El porcentaje que suponen las importaciones y exportaciones internacionales sobre el PIB mundial tocó techo en 2008 y desde entonces muestra una tendencia decreciente. Lo mismo sucede con la inversión extranjera directa. Mientras, las dos potencias globales, Estados Unidos y China, llevan años inmersos en una guerra comercial que los empuja a ser cada vez más hostiles entre sí y a tratar de reducir su interdependencia económica. Y no son los únicos: desde la crisis financiera, los Gobiernos han lanzado el quíntuple de medidas proteccionistas que liberalizadoras.
Sería un error, sin embargo, pensar que estos son los síntomas de un proceso de desglobalización. Al revés, es una extensión de ese proceso que conectó la industria mundial y que traerá nuevas dependencias. En otras palabras: los productos de escaso valor añadido que inundan los comercios occidentales no van a pasar del «Made in China» al «Hecho en Burgos». En todo caso, al «Made in India».
El plan de subsidios para la energía verde de Estados Unidos, la Inflation Reduction Act, es un buen ejemplo. La medida quiere premiar a aquellos fabricantes de vehículos eléctricos, baterías o paneles solares que produzcan en suelo estadounidense, una medida claramente nacionalista, pero si fructifica es gracias a los desarrollos tecnológicos previos de países como España, Alemania o China y a la importación de materias primas como litio o tierras raras.
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