Tras más de 150.000 muertos y 18 años de guerra —el período continuado de conflicto más largo que haya atravesado nunca el país—, el conflicto de Afganistán puede llegar a su fin este mismo año. Han sido casi dos décadas de guerra entre talibanes, por un lado, y Kabul y sus aliados —EE. UU. y la coalición de la OTAN—, por otro, pero la sangre lleva tiñendo de rojo la tierra afgana desde mucho antes, desde que los tanques soviéticos cruzaran el Puente de la Amistad en 1979.
Para ampliar: “La estela esperanzadora del conflicto afgano”, Meng Jin Chen en El Orden Mundial, 2018
Si se considera la enorme complejidad del país y de su guerra, está claro que la paz no se alcanzará de la noche a la mañana. Lo que sí es cierto es que, tras varias reuniones en Doha y Moscú, la paz está más cerca que nunca. Las propuestas básicas son claras: las tropas extranjeras se deben retirar y, a cambio, los talibanes declararán el alto el fuego, accederán a negociar directamente con el Gobierno afgano y se asegurarán de que Afganistán no vuelva a ser una base segura para grupos yihadistas internacionales. Algunos temas se deberán decidir en otra fase posterior, como la aceptación del régimen constitucional afgano, el respeto por los derechos humanos —especialmente los relativos a las mujeres— o el papel que tendrán los talibanes en la política afgana tras el proceso de pacificación.
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