Economía y Desarrollo Europa

Las heridas de la crisis griega

Las heridas de la crisis griega
Manifestación contra la troika antes del referéndum de 2015. Fuente: Des Byrne

A finales de 2019 se cumplirán diez años del estallido de la crisis de la deuda soberana en Grecia, una década marcada por la convulsión económica, política y social que representa uno de los períodos más determinantes de la Historia reciente griega. Las secuelas de la recesión todavía son patentes en un país que fue durante unos meses el centro de la mayor tensión y fragilidad de la Unión Europea.

La atención mediática europea hace tiempo que dejó de estar sobre las islas griegas, pese a protagonizar una de las mayores crisis económicas y políticas de los últimos tiempos en el Viejo Continente. Diez años después de que se pusiera en duda la estabilidad social del país, el régimen democrático surgido tras la dictadura y su pertenencia al proyecto comunitario, los griegos hacen balance de una década, considerada por los más optimistas como pérdida y por los desilusionados como de auténtica regresión. Los datos macroeconómicos vuelven a ser favorables, aunque muchos de los problemas estructurales de los que adolece el país siguen sin resolverse.

Grecia aún tiene que hacer frente a dilemas de distinta índole. Por un lado, la catarsis política producida por la recesión económica, con el notable desplome de los partidos tradicionales, dio lugar al auge de formaciones políticas dispares, que presentan proyectos de país muy distintos e incompatibles. Por otro, la desigualdad y la pobreza favorecieron la polarización y una irritación permanente en las calles, que continúan obstaculizando la posibilidad de restaurar un mínimo clima de consenso. Bajo estas circunstancias, los griegos han tenido que redefinir sus relaciones con los socios europeos, atender a la llegada de refugiados y replantearse su propia identidad nacional tras el polémico e histórico acuerdo alcanzado con Macedonia del Norte.

Las islas que en otro tiempo dieron luz a la cultura occidental ahora son un mero reflejo de los principales males y defectos de las circunstancias del siglo XXI: liderazgos políticos señalados por la sencillez y frivolidad del discurso y una absoluta oquedad de contenido, sucesión de disyuntivas y dificultades que se enquistan en el tiempo, sin presentarse una solución completa y viable, y todo ello aunado a la apatía, desencanto y escepticismo que caracterizan el estado de ánimo de una población consciente de que ha pasado por una dura prueba, pero que el peligro de recaer sigue estando presente. El recuerdo de 2009 aún late en la plaza Sintagma de Atenas.

Para ampliar: “Europa en 2019”, Álex Maroño en El Orden Mundial, 2018

El laberinto de Creta y la leyenda del minotauro

Una de las leyendas más conocidas dentro de la mitología griega es la del laberinto de Creta y el minotauro. Este personaje mitológico fue encerrado por el rey Minos dentro de un intrincado conjunto de pasadizos diseñado por el arquitecto Dédalo. De esta forma, se evitaba que la bestia consiguiera escapar, pero también hacía imposible que cualquiera que entrara pudiera encontrar la salida. La situación de Grecia en los últimos diez años es semejante a la de un laberinto. Los problemas que afectan al país son tan complejos que es muy difícil adivinar posibles soluciones.

El análisis de la crisis griega genera numerosos debates tanto por sus causas como por las medidas aplicadas para solucionarla. La controversia viene dada por la disputa política en el seno de la Unión Europea: en un lado, las fuerzas hegemónicas hasta entonces, representadas por los tradicionales partidos conservadores, liberales y socialdemócratas, interesados en mantener el statu quo del proyecto comunitario; en el otro, movimientos emergentes que impugnan los paradigmas políticos y económicos dominantes. Para los primeros, el caso de Grecia debe servir como enseñanza para fortalecer mecanismos de control y austeridad; para los segundos, abre una oportunidad para redefinir el proyecto europeo y revertir el discurso neoliberal preponderante.

La crisis económica ha tenido mayor alcance político en los países sur de la Unión Europea.

La crisis griega se sucedió en varios actos que fueron marcando el devenir político del país. El Movimiento Socialista Panhelénico —más conocido por sus siglas griegas, Pasok— vuelve al poder en 2009 después de cinco años de dominio conservador. El Ejecutivo de Papandréu saca a relucir que el déficit y la deuda pública son más elevados que los reconocidos por su predecesor. La desconfianza se apodera de los inversores, la bolsa de Atenas se desploma y la prima de riesgo se dispara. Las autoridades comunitarias presionan para que se tomen medidas y evitar que la inestabilidad afecte a toda la zona euro. Ante la gravedad de la situación, se conforma un Gobierno de coalición entre los dos grandes partidos, Nueva Democracia y Pasok, que implementa drásticos planes de ajuste, criticados por el futuro primer ministro Alexis Tsipras. Tras las elecciones de 2012, el Ejecutivo del conservador Andonis Samarás profundiza en la senda de los recortes en pensiones, sueldos y gasto social. Crece el malestar en la población, se suceden las movilizaciones en las calles y cobran protagonismo partidos populistas, radicales y de ultraderecha.

La sorprendente victoria en 2015 de la Coalición de la Izquierda Radical (Syriza por su acrónimo en griego) venía aparentemente a confirmar un cambio de rumbo en Grecia. A los pocos meses de legislatura, el primer ministro Alexis Tsipras planteó un referéndum sobre los acuerdos alcanzados con la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional (FMI) cuyo respaldo popular evidenció el malestar de la ciudadanía griega con las instituciones europeas. Cobró protagonismo la figura de Yanis Varufakis, breve ministro de Finanzas, que destacó por su perfil combativo con el resto de sus homólogos del Viejo Continente. El riesgo de un grexit se desvaneció finalmente tras aceptar los griegos las condiciones impuestas desde Bruselas. Desde entonces, Tsipras ha conseguido mantenerse en el cargo y asegurar cierta normalidad política, pero sus principales medidas han supuesto una continuidad de reformas que él mismo criticó. La visión de la impopular troika —FMI, Banco Central Europeo y Comisión Europea— terminó imperando sobre la inicial rebeldía helena: la indignación de la población se transformó en resignación, la austeridad se consagra como la única alternativa posible y prevalece la visión de que la responsabilidad de la crisis es de los propios griegos, quienes deben atajar sus problemas de deuda y déficit a la par que mejorar la competitividad de su economía.

Portugal, Italia, Grecia y España —los llamados PIGS— son los países de la Unión Europea que han sufrido un mayor aumento del desempleo.

El rastro macroeconómico de la recesión deja un decrecimiento del PIB durante más de siete años —todavía es un 25% más bajo que antes de la crisis— y un desempleo que alcanza una de las tasas más elevadas de la Unión Europea —próxima al 50% entre los más jóvenes—, que provocó que más de medio millón decidiera emigrar ante la falta de oportunidades. El valor de las pensiones se redujo, así como el salario medio. La desigualdad y la exclusión social crecieron, con cerca del 35% de la población en riesgo de pobreza. Se recortaron las ayudas al desempleo y para las personas más necesitadas y servicios como la atención médica. La dramática situación quedó plasmada en parte en el repunte de pacientes con depresión y casos de suicidio.

La delicada situación social encontró un nuevo shock en 2016 cuando miles de refugiados cruzaron desde Turquía hasta Grecia. Poblaciones costeras e islas del mar Egeo han tenido que hacer frente a este problema mientras en Bruselas eran incapaces de formular una estrategia común. Esta cuestión ha sido rápidamente aprovechada por grupos de extrema derecha como Amanecer Dorado, que encuentran en los inmigrantes un chivo expiatorio. Si el pueblo griego se levantó primero contra las políticas de recortes, posteriormente el tema migratorio exacerbó conductas racistas. Finalmente, el pacto con la República de Macedonia del Norte terminó de minar los ánimos de nacionalistas y cambiar la prioridad de la agenda política después de largos años de crisis.

Para ampliar: “Alexis Tsipras, la revolución pendiente”, David Hernández en El Orden Mundial, 2017

Teseo y el ovillo de hilo

El relato del laberinto de Creta y el minotauro continúa con la aparición de Teseo, quien  entró en el recinto y logró matar a la bestia. Siguiendo los consejos de su enamorada Ariadna, encontró la salida gracias a que fue desenrollando un ovillo de hilo por el camino. La sociedad griega no ha encontrado aún la forma de salir del laberinto y acabar con la maldición. Todos los problemas que salieron a la luz tras la crisis de 2009 están aún latentes. Muchas de las soluciones aplicadas han sido cortoplacistas y parciales. Grecia necesita un proyecto que revitalice el ánimo de sus ciudadanos.

Desde el final de la dictadura militar a mediados de los setenta, el poder político fue monopolizado por dos partidos: Nueva Democracia —centroderecha— y Pasok —centroizquierda—, favorecidos por una ley electoral que premiaba las mayorías absolutas y reducía la proporcionalidad. Pero este tipo de bipartidismo se rompe con la recesión, que da inicio a la atomización de la política griega. En la izquierda, el desplome de los históricos Pasok y Partido Comunista es aprovechado por la coalición de izquierdas Syriza. Partidos minoritarios liberales, como Unión de Centristas y El Río —To Potami—, adquiere representación. A la derecha de Nueva Democracia aparecen nuevas fuerzas —los conservadores Griegos Independientes y, sobre todo, Amanecer Dorado— que suponen la irrupción de la extrema derecha en la zona más meridional de la Unión Europea.

Durante este tiempo han convivido en el Parlamento griego ocho partidos con diferentes posiciones en temas tan trascendentales como la crisis, política migratoria o relaciones con Europa. El Partido Comunista y Amanecer Dorado, pese a representar los dos extremos del arco parlamentario, comparten postulados euroescépticos con el proyecto comunitario. Nueva Democracia, Pasok y los partidos liberales siguen defendiendo posturas europeístas, mientras que Syriza y el propio Alexis Tsipras han variado considerablemente su discurso. Las duras negociaciones tras el referéndum celebrado en 2015 supusieron la renuncia de la coalición de izquierdas de ciertos principios para garantizar la viabilidad financiera del país.

Diferentes formaciones políticas de tinte euroescéptico han ganado peso en varios países de la Unión Europea.

La forma de superar la crisis fue el gran dilema para los principales partidos a inicios de década. La agenda seguida por Tsipras, asumiendo los planes de recorte de la troika, lo colocan en la línea de los dos nuevos partidos tradicionales —Nueva Democracia y Pasok—. Solamente el Partido Comunista continúa planteando medidas radicales, con una revisión completa del papel griego en Europa y la OTAN, mientras Amanecer Dorado se presenta como el canalizador nacionalista del desencanto ciudadano. El debate de si es posible una alternativa a las directrices de Bruselas quedó relegado. En este sentido, la extrema derecha ha logrado colocar otros temas en el debate nacional, que dejan atrás discusiones más profundas sobre las debilidades de la economía griega.

La tensión social en las calles tiene cuatro episodios notables durante este agitado ciclo. En los primeros instantes de la crisis tienen lugar movilizaciones masivas ante los recortes que derivan en el deterioro de los partidos tradicionales. El segundo momento es la victoria de Syriza y una oposición clara a la Unión Europea, que queda desactivada cuando Tsipras acepta las medidas de la troika. La tercera coyuntura se produce con los ataques de grupos de extrema derecha a grupos de inmigrantes, que intenta aprovechar Amanecer Dorado. El último punto álgido tiene tintes nacionalistas tras el pacto entre los Gobiernos de Macedonia y Grecia. En todos ellos han tenido relevancia diferentes sectores de la sociedad.

Más allá de los partidos políticos y las instituciones tradicionales, existen otros actores claves para comprender la situación actual. Convocadas de forma transversal, muchas de las movilizaciones recientes han sobrepasado las estructuras tradicionales de partidos y sindicatos al recaer el protagonismo sobre los segmentos de la población más afectados por la crisis, desde las huelgas generales que paralizaron el país a las concentraciones de estudiantes, las protestas de pensionistas y funcionarios y las marchas de agricultores. Finalmente, un agente central en Grecia sigue siendo el Ejército, vital en la estabilidad del país: con uno de los presupuestos más elevados de la OTAN, su peso deriva de la rivalidad territorial con Turquía y las delicadas fronteras de los Balcanes.

Para ampliar: “La larga disputa entre Grecia y Macedonia”, Andrea G. Rodríguez en El Orden Mundial, 2018

El sol derrite las alas de Ícaro

Después de años de depresión, la economía griega comienza a recuperar la senda del crecimiento bajo la confianza de inversores extranjeros y el respaldo de las instituciones financieras. Finalmente, en junio de 2018, Grecia consiguió cerrar un capítulo poniendo fin al último rescate, y ahora el Gobierno heleno persigue restablecer su imagen internacional bajo los programas señalados por el FMI y la Unión Europea e intenta dejar atrás la mala reputación de irresponsabilidad y despilfarro con la que fue descalificado el país. El turismo y la exportación de productos agrícolas son los sectores claves de este repunte, pero las autoridades comienzan a orientar esfuerzos hacia ámbitos relacionados con la energía e infraestructuras. Grecia aspira a convertirse en un importante puente entre Europa y Oriente Próximo, entre el mar Negro y el Mediterráneo.

Tsipras sacrificó rápidamente sus postulados más ideológicos para ofrecer una visión más pragmática. Su gestión económica, la cuestión de los refugiados y el acuerdo con Macedonia del Norte le han restado popularidad, lo que complica sus posibilidades de reelección. Al final, la corriente de izquierdas que prometía presentar una opción distinta a los históricos Pasok y Nueva Democracia terminó adoptando un programa parecido. La fragmentación política originada por la crisis comienza a reducirse; los partidos que crecieron al albor del desencanto ciudadano no consiguen aumentar su apoyo social. El régimen democrático vuelve a estabilizarse en torno a dos grandes bloques de centroderecha y centroizquierda que dominan la política nacional.

Para que nadie pudiera llegar a descubrir nunca la salida del laberinto, el rey Minos de Creta decidió encerrar en una torre al arquitecto Dédalo y a su joven hijo, Ícaro. Sin embargo, estos construyeron unas alas con plumas de ave y cera que les permitieron huir volando de la isla. Ícaro quedó ensimismado por el paisaje y, desoyendo los consejos de su padre, alcanzó tanta altura que sus alas se derritieron por el calor del sol y cayó al mar. La actual Grecia es aún incapaz de retomar con fuerza el vuelo: en la memoria de los griegos está vívido el recuerdo de la última vez que intentaron acercarse al sol.

Para ampliar: “La odisea griega”, Diego Mourelle en El Orden Mundial, 2018

1 comentario

  1. ¡Un gran artículo!