Desde tiempos antiguos, los mapas han reflejado no solo la geografía, sino también los sesgos y las ideas predominantes de cada época. Sin ir más lejos, la representación habitual del mundo en dos dimensiones, con el Ártico en la parte superior y la Antártida en la inferior, es un convencionalismo arbitrario, ya que tendría la misma validez si se hiciera de forma invertida.
La manera en que se proyectan, escalan y dividen los mapas es por lo tanto una forma subjetiva de ver el mundo y de esbozar las dinámicas geopolíticas, algo que han puesto en práctica de forma constante los países pero también otros actores como los organismos internacionales. En 1982, por ejemplo, Naciones Unidas publicó por primera vez su geoesquema del mundo, que divide los cinco continentes —excluyendo la Antártida— en 22 subregiones, agrupando países con características geográficas, económicas y culturales comunes.
Las regiones definidas por el geoesquema de la ONU —como el sudeste asiático, América del Sur o Europa meridional— son de uso habitual, pero el mapa esquemático de la organización internacional, creado con fines estadísticos, permite delinearlas con mayor precisión y evitar ambigüedades en sus fronteras.
Así, la utilidad del geoesquema radica en su capacidad para estandarizar la presentación de datos globales. Su empleo es común en todas las agencias de la ONU y se ha extendido al ámbito académico, facilitando la comparación y el análisis de información estadística. Gracias a esta estandarización, informes basados en datos recopilados por Naciones Unidas —ya sean sobre desarrollo económico, salud, pobreza o cualquier otro tema— pueden ser comparados de manera coherente para evaluar tendencias y desigualdades regionales.
De tal forma, la región de Norteamérica para la ONU no incluye a México, que está agrupado en su lugar en América Central. El Caribe conforma una región separada, del mismo modo que Australia y Nueva Zelanda, países con tejidos económicos muy diferentes a los de sus vecinos insulares, están diferenciados de las regiones de Melanesia, Polinesia y Micronesia, que también forman parte de Oceanía.
En Asia, la división se realiza en Asia occidental —equivalente a Oriente Próximo en otras clasificaciones—, Asia central, Asia del sur, Asia sudoriental y Asia oriental. En Europa, se distingue entre Europa del norte, que agrupa a los países nórdicos —salvo Groenlandia—, a los bálticos y a las islas británicas; Europa occidental; y Europa del sur, que incluye a los países europeos de la cuenca del Mediterráneo. Rusia se incluye en la región de Europa oriental o del este, junto con otras exrepúblicas soviéticas como Ucrania, Bielorrusia y países como Rumanía y Bulgaria.
En África, la región de África del norte se separa de las cuatro regiones que comúnmente se agrupan bajo el término África subsahariana: África occidental, central, oriental y del sur.
Dentro de las regiones establecidas por la ONU, destaca la inclusión de islas como Hawái y las Canarias en los bloques de sus respectivos países en lugar de en las regiones geográficas a las que corresponden. Tiene sentido dado que sus realidades económicas son muy diferentes a las de las regiones geográficas de las que formarían parte. Así, para la elaboración de estadísticas regionales, la clasificación de las Naciones Unidas resulta más precisa para comparativas de corte económico.
Por otro lado, las nomenclaturas en el geoesquema de la ONU sustituyen términos geográficos tradicionales, como puede ser el de Oriente Próximo, por otros como Asia occidental, priorizando una división aséptica que evite el uso de conceptos controvertidos. En este caso, el término Oriente Próximo responde a una visión eurocentrista, por lo que la ONU lo sustituye por el de Asia occidental para promover una clasificación objetiva alejada del colonianislimo geográfico.
Desde su establecimiento a finales del siglo pasado, el geoesquema de la ONU ha experimentado cambios significativos. La disolución de la Unión Soviética en 1991 requirió una modificación sustancial en las divisiones de Asia para reflejar la aparición de los nuevos países. Posteriormente, en 2005, se realizó una revisión adicional que resultó en la separación de la región de Asia central y del sur en dos regiones distintas.
La ONU no es la única organización que ha decidido crear estas divisiones. Hay otros, como el Banco Mundial, que también tienen su propio esquema regional —en su caso, con nueve regiones— para divulgar sus datos de forma estandarizada.
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