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“Hemos detenido el envío de cincuenta millones de dólares a Gaza para comprar condones para Hamás.” No llevaba ni diez días de vuelta en la Casa Blanca cuando Trump se descolgó con esta historia. “Los usaron para fabricar bombas. ¿Qué les parece?”. Ratificaba así el trabajo de DOGE, el departamento para los recortes liderado por Elon Musk. Le parecía la narrativa perfecta para deslegitimar la ayuda a países extranjeros: preservativos para terroristas. El problema, como tantas cosas de Trump, es que era mentira.
Musk acabó reconociendo que aquello no era como lo habían contado: los preservativos eran para Gaza, provincia de Mozambique, uno de los países con mayor prevalencia de VIH del mundo. Como dijo Musk, “alguna de las cosas que digo serán incorrectas y deberán ser corregidas”.
Pero por el camino ya habían anunciado la necesidad de cerrar Usaid, la agencia estadounidense de ayuda humanitaria internacional. La Administración ya ha empezado a desmantelarla, acabando con unos de los emblemas de la diplomacia estadounidense y renunciando así a su dominio humanitario global. La agencia era el mayor donante del mundo: aportaba más del 40% de los fondos de todos los Gobiernos del mundo a ayuda al desarrollo. Su desaparición podría provocar catorce millones de muertes adicionales de aquí a 2030, según un informe recién publicado por el think tank ISGlobal.
El poder perdido de VOA y Usaid
“(…) Será mucho más difícil reclutar a alguien para el antiamericanismo, para el terrorismo antiestadounidense, si nos deben su supervivencia”. La cita, de 2017, es del entonces senador por Florida Marco Rubio, hoy secretario de Estado de Trump y responsable de Usaid. Rubio defendía entonces una visión utilitarista de la cooperación al desarrollo, que argumenta que sirve para mostrar la superioridad moral de quien la otorga y para comprar voluntades en los países de destino.
Las teorías sobre este tipo de ayudas y su papel para perpetuar la dependencia de los países en desarrollo s...
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