Mientras Donald Trump pone al mundo patas arriba, China permanece tranquila. Ha rechazado los aranceles del presidente estadounidense y ha respondido con sus propias tasas, pero para el Gobierno chino no han cambiado tanto las cosas más allá del recrudecimiento de la guerra comercial. Es sólo un paso más en la competición que ya vivieron en el primer mandato de Trump y que Joe Biden mantuvo después. A ojos de Pekín, Trump es más de lo mismo, si acaso con el riesgo de que tome medidas más extremas.
Sin embargo, la tranquilidad de China no viene sólo de la costumbre: también visualiza una oportunidad. El caos generado por Trump al dar la espalda a sus aliados puede favorecer al gigante asiático, que gana nicho de mercado por todo el mundo y oportunidades económicas en sectores estratégicos. Al mismo tiempo, la creciente competición geopolítica y la vuelta de las esferas de influencia favorece sus reclamaciones sobre el mar del Sur de China o Taiwán. En un mundo cuyo rumbo parece decidirse en cada declaración diaria desde el Despacho Oval, Pekín se mantiene sereno y al acecho de que el viento empiece a soplar a su favor.
La guerra comercial como oportunidad económica
El Gobierno chino ha dejado claro que luchará hasta el final en la guerra comercial que ha iniciado Trump. No tardó en responder con aranceles recíprocos sobre los productos estadounidenses, escalando una guerra de tasas que ya superan el 100%. Pero Pekín luchará sobre todo impulsando su política exterior de las últimas décadas: la expansión comercial y el crecimiento económico a través de acuerdos, exportaciones e inversiones por todo el planeta. En esa línea, el portavoz de Exteriores denunció en abril que los aranceles estadounidenses “privan a los países, especialmente a los del Sur Global, de su derecho al desarrollo”.
A China le interesa el libre comercio para colocar sus productos y hacer crecer su economía. Con ese objetivo busca presentarse como un socio fiable en tiempos de guerra comercial. Eso abarca a aliados tradicionales de Estados Unidos como la Unión Europea, México o Canadá, así como el resto de economías latinoamericanas, africanas o asiáticas también debilitadas por el varapalo estadounidense.
Con esa estrategia, China ganará más peso como principal socio comercial del mundo. No tanto por recibir las exportaciones que iban a Estados Unidos, ya que su mercado no tiene capacidad para absorber toda esa oferta, sino porque podrá inundar el mundo aún más con sus productos. Asimismo, China tendría músculo económico frente a una posible recesión derivada de la guerra comercial. Por mucho que Trump prometa “hacer a Estados Unidos rico de nuevo”, su economía también sufrirá el impacto de la guerra comercial, y el desarrollo industrial prometido puede no ser tan potente como ambicionan los republicanos. Ante ese shock, China se lanzará a eliminar competidores y a ganar socios comerciales y oportunidades de inversión.
Alemania es un buen ejemplo. Por un lado, los aranceles estadounidenses amenazan con terminar de deteriorar su industria automovilística, y la necesidad de reconversión y capital extranjero atraen a China, que podría convertirse en un socio e inversor de primer nivel. Por otro lado, Pekín ya se ha acercado a Corea del Sur y Japón, dos grandes aliados de Estados Unidos en Asia a los que también ha impuesto aranceles. También se ha acercado a socios europeos, como demuestra la reciente visita del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez. España es uno de los países europeos que favorece las buenas relaciones con China, su primer socio comercial, una deriva que podrían seguir otros Estados de la Unión.
La invasión de Taiwán, cada vez más factible
China también hace cálculos geopolíticos. La política exterior de Trump ha favorecido una visión más imperialista de las relaciones internacionales que legitima la conquista, el control de territorios y las zonas de influencia. Prueba de ello es el giro del Gobierno estadounidense en la guerra de Ucrania: de apoyar a Kiev a acercarse a la Rusia de Vladímir Putin, comprando su argumentario de que la guerra fue culpa de Ucrania por querer acercarse a la OTAN. Esta visión imperialista también se ve en las constantes alusiones de Trump a comprar Groenlandia, anexionarse Canadá o recuperar el control del canal de Panamá.
En este escenario, las potencias tienen las de ganar y China no es la excepción. Sus dos principales reclamaciones son el mar del Sur de China, en el que ya ha implementado medidas contrarias al derecho internacional como construir islas artificiales en aguas disputadas, y Taiwán, al que define como una provincia rebelde. Con un derecho internacional debilitado, China gana opciones y argumentos en ambas disputas. Filipinas o Vietnam podrían quedar desamparados en el mar del Sur de China ante el giro proteccionista de Estados Unidos, que hasta ahora ha protegido la libertad de navegación. Lo mismo podría pasarle a Taiwán, que tiene en Washington y en su producción de microchips su gran garantía de seguridad.
China todavía debe calcular hasta dónde llega el repliegue de Estados Unidos en Asia, pero ya empezó a actuar en consecuencia con los recientes ejercicios militares alrededor de Taiwán. A medio o largo plazo, su voluntad de invadir la isla será más factible si Washington relocaliza la producción de microchips en territorio estadounidense, dejando de depender tanto de Taiwán. Pero la invasión también gana peso a corto plazo. Si China lograse controlar la isla de forma rápida y plantear una solución negociada a Estados Unidos que no afecte a la producción de microchips, el Gobierno de Trump podría sentarse a la mesa como está haciendo con Putin en el caso de Ucrania. La competición y negociación bilateral y el respeto a las zonas de influencia de las potencias entran en la lógica de Trump. Y pueden beneficiar a China.
¿Hacia un nuevo orden dominado por China?
Solemos pensar que el fin de un orden internacional se da por la victoria de una gran potencia sobre otra. En realidad hay más factores en juego, uno de ellos nada despreciable a nivel histórico: la autodestrucción. Estados Unidos empezó a percibir a China como una amenaza en 2008, cuando el gigante asiático se presentó en los Juegos Olímpicos de Pekín como la segunda potencia global. Su ascenso meteórico se ha consolidado desde entonces. Años después, Washington inició su pivote geopolítico a Asia y, en concreto, hacia China. Esto ha derivado en una guerra comercial y tecnológica que han continuado tanto demócratas como republicanos y que Trump ha escalado con los nuevos aranceles. Así, centrando sus esfuerzos en competir con China, Estados Unidos ignora que el fin de su hegemonía parte de sus propias decisiones.
La política exterior de Trump habla mucho más de un nuevo orden en construcción que del que dejó atrás. Un orden más competitivo, imperialista y en el que las grandes potencias vuelven a sentarse a la mesa. Sin embargo, aunque sus decisiones modelen ese nuevo orden, Estados Unidos no tiene por qué estar a la cabeza. Más aún cuando buena parte de su influencia y poder geopolítico se sustenta sobre el orden liberal que ha liderado durante décadas, con mecanismos como el libre comercio o la primacía del dólar. Ese repliegue proteccionista que ataca a los aliados puede beneficiar a la industria interna estadounidense, pero abre la puerta a que sus rivales, comenzando por China, ocupen espacios de poder e influencia comercial. La ironía es que China no tendrá que hacer una gran ofensiva, sino sentarse a esperar.
¿Entonces China dominará el próximo orden internacional? Aún es incierto. El gigante asiático ganará peso geopolítico, pero no dominará este orden de inmediato. Por un lado, la guerra comercial y tecnológica con Estados Unidos también le afectan. Por otro lado, afronta importantes retos internos que lastran su crecimiento y proyección global, como la burbuja inmobiliaria o el envejecimiento de la población. China tampoco cuenta con un poder militar como el de Estados Unidos, y revertirlo le llevará tiempo. Deshacer la hegemonía estadounidense no es una tarea de años, sino de décadas, pero las decisiones de Trump están acelerando ese proceso. Si China hace los cálculos adecuados, recogerá los frutos en los próximos años.







