Harvard, Usaid y VOA: Trump fulmina el poder blando de Estados Unidos

Con sus ataques al globalismo, los medios de comunicación y las universidades, Trump se ha pegado un tiro en el pie. Está desmantelando algunos de los instrumentos de influencia global más poderosos de Estados Unidos. Una muestra de que ni entiende, ni respeta, ni le interesan la diplomacia y el poder blando.
GeopolíticaEstados Unidos
Harvard, Usaid y VOA: Trump fulmina el poder blando de Estados Unidos
Protesta contra el cierre de Usaid en Washington, febrero de 2025. Fuente: Wikimedia

Esta funcionalidad está reservada a suscriptores. Suscríbete por solo 5€ al mes.Guardar artículo

“Hemos detenido el envío de cincuenta millones de dólares a Gaza para comprar condones para Hamás.” No llevaba ni diez días de vuelta en la Casa Blanca cuando Trump se descolgó con esta historia. “Los usaron para fabricar bombas. ¿Qué les parece?”. Ratificaba así el trabajo de DOGE, el departamento para los recortes liderado por Elon Musk. Le parecía la narrativa perfecta para deslegitimar la ayuda a países extranjeros: preservativos para terroristas. El problema, como tantas cosas de Trump, es que era mentira. 

Musk acabó reconociendo que aquello no era como lo habían contado: los preservativos eran para Gaza, provincia de Mozambique, uno de los países con mayor prevalencia de VIH del mundo. Como dijo Musk, “alguna de las cosas que digo serán incorrectas y deberán ser corregidas”.

Pero por el camino ya habían anunciado la necesidad de cerrar Usaid, la agencia estadounidense de ayuda humanitaria internacional. La Administración ya ha empezado a desmantelarla, acabando con unos de los emblemas de la diplomacia estadounidense y renunciando así a su dominio humanitario global. La agencia era el mayor donante del mundo: aportaba más del 40% de los fondos de todos los Gobiernos del mundo a ayuda al desarrollo. Su desaparición podría provocar catorce millones de muertes adicionales de aquí a 2030, según un informe recién publicado por el think tank ISGlobal.

El poder perdido de VOA y Usaid

“(…) Será mucho más difícil reclutar a alguien para el antiamericanismo, para el terrorismo antiestadounidense, si nos deben su supervivencia”. La cita, de 2017, es del entonces senador por Florida Marco Rubio, hoy secretario de Estado de Trump y responsable de Usaid. Rubio defendía entonces una visión utilitarista de la cooperación al desarrollo, que argumenta que sirve para mostrar la superioridad moral de quien la otorga y para comprar voluntades en los países de destino.

Las teorías sobre este tipo de ayudas y su papel para perpetuar la dependencia de los países en desarrollo son bien conocidas. También las críticas a Usaid por su utilización al servicio de intereses corporativos. Sirvan como ejemplo las denuncias de diversas ONG sobre su uso para exportar transgénicos estadounidenses a África o América Latina, incluso aquellas variedades no aprobadas para su consumo en Estados Unidos.

Pero, volviendo a la cita de Rubio, la Usaid también ha salvado vidas. Si nadie sustituye la financiación estadounidense, habrá unos 2.000 contagios diarios más por VIH. Y aunque, por supuesto, estos programas sirven para dar asistencia alimentaria, sanitaria o educativa, también son una herramienta para proyectar la imagen de Estados Unidos en el mundo.

Lo mismo ocurre con la Agencia de Medios Globales que incluye a Voice of América (VOA), Radio Free Europe, Radio Free Asia o Radio Martí. Nacida en los años cuarenta para contrarrestar la propaganda nazi, evolucionó como contrapeso narrativo a la Unión Soviética durante la Guerra Fría. El ejemplo que pasó a la historia fue como el propio premier soviético Mijail Gorbachov sintonizó Voice of America para conocer lo que ocurría durante la intentona golpista que sufrió en agosto de 1991.

A esa narrativa de Voice of America como la voz de la democracia y la libertad en el mundo se contrapone su papel como difusor de la propaganda estadounidense en las regiones en las que opera. Estados Unidos es, de lejos, el actor más influyente en el panorama de medios internacionales en Asia, muy por delante de los medios chinos, en los países de la región. Sin embargo, Trump también ordenó en marzo cerrar la Agencia, a la que describe como “una enorme ruina”. La decisión que ahora está siendo revisada en los tribunales.

Ambos organismos, Usaid y VOA, son la viva representación del poder blando, el concepto teorizado por Joseph Nye. Estas agencias y sus hermanas son brazos de persuasión de la política exterior estadounidense. Cercenarlos a motosierra es inexplicable desde los parámetros de la diplomacia, pero absolutamente coherente con la visión trumpiana de las relaciones internacionales. 

Recortes y ataques como reflejo del ideario trumpista

«Estamos dando miles y miles de millones de dólares a países que nos odian», alegaba Trump para defender los recortes en Usaid. El cambio de visión es total: ya no se trata de persuadir a quienes pueden ser reclutados por el antiamericanismo, sino de castigarles. Nada extraño viniendo de alguien que ha desatado una guerra comercial insólita y que aplica con Ucrania lo que The Economist define como “un enfoque don Corleone”. Bienvenidos a la era de la “diplomafia”.

“Nuestro país florecerá y volverá a ser respetado en todo el mundo. Seremos la envidia de todas las naciones y no permitiremos que se aprovechen de nosotros nunca más”, decía Trump en su discurso inaugural. Ese respeto no pretende ganarlo desde la persuasión del poder blando, sino con la ley del más fuerte. A nadie debe extrañar que no quiera destinar el dinero del contribuyente a ayuda exterior. Para un unilateralista como Trump, el globalismo es el enemigo.

Por supuesto, el fantasma del wokismo está siempre presente. La Casa Blanca habla de VOA como “la voz de la América radical”, acusándola de tener “un sesgo izquierdista alineado con los medios nacionales partidistas”. Entre los ejemplos de dicho sesgo citan que varios reporteros habían realizado comentarios contrarios a Trump en la red social X. Algunos de esos periodistas fueron investigados por sus críticas al presidente. Usaid tampoco escapó a esas acusaciones de wokismo. Para la conservadora e influyente Heritage Foundation, ese “descarrilamiento ideológico” explica la pérdida de confianza en la agencia por parte del Congreso. 

¿Ha muerto el poder blando?

Esta renuncia estadounidense a sus instrumentos de poder blando pone sus relaciones internacionales en una encrucijada. ¿Estamos ante el fin de esta forma de diplomacia? En un mundo cada vez más dirigido por el poder duro y la realpolitik, en los que Trump se siente más cómodo, ¿tiene sentido apostar por el poder blando?

Parece que China, nada sospechosa de wokismo o de liderazgos débiles, cree que sí compensa seguir apostando por esa vía diplomática. Su agencia humanitaria, China Aid, ya busca llenar el vacío dejado por Usaid en algunos campos. Pekín lleva décadas volcado en el campo de la cooperación. Y al contrario que los países occidentales, que vinculaban sus ayudas al desarrollo a reformas democráticas, China da esa ayuda sin condicionantes, una estrategia que le permitió expandir su influencia por África. 

Rusia es la otra candidata a llenar el vacío que deja Washington. Tanto Pekín como Moscú celebraron el desmantelamiento de Voice of America y sus filiales regionales. El estatal chino Global Times publicó una lista de agravios sufridos a manos de la calificada como una “fábrica de mentiras”. Desde Russia Today, canal de noticias financiado por el Kremlin, su editora en jefe proclamaba su júbilo: “Hoy es festivo para mí y mis colegas de RT y Sputnik. ¡Es una decisión increíble! Lamentablemente, no pudimos silenciarlos, pero Estados Unidos sí lo hizo.” 

Fuerza contra inteligencia 

La renuncia de Trump al poder blando supone también desistir de lo que Nye llama el “poder inteligente”: la combinación del poder duro con el poder blando. Renunciar a la parte blanda de la ecuación es un error porque sus beneficios van desde la creación de mercados y la estabilidad operativa para empresas estadounidenses hasta la prevención de epidemias o el ahorro en resolución de conflictos.

El coste puede llegar hasta en terrenos insospechados. Una analista del think tank Council on Foreign Relations lo compara con derribar la red de autopistas para apostar por el hyperloop, la tecnología de transporte de Elon Musk: sin autopistas, la nueva infraestructura no puede construirse. Del mismo modo, explica, la renuncia a la Usaid puede suponer un mazazo para el desarrollo de la inteligencia artificial estadounidense, porque la presencia global de Estados Unidos es clave para mantener el liderazgo en la carrera tecnológica con China.

El desprecio del poder blando ha llegado también a las universidades. Trump pone por delante de la captación de talento extranjero su caza de brujas contra los migrantes, los palestinos y las políticas de diversidad. En esa batalla, mantiene el pulso con la Universidad de Harvard, una institución más antigua que el propio Estados Unidos y punta de lanza del prestigio académico estadounidense en el mundo: el Gobierno le acaba de congelar las nuevas subvenciones.

Lo mismo ocurre con el turismo. En su empeño de combatir la inmigración irregular y lanzar su mensaje de mano dura al mundo, ha detenido y encarcelado a turistas de Canadá, Reino Unido o Alemania. El impacto ya es notorio: en Estados Unidos, uno de los países más visitados del mundo, se espera que la llegada de turistas caiga un 9,4% en 2025, con un impacto estimado en 9.000 millones de dólares. Es solo un ejemplo mas de lo poco inteligente y rentable que es rechazar el poder blando. A Trump nada de esto parece importarle.

Irene Sacaluga

Madrid, 1984. Licenciada en Periodismo por la UCM. Especialista en información internacional y países del Sur y máster en Política Internacional. Siempre con el doctorado pendiente. Más de veinte años intentando explicar el mundo desde los medios generalistas. Ex Agencia EFE, elmundo.es, Cadena SER, TVE, Antena 3. Ahora coordinando la sección de internacional de La Sexta.