“La primera democracia de la historia”, “el líder del mundo libre”, “la tierra de la libertad». Estados Unidos ha utilizado estas frases cientos de veces para referirse a sí mismo. Su posición como primera potencia global se sustenta sobre su fuerza militar y económica, pero también sobre el hecho de ser una democracia: un sistema atractivo y exportable al resto del mundo. Pero ¿qué pasaría si Estados Unidos se convirtiera en una dictadura?, ¿podría mantener su primacía global? Donald Trump, que lidera una deriva autoritaria en el país, parece creer que sí. Al fin y al cabo, ¿no es ese el modelo de países autoritarios como China, Rusia o Arabia Saudí?
Sin embargo, si Estados Unidos se convirtiera en un país autoritario perdería la legitimidad que sustenta su hegemonía global; legitimidad que, en todo caso, ya está bastante debilitada. Además, un cambio de régimen provocaría muy probablemente una crisis interna que llevaría a los estadounidenses a varios años de repliegue interno, impidiendo cualquier tipo de proyección internacional. Por último, Estados Unidos jugaría con desventaja al juego de las autocracias, cediendo influencia ante otras potencias. Una dictadura en Estados Unidos suena a película distópica, pero es un abismo al que resulta interesante asomarse, porque es mucho lo que arriesgan si siguen deteriorando su sistema democrático.
El fin de la legitimidad democrática
Trump cree que el poder se mide con cosas tangibles, como la fuerza de los ejércitos o el poderío económico. Este punto de vista realista no renuncia a la diplomacia pero asume que son las amenazas militares o las tensiones comerciales las que marcan la diferencia. “¿Cuántas divisiones tiene el papa?”, preguntaba con sorna Iosif Stalin en 1935, incapaz de comprender la influencia que podía tener el Vaticano frente al gigante soviético. Sin embargo, como supo ver Joseph Nye, padre del concepto de poder blando, hoy la Santa Sede perdura y la Unión Soviética no.
La hegemonía de un país se consolida a través de la coerción, sí, pero sobre todo de la persuasión. Un poder es hegemónico cuando otros aceptan su modelo porque creen que es la mejor opción. Estados Unidos se ha proyectado como líder del mundo libre, garante de los valores democráticos porque, para empezar, esos son sus mitos fundacionales. No en vano, su Constitución inauguró el sistema representativo moderno. Siglos después, tras la Primera Guerra Mundial, esa tradición democrática llevaría al presidente Woodrow Wilson a defender un sistema internacional basado en la promoción de la paz y la democracia, el germen de la fallida Sociedad de Naciones. Tras la Segunda Guerra Mundial, ese proyecto se retomó en la Organización de las Naciones Unidas. Fue precisamente su victoria sobre el nazismo y el imperialismo japonés en 1945 lo que aupó a Estados Unidos como potencia global.
Después, durante la Guerra Fría, Estados Unidos se decía líder del mundo libre frente al autoritarismo de la URSS. Aunque su modelo tuviese claras trazas imperialistas, el suyo era un “imperialismo por invitación”: sus aliados compraban la promesa de modelo más libre y próspero. El mejor ejemplo de su éxito es que la mayoría de los países del bloque del Este abrazaron la democracia y el capitalismo tras la caída del Muro de Berlín. Naciones Unidas o el Fondo Monetario Internacional siguen hoy protegiendo un sistema mundial, encabezado por Washington, que permite a otros países crecer siempre que lo hagan en el marco establecido. Democracia liberal y economía de mercado: esas son las ideas en torno a las que Estados Unidos ha construido su hegemonía internacional.
Como autocracia, Estados Unidos perdería la legitimidad y la ambición de promocionar la democracia a nivel global, ya sea desde la presión diplomática, el monitoreo de elecciones o el apoyo económico. Antes del regreso de Trump, Estados Unidos era el país que más dinero dedicaba a la ayuda humanitaria y el desarrollo a través de agencias como Usaid, con un presupuesto de 40.000 millones de dólares. Para presidentes como Bill Clinton, herramientas como ésta favorecían un panorama global donde las democracias podían florecer o, al menos, las autocracias tenían más complicado subsistir.
Trump está rompiendo con esa visión a base de unilateralismo y recortes masivos. Se prevé que la reciente cancelación del 83% de los programas de Usaid causará cerca de catorce millones de muertes prevenibles en todo el mundo por enfermedades, conflictos, pobreza y represión. En la misma línea, el Departamento de Estado dejará de hacer observaciones sobre la calidad de las elecciones en otros países, con lo que renuncia a ejercer cualquier tipo de influencia positiva sobre procesos democráticos y desprotege a activistas y opositores en países autocráticos. Esto sólo reforzará a dictaduras como Venezuela, Rusia, Irán o Nicaragua, rivales de Estados Unidos, y reducirá la influencia internacional de Washington.

Pero, ¿cómo puede Estados Unidos proclamarse adalid de la democracia global si ha orquestado golpes de Estado contra Gobiernos democráticos, invadido países, violado los derechos humanos y se ha aliado con dictaduras? ¿No es la defensa de la democracia una mera fachada para Washington? Es cierto, Estados Unidos no siempre ha ondeado la bandera de la democracia para construir un mundo más justo, sino para consolidar su poder. Su política exterior se caracteriza por un equilibrio imposible entre el idealismo y el pragmatismo que ha deteriorado su credibilidad internacional. Sin embargo, abrazar la autocracia supondría darle el golpe definitivo a esa legitimidad. Estados Unidos abandonaría una de sus fuentes indispensables de hegemonía, renunciando a las herramientas que le han sostenido en la cima de un sistema imperfecto durante el último siglo.
Las crisis internas destruyen el poder
¿Cómo llegaría Estados Unidos a ser una dictadura? Su deriva autoritaria ya supone un riesgo a su influencia global en la medida en que debilita al país. Probablemente un régimen autoritario sólo podría consolidarse tras un largo desgaste interno, un proceso que no estaría exento de tensiones sociales y podría incluso llevar a una lucha civil, costosa y violenta. Estados Unidos es el tercer país del mundo tanto en extensión como en población, por lo que una fuerza autoritaria tendría que dedicar una gran cantidad de recursos para hacerse con el control. Además, la sociedad estadounidense está gravemente polarizada y tiene libre acceso al mayor arsenal de armas del mundo, 120 por cada 100 habitantes. De estallar un conflicto, no sería raro que se formasen milicias de distintos bandos por todo el territorio, subyugarlos llevaría tiempo.
El conflictivo camino a la autocracia obligaría a Estados Unidos a concentrar sus energías hacia dentro, abandonando su agenda exterior. Ya lo han vivido antes. La guerra de Secesión, que fragmentó el país entre los estados unionistas del norte y los confederados esclavistas del sur, frenó su expansionismo imperialista. Décadas antes, Estados Unidos había lanzado la conquista del Oeste, la compra de Louisiana o la anexión de amplios territorios como California o Texas tras una guerra contra México. Este parón interno ralentizó su expansión global en un tiempo de esplendor para los imperios europeos. Aunque un nuevo conflicto civil en Estados Unidos fuese de naturaleza diferente a aquel, seguiría habiendo focos opositores articulando una resistencia más o menos violenta y causando inestabilidad.
Otros países dan ejemplos de que para ser una potencia hace falta estabilidad interna. Francia, la mayor potencia europea del siglo XVIII, vio mermada su proyección exterior durante la Revolución francesa de 1789, que abocó al país a un lustro de inestabilidad hasta la llegada de Napoleón Bonaparte. La Revolución bolchevique de 1917 derribó al Imperio ruso y sumió al país en una cruenta guerra civil de seis años. No fue hasta la Segunda Guerra Mundial que la URSS consolidó su proyección geopolítica. La China comunista nació de las cenizas de un Imperio milenario tras una larga guerra civil y después atravesó medio siglo de graves convulsiones internas. Sólo en los últimos quince años se ha consolidado como la segunda mayor potencia global, capaz de competir con Estados Unidos.
El fin de tres siglos de historia democrática en Estados Unidos sumiría al país en una profunda crisis interna de la que tardaría en salir años o décadas. Si sufren un conflicto civil perderían capacidad productiva, con la destrucción de industrias e infraestructuras. También es probable que sufrieran aislamiento exterior, con la huída de inversiones y de talento. Los pensadores y expertos florecen en universidades y centros educativos que fomentan el pensamiento crítico y el acceso a información libre. Durante la Segunda Guerra Mundial fue precisamente Estados Unidos quien acogió a los científicos europeos que huían de la Alemania nazi, como Albert Einstein. Estos contribuyeron al desarrollo de tecnologías y armamentos determinantes para el poder de Estados Unidos como la bomba atómica o la carrera espacial. Hoy, los recortes masivos en investigación científica, las presiones a las universidades y la retirada de visas a extranjeros están llevando a que muchos académicos y estudiantes abandonen el país.
Estados Unidos juega con desventaja en el tablero de las autocracias
Pero incluso si Estados Unidos lograse ser una autocracia estable, tampoco lo tendría fácil en el tablero global. Para empezar, habría perdido el apoyo de sus principales aliados: las democracias de Europa, Japón, Corea o Canadá, con las que ahora tendría que competir o tratar de volver atraer. Si optara por la primera opción, podría usar el músculo económico o militar que le quedase. Posiblemente, esta última fuese su mayor baza: quizá ni la más cruenta guerra civil podría disolver todo el poderío militar estadounidense, empezando por las armas nucleares. No obstante, el imperio del miedo conduce al aislamiento internacional, lo que a la larga deteriora la economía, aumenta la inestabilidad y pone en peligro la supervivencia del régimen. Un ejemplo es Rusia: al invadir Ucrania ha abrazado un estatus de paria que le ha quitado capacidad de influencia y oportunidades económicas en Europa, Asia Central o el Cáucaso, donde hasta 2022 tenía socios comerciales importantes.

La otra opción es volver a construir influencia y alianzas estratégicas. En esto China es el caso paradigmático: tras adoptar la economía de mercado, reconvertir su economía y controlar ciertos recursos estratégicos, China ha sido capaz de proyectar su influencia por todo el mundo. Pekín ha hecho del pragmatismo su bandera: comercian e invierten en todo tipo de países sin importar su modelo político. Un Estados Unidos autoritario podría optar por lo mismo: negociar por la vía pragmática, trazar acuerdos comerciales o militares bilateralmente y presentarse como un país atractivo para la inversión. Pero ya no lo haría desde un puesto de hegemón, sino del de una potencia más, capaz de sostenerse e influir en otros países, pero ya no de construir un mundo a su medida.
Un Estados Unidos autocrático heriría de muerte al sistema internacional actual, permitiendo la construcción de un orden nuevo, con nuevas instituciones, reglas y lógicas. Muy posiblemente no estaría basado en los valores democráticos ni en la supremacía del dólar. Sería un orden en el que países como China y en menor medida Rusia, India, Arabia Saudí, Israel, Emiratos Árabes Unidos o Turquía serían los arquitectos, relegando a las democracias europeas o a un Estados Unidos en transformación a un segundo plano. Por mucho que resurgiera de sus cenizas y se adaptara al nuevo contexto, Estados Unidos no tendría tanta capacidad de imponerse o de crecer como lo tuvo en el pasado: estaría ya jugando en un tablero diseñado y dominado por otros.
Un Estados Unidos autoritario es una distopía lejana, pero no imposible. Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la democracia estadounidense se está deteriorando a marchas forzadas. Su control sobre el poder legislativo y judicial, los recortes en la Administración, la persecución de los críticos y la deportación masiva de migrantes hablan de un giro autoritario preocupante. Un giro que también se traslada a la política exterior, donde Trump apuesta por la coerción, el pragmatismo y la competición, despreciando a su red de alianzas clásica y los foros multilaterales que cimentan el poder estadounidense. La democracia estadounidense es lo bastante sólida para resistir, pero si no lo hace, la transformación del poder estadounidense cambiará el mundo entero.