iljin en Mont-roig del Camp (Tarragona), del macroproyecto de Maersk en Galicia y Andalucía para producir combustibles verdes para el transporte marítimo, o de la gigafactoría de baterías de Volkswagen en Sagunto (Valencia). Los cuatro, igual que muchos otros, están vinculados a una planta solar o eólica cercana que les permite disponer de energía barata. Y, como han dicho las empresas, si esas plantas no se llegan a construir, no abrirán la fábrica.
Tal es el vínculo entre energía barata y actividad industrial que la planta de aluminio de Alcoa en San Cibrao, una de las instalaciones industriales más relevantes e icónicas de España y que está cerrada temporalmente por la crisis energética, va reabriendo unidades en función de la entrada en funcionamiento de parques eólicos con los que tienen firmado un PPA. Es decir, hasta que Alcoa no pueda beneficiarse de la energía eólica barata, no puede permitirse continuar con su actividad industrial.
La península ibérica tiene todas las papeletas para convertirse en potencia de hidrógeno verde
La península ibérica tiene todas las papeletas para convertirse en potencia en cuanto a producción de hidrógeno verde, cuyo principal coste es el de la compra de la energía eléctrica. Según el ranking Hydrogen Investability Index, España es el segundo país más atractivo del mundo para invertir en hidrógeno, por detrás de Alemania. Actualmente, España cuenta con proyectos anunciados de hidrógeno que suman unos 16 GW —cuatro veces el objetivo fijado para el año 2030 y un 10 % de la capacidad de producción de hidrógeno mundial prevista—, atraídos por la energía barata y el maná de los fondos europeos. El proyecto estrella es el de la naviera danesa Maersk, que invertirá 10.000 millones de euros en la producción de combustibles verdes derivados del hidrógeno para el transporte marítimo, con fábricas en Galicia y Andalucía, y que irán acompañados de 4.000 MW de renovables (solares en Andalucía y eólicos en Galicia) que permitirán producir el hidrógeno verde que servirá de base para el e-metanol.
Otro sector muy sensible a los costes de la energía es el de los centros de datos. Inicialmente, han dominado ciudades con demanda existente de servicios de datos, como Fráncfort, Ámsterdam, París y Londres, o países con un régimen fiscal de derribo, como Irlanda. Sin embargo, con la crisis energética gana peso la necesidad de contar con capacidad energética disponible a unos costes controlados. Tal es el consumo de los centros de datos que Países Bajos e Irlanda, entre otros, se han visto obligados a prohibir o limitar la implantación de nuevos centros porque se estaba poniendo en riesgo el suministro energético del país. Por este motivo, los centros de datos se han fijado en la península ibérica, atraídos por su potencial renovable. Amazon, por ejemplo, abrió en 2022 tres nuevos centros de datos en Aragón, respaldados por la capacidad renovable propiedad de la propia Amazon, en la que fue su primera inversión en renovables fuera de Estados Unidos. Para dar un orden de magnitud, el consumo eléctrico de esos tres centros de datos es equivalente al del 20 % de Aragón, una región de 1,3 millones de habitantes y con industria relevante como la fábrica de coches de Opel. Por su parte, en Sines, Portugal, abrirá un centro de datos hiperescalar que estará entre los más grandes del mundo y que supondrá una inversión de 3.500 millones de euros. El CEO, preguntado por las razones de su ubicación, presumía de contar con energía 100 % renovable y de las más baratas de Europa. En las cercanías de Sines se está proyectando precisamente el parque solar más grande de Europa, de 1.200 MW.
Finalmente, la energía eléctrica barata puede solucionar el gran reto del abastecimiento de agua. El 97,5 % del agua del planeta es salada, mientras que dos tercios del agua dulce están en glaciares y casquetes de hielo. Por tanto, no es que no tengamos agua, sino que no tenemos agua suficiente de fácil obtención mediante la captación en ríos o acuíferos por la situación de sequía. Pero el agua del mar se puede desalinizar y convertir en apta para consumo humano. La cuestión es que desalar requiere energía. Si la tuviéramos, barata y abundante, podríamos solucionar buena parte del problema del agua.
El viaje de la energía
La península ibérica tiene una indudable ventaja competitiva: el mayor potencial renovable de Europa, que le permite vislumbrar la promesa de tener la energía más barata del continente. Esa electricidad renovable y barata es un activo de gran potencial, pero su valor real dependerá de qué se haga con ella.
La primera opción sería construir abundantes infraestructuras transfronterizas de transporte de energía eléctrica con Francia, o por mar con Italia, de forma que el resto de Europa también se beneficie de la energía barata peninsular, y de paso Iberia genere un importante superávit en su balanza comercial. Esta opción no está exenta de dificultades, ya que llenar el territorio de líneas aéreas de alta tensión requiere un largo proceso de autorización administrativa y suele generar irritación y oposición territorial. Además, no es una opción muy realista, ya que, a pesar de los esfuerzos bruselenses en favor de la interconexión eléctrica entre países, Francia se opone sistemáticamente a aumentar su capacidad de intercambio eléctrico con la península ibérica. Esta oposición podía entenderse cuando Francia disfrutaba de energía nuclear barata y era exportadora de energía hacia el sur de los Pirineos, pero, en el nuevo escenario energético, esa
cerrazón eléctrica resulta incomprensible, por ser claramente contraria a los intereses de la patrie, y puede acabar recluyendo la ventaja renovable en la fortaleza energética ibérica.
Una segunda opción es que la electricidad barata se quede en Iberia, ante la imposibilidad de construir los cables necesarios para enchufarla al resto de Europa, pero que buena parte de esa energía se emplee para producir hidrógeno verde a gran escala y bombearlo por tubería al continente. De esta forma, la industria alemana podría cambiar el gas ruso por el hidrógeno español. Una semilla representativa del cultivo de esa idea es el hidroducto H2Med, que uniría Portugal con Alemania por tubo: transcurre primero por tierra hasta Barcelona, después por mar hasta Marsella, y de ahí de nuevo por tierra hasta el corazón industrial germano. No obstante, el H2Med, el gran proyecto franco-ibérico de hidrógeno, que en el mejor de los casos estaría en marcha en 2030, solamente permitiría transportar unos dos millones de toneladas de hidrógeno anuales, el 10 % del consumo previsto para la Unión Europea en 2030. Incluso suponiendo que se cumpliera el calendario previsto, el H2Med representaría un avance en la interconexión del hidrógeno europeo, pero no sería suficiente, ya que el hidrógeno no es adecuado para el transporte en barco, y se necesitarían nuevos hidroductos, que, con toda certeza, tardarían aún varios años más en construirse. Si los proyectos de producción de hidrógeno peninsulares llegan a operación comercial, Iberia tendrá una producción excedentaria de hidrógeno que no podrá evacuar por falta de infraestructura.
Por tanto, si la energía no cruza la montaña pirenaica, tendrá que ser la industria la que la cruce. Pero en sentido contrario. La tercera alternativa consistiría justamente en eso. Si la península ibérica tiene la energía más barata de Europa y, por francas razones geopolíticas, esa energía se queda atrapada en la isla energética peninsular, serán los consumidores sedientos de energía los que cruzarán al sur de los Pirineos para instalarse allí y hacer más competitivos sus procesos productivos. Eso es precisamente lo que han hecho la danesa Maersk, la surcoreana Iljin, la alemana Volkswagen, la china Sentury Tire, la californiana Diamond Foundry con sus industrias o la mayoría de las empresas tecnológicas estadounidenses para ubicar sus centros de datos. Si el consumo energético representa uno de los costes principales para una empresa, y hay un lugar donde se concentran la electricidad y el hidrógeno más baratos, seguramente esa empresa se trasladará allí. En tal caso, lo que viaja no es la energía, sino el resultado del proceso industrial. Y es que se pueden poner puertas a la energía, pero no al aluminio, a los neumáticos, a los datos o a las baterías. Incluso si Francia también se opone al corredor ferroviario, los bienes podrán salir de la península por barco o por carretera. Siempre será más fácil enviar un contenedor de neumáticos chinos producidos en Galicia que una molécula de hidrógeno verde.
Ante la falta de grandes acuerdos que refuercen las infraestructuras energéticas y ante los previsibles retrasos en la tramitación y los problemas de financiación del H2Med y de la interconexión eléctrica franco-española, la realidad se inclina hacia el tercer modelo, en el que viajan los productos, no la energía. Se trata, a priori, de la mejor opción para la península ibérica, ya que no solo se capturan las inversiones en energía eléctrica renovable y en centros de fabricación de hidrógeno, sino que además se atrae a la industria y a los centros de datos, con la consiguiente creación de riqueza y empleo que ello supone.
La principal amenaza al paraíso ibérico viene del mar del Norte, zona ventosa y de bajas profundidades, muy fecunda para la energía eólica marina, que está permitiendo proyectar también unos precios energéticos menores que la media europea. Los analistas energéticos coinciden en apreciar su atractivo potencial, si bien en este caso solo se centra en el viento, mientras que Iberia combina el mejor sol de Europa con unos niveles de viento superiores a la media. El gran riesgo para el mar del Norte es de plazos, ya que la complejidad en la tramitación de la eólica marina es mucho mayor que la de un parque solar en territorio ibérico.
El mercado de la energía
El precio de la energía se fija mediante el sistema marginalista, que implica que se van ordenando las ofertas de producción de energía eléctrica y las demandas de compra de esta; allá donde ambas curvas de cruzan, se fija el precio de casación, que es el que pagan todos los consumidores cuyas demandas hayan sido casadas y todos los productores cuyas ofertas hayan resultado aceptadas. El modelo marginalista es perfecto para poner a competir al gas con el carbón o la nuclear, de forma que los consumidores siempre tengan acceso a la energía más barata en cada momento.
El gran problema es que las tecnologías renovables, por regla general, no tienen apenas costes marginales. El grueso del coste de construir un parque solar o eólico es el de la inversión inicial, porque el sol y el viento son gratis, a diferencia del petróleo, el carbón o el gas. Por tanto, cuando realizan sus ofertas, las instalaciones renovables suelen ofertar a precios cercanos a cero, ya que producir un MWh adicional no les supone prácticamente ningún coste. Esto implica que, si se mantiene el mercado marginalista, en las horas en las que el 100 % de la demanda eléctrica se cubra con energías renovables, el precio de la energía podría ser de cero euros. A priori, puede parecer una buena noticia, ya que los consumidores disfrutarán de energía gratuita, al menos en lo que concierne a la parte del mercado.
No obstante, esa gratuidad puede ser un regalo envenenado, ya que, si se van haciendo más frecuentes, no sólo arruinarán a los productores renovables presentes, sino que, sobre todo, espantarán a los productores renovables futuros. Y, para que la península ibérica sea un paraíso de energía barata, necesita aumentar su capacidad renovable, para ir teniendo energía suficiente para cubrir los nuevos consumos futuros que vendrán, producto del proceso de electrificación y de la captación de nuevas industrias.
La inadecuación del sistema marginalista a un modelo energético dominado por tecnologías sin costes marginales parece difícil de cuestionar. Sin embargo, por ahora, en el debate bruselense la preocupación principal y la motivación para intervenir el mercado es justo la contraria: evitar nuevos episodios de precios de la electricidad disparados. Por ello, la discusión gira en torno a precios máximos, a fórmulas de mitigación de la volatilidad y a mecanismos de protección de los consumidores ante los vaivenes de los precios del gas. En Iberia —que, al tener unos precios regulados que interiorizan plenamente la volatilidad, ya se ha sufrido y pasado el pico de precios antes que el resto de Europa—, la preocupación es, paradójicamente, por las consecuencias de los precios de la electricidad demasiado bajos, sobre todo en horas de sol. En la primavera de 2023, ya pudo verse cómo en las horas centrales del día el precio descendía a niveles cercanos a cero en cuanto coincidían sol y viento, no solo en fines de semana y festivos, con baja demanda, sino también algunos días laborables, en los que el sol y el viento suponían más del 80 % de la cobertura de la demanda.
Los precios bajos son buenos a corto plazo para los consumidores que estén sometidos a la variabilidad del mercado, pero, a su vez, pueden suponer una amenaza para la transición energética, y, en definitiva, a la ventaja competitiva ibérica. Unos precios demasiado bajos pueden poner en riesgo la financiación de proyectos renovables por parte de los bancos, espantados ante cualquier perspectiva de no recuperar la cuantía prestada, así como la propia viabilidad económica del proyecto. Por muy barata que sea la energía solar, si el mercado le otorga un precio cercano a cero, nunca podrá ser rentable.
La resolución que se adopte ante esta cuestión clave de la reforma del mercado puede reforzar o mitigar la ventaja competitiva ibérica. El modelo marginalista actual podría hacer descarrilar la transición energética, y que los avances quedaran paralizados hasta que entren en juego los factores que hagan aumentar de nuevo el precio de la electricidad, como el cierre nuclear, la interconexión, nuevos consumos eléctricos de centros de datos e industrias, o la electrificación de la demanda. Un modelo de intervención total de precios, si bien daría más seguridad a los productores, a su vez mitigaría la señal de precios para los consumidores, lo que reduciría los incentivos de un gran consumidor eléctrico para establecerse en España. Seguramente, la solución esté en algún punto intermedio que permita garantizar un precio mínimo a los productores renovables que se active si el precio de mercado es inferior a determinada cuantía durante varios meses, pero que, a su vez, permita a los consumidores beneficiarse de los precios bajos de la energía.
El reto de la transición energética ibérica
Al margen de los debates sobre el viaje de la energía y sobre la reforma del mercado energético, hay otro reto al que se enfrentará la transición energética ibérica.
No nos referimos a la suficiencia de materiales, ya que por ahora no será un factor limitante de la transición energética. Existen materiales suficientes para construir todas las instalaciones necesarias para alcanzar el 100 % renovable. Quizás en ciertos momentos pueda faltar capacidad de producción y sea necesario aumentarla para obtener ciertos materiales. Pero lo que no falta son reservas, que además no hacen más que aumentar a medida que se van descubriendo nuevos emplazamientos. En todo caso, falta velocidad de extracción de esas reservas.
Tampoco hablamos de la necesidad de mano de obra, que, si bien podría faltar en algún momento puntual, no supondrá un problema porque se trata de profesiones de relativamente rápido aprendizaje, que permitirían reubicar personal de otros sectores afectados por la transición energética, como los instaladores de calderas de gas o los trabajadores de fábricas de coches de combustión, así como también personal de otros sectores, como la hostelería.
Sin renovables no habrá energía limpia, barata y local
El verdadero reto de la transición energética ibérica es la construcción de instalaciones solares, eólicas e hidráulicas, y líneas de evacuación suficientes para poder cubrir la demanda eléctrica actual, así como el aumento futuro que supondrá la electrificación y la apertura de nuevas industrias. La inmensa mayoría de los europeos están de acuerdo en que hay que implantar las energías renovables, pero nadie las quiere cerca de su casa, salvo que se ubiquen en el tejado. Y, en cuanto a las líneas de alta tensión, resultan aún menos atractivas y aceptadas en el territorio, aunque son absolutamente necesarias, ya que sin líneas eléctricas no hay renovables. Los datos muestran que la transición energética puede hacerse impactando únicamente en el 0,84 % del territorio, ocupando físicamente solo el 0,12 %, o 575 km2, algo menos que el espacio que ocupa la ciudad de Madrid.
A pesar de esa escasa ocupación y de la suficiencia de terreno apto —que contrasta con otros países, como el Reino Unido o Italia, por disponer de menos espacio vacío, o de Francia, por el elevado nivel de protección de sus paisajes—, en Iberia está emergiendo un movimiento contrario a la implantación de instalaciones renovables sobre terreno que podría retrasar, obstaculizar y dificultar la implantación de las renovables y las líneas eléctricas necesarias para la transición energética. Parte de los argumentos esgrimidos son comprensibles y totalmente legítimos, y obligan a que los productores de renovables y los reguladores tengan que realizar esfuerzos adicionales para garantizar un diálogo sosegado y una compensación territorial suficiente. Las renovables son intensivas en mano de obra en el momento inicial; pero, una vez construidas, apenas requieren unos pocos operarios que puntualmente se desplacen al parque para las labores de mantenimiento, y quizá personal de seguridad. Pero no son una gran fuente de empleo indefinido, a diferencia de lo que puede suceder con una central nuclear, por ejemplo. Por tanto, las personas que habitan cerca de las instalaciones sienten que se alteran sus paisajes sin que parte de los beneficios económicos se queden en el territorio. Es cierto que aumentará la recaudación municipal de forma relevante, pero no suele ser concebido como un beneficio suficiente. No resulta sorprendente que aquellos proyectos ligados a la implantación de nuevas fábricas que dan trabajo a la comarca, donde el vínculo entre renovables y creación de empleo es más claro, hayan generado una mayor aceptación territorial.
El reto de la implantación territorial de las instalaciones renovables y sus infraestructuras de evacuación requiere pedagogía. No hay alternativa más barata, limpia y local que las energías renovables. Son la mejor opción energética. De hecho, son la única opción. El resultado de los debates sobre cómo viaja la energía y sobre la reforma del mercado es incierto. Los viajes dependerán principalmente de la postura francesa, ya que dos no se conectan si uno no quiere. En la reforma del mercado, España y Portugal son únicamente dos representantes en un foro de 27 con muchos intereses cruzados. Lo que sí es deber de todos es vencer el obstáculo interno de forma consensuada, con diálogo territorial genuino y compensaciones territoriales. Hay que seguir avanzando en la implantación de renovables y sus líneas de evacuación.
Sin renovables no habrá energía limpia, barata y local.