Geopolítica Oriente Próximo y Magreb

Catar, a la búsqueda de influencia en Oriente Próximo

Catar, a la búsqueda de influencia en Oriente Próximo
La "Perla de Catar" vista desde el aire. Fuente: Planet Labs, Inc.

Entre Arabia Saudí e Irán, el emirato de Catar ha sido capaz de sortear los enormes desafíos que implica estar entre dos potencias regionales en conflicto. La familia de los Al Thani ha demostrado su capacidad para liderar el país más rico del planeta sin morir de éxito. A golpe de talonario, carisma y diplomacia, Catar se ha ganado un puesto en el club de potencias regionales de Oriente Próximo, pero no todos están dispuestos a hacer hueco a otro jugador en la partida.

Desde su separación de Baréin en el siglo XVIII, Catar ha permanecido bajo el control de la familia de los Al Thani, la única capaz de ganarse la confianza del resto de tribus de la pequeña península. La llegada a la región de potencias extranjeras —primero el Imperio otomano (1878) y posteriormente los ingleses— no hizo más que consolidar el poder de la familia gobernante, reconocida como una mediadora capaz de dirimir y solucionar los conflictos tribales. El descubrimiento de petróleo en 1940 en la pequeña península supuso la aparición de un recurso que se convertiría en la base de la construcción del Estado catarí.

El 3 de septiembre de 1971 el emirato de Catar dejó de ser un protectorado británico para convertirse en una nación independiente bajo el control del emir Ahmed bin Ali al Thani. Poco tiempo después, en febrero del año siguiente, el emir Ahmed fue destronado por su primo Jalifa bin Hamad al Thani. La llegada del nuevo emir trajo consigo una reducción de los privilegios de la familia real y un aumento de la inversión en educación, salud o servicios sociales.

Durante sus primeros años de vida, Catar se mantuvo en la línea dictada por la poderosa Arabia Saudí que, con la creación del Consejo de Cooperación del Golfo en 1981, garantizó su dominio sobre el resto de las recién nacidas monarquías del Golfo. No fue hasta 1991, tras la invasión iraquí de Kuwait y la posterior guerra del Golfo, cuando Catar —temerosa ante la posibilidad de una ocupación saudí similar a la sufrida por Kuwait— comenzó una política independiente cada vez más alejada de los intereses de Arabia Saudí.

En 1995, Hamad bin Jalifa al Thani —hijo del emir y ministro de Defensa— da un golpe de Estado contra su padre. El nuevo emir trajo consigo reformas internas en el país: la renovación de los consejeros del emir, la convocatoria de las primeras elecciones municipales libres en las que las mujeres también podían votar y la creación de la figura de primera dama del país, algo insólito en los reinos del Golfo.

Catar ha estado tradicionalmente sometido a la influencia de Arabia Saudí, aunque en los últimos años ha basculado hacia Irán y ha fortalecido su alianza con Turquía, en contra de los intereses de Riad.

Pero las reformas del nuevo emir han excedido lo  nacional: Hamad bin Jalifa y, desde 2013, también su hijo Tamim bin Hamad han establecido una nueva agenda exterior para Catar con el objetivo de alejar al emirato de la enorme influencia ejercida por Arabia Saudí, dotando al pequeño país árabe de independencia en su política internacional. Para ello, la diplomacia y el poder blando han sido las armas que el pequeño emirato ha utilizado para desafiar el statu quo en Oriente Próximo.

Para ampliar: “Catar tras el bloqueo”, Luis Martínez en El Orden Mundial, 2018

Al Jazeera y la influencia en el mundo árabe

Una de las primeras decisiones del nuevo emir fue la creación de la televisión nacional Al Jazeera con capital de la familia real. La creación de este canal en 1996 encarnaba las nuevas aspiraciones del país árabe: la modernización de Catar pasaba por la creación de un medio a través del cual visibilizar la posición catarí en el convulso panorama regional y en todo el mundo árabe.

Al Jazeera se creó con una imagen aparente de libertad de prensa y bajo el eslogan de “la opinión y la opinión del otro”. Blandiendo el derecho a la libertad de expresión, la televisión catarí ha criticado abiertamente a otras monarquías y regímenes de la zona, desatando las reprobaciones de los países vecinos. Además, el medio nacional catarí ha presumido de ser un espacio abierto a todos los puntos de vista, concediendo entrevistas a representantes de grupos considerados terroristas por Occidente —como Hamás, los talibanes o Hezbolá— o invitando a su plató a representantes del Estado de Israel.

Para ampliar: Al Jazeera, mucho más que una televisión”, David Hernández en El Orden Mundial, 2016

El auge de la televisión catarí a nivel regional se produjo gracias a la excelente cobertura realizada de las guerras de Afganistán e Irak, por lo que Al Jazeera pasó a ser considerada la BBC del mundo árabe. En ese momento, la televisión catarí amplió su abanico de ofertas abriendo una filial con contenido exclusivo en inglés o creando la exitosa Bein Sports, una de las mayores cadenas deportivas a nivel global.

Principales medios de comunicación online de actualidad y política en Oriente Próximo y el Norte de África en 2015. Fuente: Statista

La influencia catarí, concretamente de Al Jazeera, en el panorama televisivo árabe fue clave para extender las revueltas de 2011 que sacudieron Oriente Próximo y el Norte de África. Con coberturas en directo las 24 horas del día de las manifestaciones que tenían lugar en El Cairo o Damasco, Al Jazeera fue capaz de retransmitir el minuto a minuto de uno de los mayores procesos de cambio que han sacudido la región en el siglo XXI.

Sin embargo, Al Jazeera también respondía a los intereses de la familia real catarí al invisibilizar las revueltas en el reino vecino de Baréin para garantizar la estabilidad entre las monarquías del Golfo o plasmando los discursos apoyados por el Gobierno catarí. El ejemplo más evidente es el de los Hermanos Musulmanes, cuyo líder histórico, Yusuf al Qaradawi, mantiene muy buenas relaciones con la familia real de Catar. Durante las protestas en Egipto, la cofradía de los Hermanos Musulmanes vio cómo la cobertura de sus acciones y discursos aumentaba gracias a Al Jazeera.

El espacio televisivo también ha sido azotado por las rivalidades entre las monarquías wahabitas —Arabia Saudí y Catar— en una lucha por la hegemonía ideológica del mundo árabe e islámico. En 2002, Arabia Saudí lanzaba Al Arabiya —canal con base en los Emiratos Árabes Unidos y propiedad compartida entre ambos países—, en un intento por competir por el espacio copado por Al Jazeera en el sector de la información en el mundo árabe.

Más allá del combate por la parrilla televisiva del mundo árabe, Catar también ha abierto la disputa por la hegemonía dentro de los países musulmanes suníes que los saudíes habían tutelado las últimas décadas. Apoyar las doctrinas de la cofradía de los Hermanos Musulmanes fuera de sus fronteras —principalmente tras las revueltas árabes— terminó provocando una respuesta conjunta por parte de Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y sus aliados, que consideran que las posiciones de la hermandad ponían en riesgo la estabilidad de sus regímenes y de sus intereses regionales.

Para ampliar: “Los Hermanos Musulmanes: islamismo más allá de Egipto”, Airy Domínguez en El Orden Mundial, 2019

La diplomacia de la “alfombra voladora”

El pequeño emirato ha desencadenado una hiperactiva política exterior para estar presente en todos los conflictos regionales. Para consolidar la nueva trayectoria catarí era necesario, también, el fortalecimiento de un nuevo discurso alejado del saudí. Doha ha buscado convertirse en un mediador imprescindible en la región, participando en mayor o menor medida en negociaciones o intervenciones en Palestina, Yemen, Sudán o Libia.

Para ello, Catar lleva desarrollando desde los años 90 una diplomacia pragmática basada en dos pilares: por un lado, mantener buenas relaciones con las potencias internacionales —principalmente Estados Unidos— para garantizar su seguridad; por otro, posicionarse como un actor clave en negociaciones y acuerdos a nivel regional.

La formalización de una alianza militar con Estados Unidos no tardó en llegar tras la Primera Guerra del Golfo. En 1991, tras las operaciones conjuntas entre Estados Unidos y las fuerzas de los países del Golfo durante la Operación Tormenta del Desierto, Catar y Estados Unidos firmaron un acuerdo de cooperación en defensa. Cinco años más tarde, Catar construyó la base aérea de Al Udeid en un proyecto que costó más de 1.000 millones de dólares.

Para ampliar: “Estados Unidos en el corazón del Golfo Pérsico”, David Hernández en El Orden Mundial, 2018

Con la entrada del nuevo siglo, en 2002, la base de Al Udeid pasó a acoger parte del Mando Central de los Estados Unidos —CENTCOM, por sus siglas en inglés— convirtiéndose en la mayor base estadounidense en el extranjero. La decisión de EE. UU. de establecerse en Catar implicaba la consolidación de la alianza entre ambos Estados en detrimento de Arabia Saudí, que había sido el principal aliado regional del país norteamericano las décadas anteriores. Catar pasaba a ser la base desde la que lanzar las distintas intervenciones estadounidenses en la zona, como sería el caso de su actuación en Irak, Afganistán, Pakistán o Siria en los años posteriores.

En el plano regional, la independencia de Catar respecto a la influencia saudí se acompañó de una mejora de las relaciones con Irán. Mantener unas buenas relaciones con el régimen de Teherán es una obligación para el Gobierno de Doha, ya que ambas naciones comparten el mayor yacimiento independiente de gas natural del mundo. Simultáneamente a esta relación amistosa con Irán, Doha ha mantenido hasta 2017 unas relaciones más o menos cordiales con Riad, principal enemigo regional de la república islámica.

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Yacimientos de gas y petróleo de Catar. Fuente: Al Jazeera

Esta política a dos bandas por parte de Catar se ha reproducido en numerosas ocasiones. En el panorama regional de Oriente Próximo, Doha se ha mostrado como una nueva pieza dentro del histórico conflicto palestino-israelí, rivalizando con Egipto y su papel de mediador. El emirato de Catar mantuvo desde 1996 hasta 2009 una oficina comercial en Israel, siendo la única monarquía del Golfo en tener públicamente relaciones estables con Israel.

No obstante, el Gobierno catarí se ha mostrado como uno de los grandes apoyos de la causa palestina. Doha ha mostrado en numerosas ocasiones su apoyo a Palestina, principalmente al grupo islamista Hamás —filial de los Hermanos Musulmanes y considerada una organización terrorista por EE. UU.—, que llegó a trasladar su sede en el extranjero de Siria a Catar entre 2011 y 2017, tras el estallido de la guerra civil siria.

Otro de los escenarios donde Catar ha sido capaz de imponerse como un actor clave ha sido el de las negociaciones entre el Gobierno estadounidense y los talibanes en Afganistán. Doha ha sido el lugar elegido para que se desarrollen las conversaciones de paz, gracias a la capacidad de la diplomacia catarí de dialogar con ambos bandos.

Para ampliar: “Camino a la paz en Afganistán”, Daniel Rosselló en El Orden Mundial, 2019

Catar, en el ojo del huracán

La capacidad de Catar de mimetizarse con su entorno y de negociar con actores tan dispares como Estados Unidos, Irán, Hamás, Arabia Saudí, Israel o Turquía no ha sentado bien a todos. En un ecosistema caracterizado por sus frágiles equilibrios, el surgimiento de un nuevo rival no es una buena noticia. El año 2011, con las revueltas árabes, fue un gran año para el emirato de Catar: el triunfo de las revueltas, principalmente la egipcia, suponía una oportunidad para Catar de aumentar su influencia en el gigante árabe. Además, la Turquía de Erdoğan, también contenta con el triunfo revolucionario egipcio y defensora de los Hermanos Musulmanes, surgía como un aliado fuerte capaz de hacer frente a Arabia Saudí en la lucha por la hegemonía en el mundo suní. La posterior victoria de los Hermanos Musulmanes en las elecciones legislativas y presidenciales egipcias de 2012 encarnaron el efímero giro de la política de la zona.

Sin embargo, Arabia Saudí y sus aliados no estaban dispuestos a admitir la derrota. El descontento de una parte de la población egipcia con las políticas del presidente islamista Mohamed Morsi y las protestas surgidas contra el nuevo rais fueron apoyadas rápidamente por la monarquía saudí. El golpe de Estado de 2013 liderado por el mariscal —ahora presidente de la República— Abdelfatá al Sisi fue respaldado con firmeza por las autoridades saudíes en un intento por retroceder hacia una situación anterior a las revoluciones del 2011. El nuevo Gobierno egipcio no tardó en declarar a los Hermanos Musulmanes una organización terrorista y comenzar una caza de brujas contra los líderes de la cofradía.

Para ampliar: “El invierno egipcio”, Pablo Moral en El Orden Mundial, 2018

La trágica deriva de otras revoluciones hacia guerras civiles —como en Siria, Yemen o Libia— erosionaron aún más el panorama regional, desatando una lucha por la influencia en Oriente Próximo. En consecuencia, se han ido forjando dos ejes enfrentados, aunque las dinámicas regionales no siempre respondan a este esquema: por un lado, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Baréin –conocidos como el Cuarteto Árabe– conformarían un eje árabe-suní que ha tenido tradicionalmente la voz cantante en la región. Por otro lado, ha surgido un eje que incluye a Catar, Turquía e Irán, cuya característica principal es su rivalidad con el eje árabe-suní, principalmente con Arabia Saudí.

En esta situación de “guerra fría” en Oriente Próximo, Catar ha sido un objetivo a batir para el poderoso Cuarteto Árabe. En junio de 2017, la alianza árabe lanzaba un bloqueo político y económico contra Doha, acusando al emirato de apoyar y financiar a terroristas. Esta decisión evidenciaba el malestar generado en ciertos países por la política exterior catarí y buscaba castigar a la oveja negra dispuesta a salirse del redil de los países árabes suníes.

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Impacto diplomático del bloqueo para Catar, con muchos países del mundo árabe cortando relaciones con el emirato. Fuente: Al Jazeera

Sin embargo, y contra todo pronóstico, Catar no ha sido capaz únicamente de hacer frente al bloqueo, sino también de afianzar su crecimiento, por lo que la familia real catarí ha visto aumentar su apoyo entre la población del pequeño país. El auxilio recibido tanto por Irán como por Turquía ha sido clave para suplir la demanda de productos de la población catarí, extremadamente dependiente de las importaciones de países vecinos. 

Más allá de eso, Catar ha comenzado a desarrollar la industria agroalimentaria nacional, permitiendo una disminución de los precios de ciertos productos, principalmente carne y leche. Además, Doha ha encontrado nuevos aliados gracias a la creación de un corredor económico —denominado en inglés New Emerging Belt Initiative— que incluye a Kuwait, Omán, Turquía, Pakistán y la India, redefiniendo las alianzas regionales.

El enfrentamiento entre Catar y sus vecinos árabes no parece que vaya a solucionarse en un tiempo cercano. Aunque el bloqueo no ha ido a más, ninguna de las dos partes está dispuesta a ceder en sus exigencias, puesto que implicaría una pérdida de legitimidad importante a nivel nacional y regional. Mientras el Cuarteto Árabe intenta justificar un bloqueo enquistado que se alarga ya dos años, Catar afirma ser más fuerte ahora y mantiene el desafío.

En una lucha en la que Catar encarna el papel de David frente al Goliat interpretado por Arabia Saudí y sus aliados, se podría decir que el pequeño país árabe ha triunfado frente a sus enemigos. Sin embargo, no todo son éxitos para Catar, que ha desgastado casi por completo cualquier opción de mantener una política exterior a dos bandas. Con nuevos desafíos en la región, a Doha le ha llegado la hora de demostrar si es una nueva potencia a tener en cuenta o si, por el contrario, se trata de una efímera pero brillante estrella fugaz en el firmamento de Oriente Próximo.

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