Mientras Donald Trump pone al mundo patas arriba, China permanece tranquila. Ha rechazado los aranceles del presidente estadounidense y ha respondido con sus propias tasas, pero para el Gobierno chino no han cambiado tanto las cosas más allá del recrudecimiento de la guerra comercial. Es sólo un paso más en la competición que ya vivieron en el primer mandato de Trump y que Joe Biden mantuvo después. A ojos de Pekín, Trump es más de lo mismo, si acaso con el riesgo de que tome medidas más extremas.
Sin embargo, la tranquilidad de China no viene sólo de la costumbre: también visualiza una oportunidad. El caos generado por Trump al dar la espalda a sus aliados puede favorecer al gigante asiático, que gana nicho de mercado por todo el mundo y oportunidades económicas en sectores estratégicos. Al mismo tiempo, la creciente competición geopolítica y la vuelta de las esferas de influencia favorece sus reclamaciones sobre el mar del Sur de China o Taiwán. En un mundo cuyo rumbo parece decidirse en cada declaración diaria desde el Despacho Oval, Pekín se mantiene sereno y al acecho de que el viento empiece a soplar a su favor.
La guerra comercial como oportunidad económica
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