La división de los suníes, la otra rivalidad que divide Oriente Próximo

Aunque en ocasiones quede relegada a un segundo plano, la fractura entre los países suníes es una de las más relevantes de Oriente Próximo. Ha tenido en vilo al Consejo de Cooperación del Golfo durante más de tres años, multiplica las guerras y alimenta la financiación de grupos terroristas por todo el mundo islámico. De fondo constituye ya una competición geopolítica entre potencias regionales como Turquía, Catar, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos.
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La división de los suníes, la otra rivalidad que divide Oriente Próximo
Fuente: elaboración propia.

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Oriente Próximo es una región plagada de conflictos que se encadenan y cuyo origen se pierde décadas atrás. La división entre las potencias suníes suele achacarse a la posición de cada una de ellas frente a uno de los actores más importantes del mundo árabe: el movimiento islamista de los Hermanos Musulmanes (HM). Pero la relación de los Gobiernos con la hermandad no es sencilla, ni es la única rivalidad que ha llevado a potencias como Turquía, Arabia, Saudí, Catar y Emiratos Árabes Unidos (EAU) a enzarzarse en una trifulca internacional de carácter militar, económico y religioso.

Los Hermanos Musulmanes, el factor islamista

La rivalidad entre los Hermanos Musulmanes y los regímenes árabes viene de lejos, pero no ha sido constante. Distintas ramificaciones de la hermandad se establecieron en los países del golfo Pérsico en los años cincuenta y sesenta del siglo XX, después de que muchos de sus integrantes huyeran de la represión en Egipto o Siria. Aunque la relación entre cada rama local y las monarquías del Golfo han sido cambiantes y diferentes en cada país, al principio fueron en general bien recibidos, pues eran islamistas conservadores, con mucha experiencia en la propagación ideológica y con bastante formación. Se integraron en las élites e instituciones, en especial la educación, y se convirtieron en un contrapeso de las ideas del nacionalismo árabe y de los movimientos comunistas, en aquella época en auge en toda la región

El primer gran punto de fricción llegó con la Revolución iraní de 1979. El triunfo de un movimiento islamista coincidía con los objetivos de los HM y, con ello, sus miembros confiaron más en la posibilidad de conquistar el poder político y comenzaron a mostrarse más críticos con los regímenes árabes que les acogían. La división se agravó con la invasión iraquí de Kuwait en 1990, que desencadenó la primera guerra del Golfo. Al igual que Osama bin Laden, el fundador de Al Qaeda, el movimiento Sahwa  —la rama saudí de los HM— criticó que, para repeler la invasión, su país permitiera que Estados Unidos estableciera tropas en la tierra de los lugares santos del islam y además para atacar a Irak, país árabe y musulmán. Los islamistas acompañaron la crítica con cartas al rey y una campaña que pedía reformas.

Al mismo tiempo, la monarquía de Catar vio en los HM un aliado perfecto para sus planes de influencia regional. La ideología del régimen catarí no dista mucho de la de EAU o Arabia Saudí. No obstante, después de que Hamad bin Jalifa Al Thani depusiera a su padre del trono en 1995, Doha decidió empezar a financiar las actividades de los HM y organizaciones afines en todo el mundo islámico y las convirtió en una herramienta para extender su influencia, junto con el canal catarí de televisión Al Jazeera. A cambio, la Hermandad no realizaría actividades en Catar ni cuestionaría la legitimidad de la monarquía de los Al Thani. De hecho, los HM finalizaron sus actividades en el país en 1999 al considerar que el régimen cumplía con sus obligaciones religiosas. En esta línea se sitúa también la visión del presidente turco Recep Tayyip Erdoğan y su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, por sus siglas en turco), cuya ideología, durante muchos años perseguida en Turquía y ahora mayoritaria, bebe de las ideas de la hermandad islamista.

Las revueltas árabes de 2011 agravaron la brecha

Fue en Egipto, lugar de nacimiento de los Hermanos Musulmanes, donde la brecha suní se abrió del todo en 2011. Las revueltas árabes fueron una oportunidad para la hermandad y otros movimientos islamistas, que se movilizaron contra los regímenes que los habían oprimido durante décadas, como Egipto o Siria, o para reforzar su influencia ideológica en países como Emiratos o Arabia Saudí. Turquía y Catar también apoyaron los levantamientos populares para aumentar su influencia sobre el orden político resultante. En Egipto, los islamistas ganaron las elecciones celebradas tras la caída del dictador Hosni Mubarak y llegaron a la presidencia por primera vez en 2012.

Por su parte, EAU y Arabia Saudí, como Kuwait y Baréin, apostaron por el orden establecido, temerosos de que las revueltas pudieran repetirse dentro de sus propias fronteras. Más todavía cuando intelectuales y organizaciones afines a la Hermandad en sus respectivos territorios comenzaron a reclamar reformas o que se diera pie a Irán a aumentar su influencia en los países árabes. En este contexto, solo un año después de llegar al poder en Egipto, el presidente islamista Mohamed Morsi sufría un golpe de Estado militar. El general Abdelfatá al Sisi ha gobernado el país desde entonces, persiguiendo a la Hermandad y realineando a Egipto con las monarquías del Golfo.

El epicentro de la disputa entre los suníes es el golfo Pérsico, una zona de gran interés estratégico por su riqueza en hidrocarburos.

Desde las revueltas árabes, saudíes, egipcios, y emiratíes han comenzado a percibir a los turcos y cataríes como una amenaza para su seguridad. Las tensiones alcanzaron un pico en 2017, con el bloqueo comercial y diplomático que Egipto, Baréin, EAU y Arabia Saudí impusieron a Catar, apoyados por varios países musulmanes más. Las potencias acusaban a Doha de financiar el terrorismo islamista internacional —en particular a los Hermanos Musulmanes—, de establecer relaciones cercanas con Irán y de usar a Al Jazeera como un arma de propaganda contra el resto de potencias árabes.

Yemen, Siria, Libia, los Balcanes… El conflicto suní se internacionaliza

Desde entonces, la rivalidad entre las potencias suníes se ha convertido en una competición internacional a muchos niveles, con choques en Libia o Yemen, pero también en el Cuerno de África y el Sahel. Turquía ha intervenido decididamente en Siria, consiguiendo controlar importantes extensiones de territorio en el norte del país apoyando a grupos islamistas locales. Entretanto, Emiratos normalizó sus relaciones con el Gobierno de Damasco en 2018, siete años después de que los emiratíes decidieran apoyar a la oposición siria que intentó derrocar al presidente sirio Bashar al Asad durante las revueltas árabes. Los saudíes, que también se oponían a Al Asad, aún se muestran reticentes a dar ese paso. Por el contrario, Catar aún apoya a Hayat Tahrir al Sham, el principal grupo opositor al régimen sirio y dominado por la antigua rama de Al Qaeda en Siria, el Frente al Nusra.

Por otro lado, Turquía intervino militarmente en la guerra de Libia en junio de 2020 para apoyar al Gobierno de Unidad Nacional libio en contra del mariscal Jalifa Haftar, apoyado por EAU y Egipto. La intervención turca cambió las tornas del conflicto, que entonces parecía ganado para Haftar. Todo ello ha servido también para favorecer los intereses energéticos turcos en el Mediterráneo oriental, asegurándose cierta influencia sobre el futuro de los recursos petrolíferos libios una vez acabe la guerra.

Geopolítica de Libia
Los recursos petrolíferos libios son clave para entender el interés de las potencias internacionales en el conflicto que vive el país desde 2011.

Incluso Yemen, donde hasta ahora parecía que solo Emiratos y Arabia Saudí tenían intereses directos, se ha convertido en una casilla del tablero. Desde principios de 2020 Turquía intenta abrir otro frente en la guerra al margen de las fuerzas apoyadas por EAU y Arabia Saudí, por un lado, y los rebeldes hutíes apoyados por Irán por otro. Ankara está apoyando a las fuerzas del tránsfuga Salé al Jabwani, antiguo ministro de Transportes del Gobierno yemení apoyado por Arabia Saudí, y cuenta para ello con financiación catarí y la ayuda de la rama local de los HM, el partido Al Islah. Turquía ha puesto así un pie en otro conflicto de la región, buscando controlar los recursos petrolíferos de la provincia de Shabwa, en el centro del país, donde se asienta Al Jabwani.

Más allá, las potencias también extienden sus redes en el Cuerno de África y el mar Rojo. Turquía inauguró en 2017 una base militar en la capital de Somalia, Mogadiscio, la base turca más grande en el exterior. Antes de eso Turquía llevaba una década ofreciendo ayuda humanitaria al Gobierno de Somalia junto con Catar, cooperación en materia de seguridad e inversiones millonarias en infraestructuras y ayuda al desarrollo. Frente a ello, EAU apoya a los Gobiernos insurrectos de Somalilandia y Puntlandia, regiones somalíes declaradas independientes, y ha construido su propia base militar en Eritrea. Arabia Saudí hizo lo propio en Yibuti.

A esto se añade la competición en el Sahel, con la participación turca en misiones de paz en República Centroafricana o Mali, o la financiación catarí de diversos grupos armados, desde Al Qaeda en Mali hasta la oposición armada contra el Gobierno de Chad. También en Sudán, donde Ankara disfrutaba de muy buenas relaciones con el régimen de Al Bashir, dictador destituido en un golpe militar en 2019 después de la particular revuelta árabe sudanesa. Turquía quiere ahora asegurar sus negocios en el país, en especial las infraestructuras. Mientras, EAU se ha beneficiado de sus buenas relaciones con hombres fuertes en Sudán como el miliciano Hemeti, que controla el tráfico de armas y de oro y la contratación de mercenarios para los conflictos de Libia y Yemen.

La rivalidad se extiende también a los Balcanes o Afganistán. En los Balcanes, el pulso tiene la forma de una millonaria carrera de inversiones en proyectos inmobiliarios, infraestructuras y compras de armas. Sin embargo, también se ha traducido en proyectos de restauración de patrimonio histórico y de caridad, o en el envío de suministros médicos por la pandemia. En Afganistán, Catar ha conseguido una posición preponderante en las negociaciones de paz gracias a sus relaciones con la guerrilla fundamentalista de los talibanes, que tienen una delegación oficial en Doha.

La confrontación va a continuar

El pasado 4 de enero de 2021, en la víspera de la reunión anual del Consejo de Cooperación del Golfo, Arabia Saudí, EAU, Baréin y Egipto restauraron sus relaciones con Catar y terminaron con más de tres años de bloqueo y aislamiento regional. La mediación de Kuwait y la voluntad de los saudíes de terminar la disputa han sido clave, pero la rivalidad entre las potencias no ha terminado. Baréin y Egipto aún consideran a Catar como peligroso para su estabilidad, y EAU, sumido en su propia competición por arrebatar el liderazgo regional a los saudíes, podría volver a poner a Catar en el punto de mira si sus intereses peligran. 

Por su parte, Turquía tiene su agenda al margen de las disputas entre árabes, y el fin del bloqueo a Catar supone que una potencia marginada durante más de tres años vuelve al tablero de juego en plenas facultades. Como todas las potencias buscan la hegemonía, esta situación apunta a una mayor conflictividad regional. Haya o no acuerdos de paz, la dinámica actual entre las potencias suníes conllevará más choques a todos los niveles dentro y fuera de la región, y hará más complejas las relaciones entre ellos y con actores como Israel o Irán.

Daniel Rosselló

Palma de Mallorca, 1992. Graduado en Relaciones Internacionales. Másteres de especialización en el mundo árabe e islámico y en comercio internacional. Me gustan las minorías, los grupos insurgentes y los movimientos revolucionarios. Actualmente asentado en Egipto.