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Camino a la paz en Afganistán

Camino a la paz en Afganistán
Unos jóvenes juegan sobre un viejo tanque abandonado en Kabul, capital de Afganistán. Fuente: Todd Huffman

2019 podría ser un año clave para Afganistán. Con casi cuatro décadas de conflictos continuados y un rastro de decenas de miles de muertos, heridos y desplazados, el país podría por fin alcanzar la paz. Pero ¿por qué ahora?

Tras más de 150.000 muertos y 18 años de guerra —el período continuado de conflicto más largo que haya atravesado nunca el país—, el conflicto de Afganistán puede llegar a su fin este mismo año. Han sido casi dos décadas de guerra entre talibanes, por un lado, y Kabul y sus aliados —EE. UU. y la coalición de la OTAN—, por otro, pero la sangre lleva tiñendo de rojo la tierra afgana desde mucho antes, desde que los tanques soviéticos cruzaran el Puente de la Amistad en 1979.

Para ampliar: “La estela esperanzadora del conflicto afgano”, Meng Jin Chen en El Orden Mundial, 2018

Si se considera la enorme complejidad del país y de su guerra, está claro que la paz no se alcanzará de la noche a la mañana. Lo que sí es cierto es que, tras varias reuniones en Doha y Moscú, la paz está más cerca que nunca. Las propuestas básicas son claras: las tropas extranjeras se deben retirar y, a cambio, los talibanes declararán el alto el fuego, accederán a negociar directamente con el Gobierno afgano y se asegurarán de que Afganistán no vuelva a ser una base segura para grupos yihadistas internacionales. Algunos temas se deberán decidir en otra fase posterior, como la aceptación del régimen constitucional afgano, el respeto por los derechos humanos —especialmente los relativos a las mujeres— o el papel que tendrán los talibanes en la política afgana tras el proceso de pacificación.

No es la primera vez que se inician negociaciones de paz con los talibanes. A principios de 2018, como parte del proceso de Kabul, el Gobierno afgano llegó a proponer a los combatientes una paz incondicional y a aceptar la modificación de la Constitución y la inclusión de los talibanes como un partido político a cambio de poner fin al conflicto. A finales del mes de ramadán de 2018, el Gobierno llegó incluso a declarar un alto el fuego unilateral. Sin embargo, los islamistas hicieron caso omiso de estas ofertas, pues consideran al Gobierno un mero títere de Washington. La tregua duró poco y desde entonces los insurgentes han llevado a cabo una de sus campañas más violentas desde el inicio de la guerra, con un número récord de víctimas civiles.  

Entonces, ¿qué ha llevado ahora a los contendientes a la mesa de negociaciones?

El alineamiento de los astros

En primer lugar, las partes implicadas parecen haber aceptado una realidad patente desde hace tiempo: ninguno de los bandos puede ser derrotado ni es capaz de eliminar por completo a su adversario. La estrategia de los talibanes, si se puede resumir en una palabra, es la paciencia. Los islamistas han demostrado su capacidad para mantener de manera indefinida el cerco a Kabul resistiendo en las zonas montañosas en las que no tienen digno rival. Además, los talibanes marchan a negociar más fuertes que nunca; tras su última ofensiva cuentan ya con casi  la mitad del país bajo su control.

Sin embargo, carecen de poderío suficiente para tomar las principales ciudades y derrocar al Gobierno. Los talibanes saben además que, tras décadas de uso de una violencia desmedida, han perdido el apoyo de gran parte de la sociedad afgana. No debe olvidarse tampoco la cercanía de las elecciones presidenciales de julioya pospuestas desde su fecha inicial, en abril—, que ha creado una fecha límite artificial para las conversaciones, lo que ha tensado las cuerdas de la política afgana y polarizado el debate. En este aspecto, los talibanes son los más beneficiados, pues les permite influir en los discursos de las fuerzas políticas afganas y a los combatientes lo mismo les da esperar diez meses que diez años para conseguir una paz a su gusto.

Por otro lado, ante la amenaza de que los talibanes decidan atacar directamente la democracia afgana una vez marchen las tropas estadounidenses, se ha planteado postergar las elecciones hasta el próximo año, mientras se pone el cierre definitivo a las negociaciones, una estrategia que incluye la creación de un Gobierno interino. Por su parte, EE. UU. se ha visto conducido al diálogo, desgastado por la que es la guerra más larga en la que nunca se haya involucrado —y en la que no ha obtenido verdaderos resultados— y por las dinámicas de su propia política interna. La retirada de las tropas de Afganistán fue una de las promesas electorales que llevaron a Trump a la victoria en las elecciones de 2016. Tras las últimas derrotas de Trump a nivel nacional, la Administración estadounidense ha decidido acelerar los acontecimientos. Si el presidente consigue que las tropas vuelvan a casa y, además, resolver el conflicto afgano, será una victoria diplomática sin precedentes. En definitiva, a nadie le conviene retrasar las negociaciones.

Los excluidos

Durante el proceso de Kabul, el Gobierno afgano reafirmó su compromiso con una paz dirigida por y para el pueblo de Afganistán. No obstante, Kabul ha demostrado durante años su ineficacia para mantener la seguridad, controlar a su ejército y fomentar el tan necesitado desarrollo del país, todo ello impregnado de una rampante corrupción. En cualquier caso, tras años de supervivencia en un entorno hostil, las instituciones afganas se han ganado el respaldo de más del 90% de su pueblo. Es, además, un Gobierno legitimado en las urnas y reconocido por la comunidad internacional: sin sus representantes, las negociaciones carecerán de valor. A la vez, mandarán el mensaje inequívoco de que Kabul no está verdaderamente a cargo de la situación.

Además de las instituciones afganas, no debe dejar de mencionarse al menos nombrado de los excluidos en las negociaciones: la sociedad civil. Mujeres, minorías, defensores de los derechos humanos… todos ellos se han quedado fuera. El propio Zalmay Jalilzad, enviado especial de EE. UU. para el proceso de paz afgano, afirmó que antes o después los talibanes deberán aceptar hablar con Kabul si quieren que las conversaciones salgan adelante. De la misma forma, Jalilzad y representantes del Gobierno ruso han animado a la creación de un equipo de negociación nacional  que incluya tanto al Gobierno como a los actores sociales, los que verdaderamente han luchado por la paz y la democracia afganas durante casi 20 años. Si no se hace así y los objetivos de desarrollo y derechos humanos en el país no se incluyen en el acuerdo, las negociaciones supondrán una oportunidad perdida.

Invitados incómodos

Si se observa la Historia del país, parece absurdo pretender conseguir la paz sin contar con poderes externos que, si no ven sus intereses satisfechos, se opondrán a una paz que no les haga ganar más que la propia guerra y hasta boicotearán las negociaciones de ser necesario. Entre estos actores, el más importante es, sin duda, el país vecino: Pakistán. A Islamabad le interesa este proceso de paz, pues supone que los talibanes —de los cuales es el mayor benefactor— se zambullan directa y legalmente en la política del país vecino, lo que asegura la defensa de sus intereses. Además, Pakistán sigue teniendo la llave maestra para llevar a los talibanes a la mesa de negociaciones. Sin los santuarios seguros en territorio pakistaní y el apoyo logístico de Islamabad, los talibanes no pueden librar su guerra como hasta ahora, como ya se ha demostrado en el pasado. Por ello, EE. UU. ya ha presionado para poner fin a esta ayuda externa.

Por otro lado están India, Irán, Rusia y China, todos ellos interesados en que la estabilidad reine de una vez en Afganistán. Deli necesita un Afganistán en paz, pues de ello dependen proyectos de energía y su propia seguridad; al igual que Irán y Rusia, necesita que las montañas afganas dejen de ser bases para terroristas internacionales —una prioridad que comparten con Washington—, a la vez que limita la influencia regional de Islamabad, su más acérrimo rival. Por su parte, a Rusia e Irán les interesa ocupar el hueco que abandona EE. UU. para favorecer sus intereses económicos y ven en los talibanes el aliado perfecto para combatir al Dáesh, controlar el tráfico de opio y negociar iniciativas de integración regional. A China, por su parte, le conviene un Afganistán estable que facilite su expansión económica regional y que no sirva de piso franco para uigures radicalizados.

Para ampliar: “Lo que China esconde: el encaje uigur”, Benjamín Ramos en El Orden Mundial, 2015

Otras potencias, como Arabia Saudí, también ven en Afganistán un terreno en el que defender sus intereses, tanto para contrarrestar la influencia iraní como para extender su presencia y su ideología wahabí en el mundo islámico, algo en lo que rivalizan con Catar, que ya se ha llevado la victoria de ser la sede diplomática de las conversaciones sobre el conflicto afgano.

Grandes potencias regionales y sus zonas de influencia en Oriente Próximo.

Esperanzas y compromisos

Las cartas de los jugadores ya se van destapando. Parece que el plan de retirada de EE. UU. y de las tropas internacionales va tomando forma y se van cerrando las fechas del calendario. Sin embargo, existe el temor a que los talibanes conserven algún as en la manga. ¿Aceptarán el resultado del pacto de paz una vez desaparezca por completo la presencia internacional? ¿Aceptarán participar en una democracia que desprecian, respetar los derechos de las afganas, poner fin a sus actividades delictivas? ¿Permitirán que se lleve a cabo un proceso nacional de rendición de cuentas? ¿Cómo se reinsertará a los combatientes? Estas y muchas otras preguntas permanecen sin respuesta.

Algunos hechos parecen apuntar en una dirección optimista. Entre ellos, que los talibanes hayan nombrado como representante en las negociaciones al mulá Abdul Gani Barádar, fundador del movimiento, señal inequívoca de la importancia que da la organización islamista a este proceso. También se han esforzado por cambiar su narrativa defendiendo proyectos de desarrollo para el país y asegurando que no volverán a las leyes que prohibían a las mujeres acceder a la educación.

No obstante, documentos generados por la organización auguran un futuro más oscuro. En ningún momento han hablado del proceso de desarme, su objetivo de implantar la sharía en el país tampoco se ha diluido y siguen comprometidos con una rígida ideología islamista y con métodos extremadamente violentos, rechazados por una gran parte de la ya de por sí conservadora sociedad afgana.

Asimismo, la naturaleza mayoritariamente pastún del movimiento hace que, si no se ponen límites claros, sigan alimentados los conflictos sectarios en el país tras las negociaciones. A todo ello se añade el hecho de que los talibanes no son un grupo unificado; varias de sus facciones ya han chocado violentamente en el pasado y podrían volver a hacerlo negándose a aceptar los términos de la paz, unas dinámicas que los actores internacionales podrían espolear para dirigir las negociaciones a su favor.

En definitiva, estas negociaciones no son más que el principio de un complejo y largo proceso de paz que necesitará compromisos por parte de todos para conseguir cerrar las heridas e impulsar el progreso y la estabilidad del país y en el que la sociedad afgana deberá tener garantías para proteger sus derechos. Como afirmó el presidente afgano, Ashraf Gani: “La paz no es fácil y requiere coraje y honor por ambas partes”.

Para ampliar: “Afganistán, entre el caos y la oportunidad”, Meng Jin Chen en El Orden Mundial, 2018