En los últimos tiempos, predomina en Afganistán la alternancia entre las treguas que se incumplen y las crueldades más sórdidas de un conflicto que ya tiene 17 años de Historia. No obstante, la última tregua declarada por los talibanes por la festividad musulmana de Eid al Fitr ha podido marcar un cambio de rumbo en el sino del país devastado; se trata de un cese del fuego nacional sin precedentes en la Historia de este conflicto. Esta pausa de las hostilidades fue proclamada por los talibanes unos días después de que Kabul anunciara otra tregua unilateral de ocho días y, aunque los talibanes ya declararon que no la iban a respetar, la población afgana podía disfrutar de una relativa paz de al menos tres días.
Para ampliar: “Afganistán, entre el caos y la oportunidad”, Meng Jin Chen en El Orden Mundial, 2018
Hace 11 meses, el Gobierno de Donald J. Trump anunció su estrategia para Asia meridional. Desde entonces, miles de tropas estadounidenses adicionales llegaron a Afganistán y sus ataques militares contra los talibanes han aumentado exponencialmente. Sin embargo, tales esfuerzos no parecen haber servido de mucho; ni siquiera han mermado la fuerza bélica de los talibanes ni su capacidad para lanzar ataques en los núcleos urbanos más poblados del país.
Desde que Trump llegó a la Casa Blanca se ha intensificado el terrorismo y el Gobierno afgano ha perdido al menos un 10% territorio bajo su control a favor de la insurgencia; al peligro de los talibanes y Al Qaeda se suma también la amenaza que suponen los combatientes del Dáesh. Ante este complejo panorama, Estados Unidos sabe que no puede continuar favoreciendo una guerra que no se puede ganar y defendiendo una estrategia que es ampliamente considerada como fallida. Mientras tanto, el Gobierno afgano también es consciente de que cualquier acuerdo de paz estable tendría que pasar por unas negociaciones con los talibanes, una de las insurgencias que más control territorial posee en el país. Precisamente por esta razón, los recientes anuncios superpuestos de ceses temporales de fuego del Gobierno afgano, las fuerzas de la OTAN —dirigidas por Estados Unidos— y los talibanes pueden ser signos esperanzadores para creer que aún existe una vía para avanzar hacia el diálogo político como solución al conflicto.
Un alto el fuego respetado por todas las partes es considerado uno de los pasos más importantes a corto plazo para dar fin al conflicto. Según la teoría de la madurez, existen dos componentes necesarios para que los actores de un conflicto de larga duración estén dispuestos a mantener negociaciones. Uno es la percepción de que la guerra ha dejado de ser rentable, es decir, que los costos en recursos y vidas humanas se han vuelto tan elevados que superan las expectativas de ganar el conflicto —un punto muerto en el que las partes involucradas se hacen daño mutuamente, como ocurre en Afganistán—. El otro es el planteamiento de vías alternativas que permitan el logro de los objetivos principales de cada bando sin que ninguno de ellos asuma pérdidas inaceptables. Para que exista este segundo componente, tiene que prevalecer un ambiente favorable al diálogo y al pacta sunt servanda, algo que solo se puede dar con el cese de las hostilidades y con medidas que fomenten la mutua confianza.
En este sentido, los propios talibanes reconocen que les compensa más negociar que seguir combatiendo. El grupo está cada vez más cansado de luchar y conquistar territorios difíciles de gobernar por una única razón: conseguir el reconocimiento internacional que le faltó a su régimen a finales de los años 90 en el territorio que controlaba. Las declaraciones públicas de los talibanes en los últimos años sugieren su disposición para hablar y garantías de que no representan un peligro para las minorías de Afganistán, aunque no está claro hasta qué punto consideran legítimo al Gobierno de Kabul para negociar con sus líderes.
Washington ya se ha sentado a negociar con los talibanes y parece que Kabul intenta avanzar hacia el mismo camino, a pesar de su intento fallido el pasado febrero. No obstante, para que las conversaciones sean fructíferas y lleguen a algún punto de acuerdo, tampoco deberán olvidar a los demás actores que llevan décadas interviniendo en la cuestión afgana: los actuales aliados Rusia e Irán, por una parte, e India y Pakistán, enemigos de nacimiento, por otra. Todos estos son rivales geopolíticos que han actuado como mecenas de diversos grupos insurgentes; cada uno tiene su grupo favorito para controlar la región.
Al otro lado de la ecuación nos encontramos con las olvidadas de este conflicto. Desde la caída del régimen talibán en 2001, las niñas y mujeres han logrado ciertos progresos en su calidad de vida —ahora disfrutan de más oportunidades para ir a la escuela y participar en la vida política y económica—, pero no parece que vayan a participar en el proceso de paz a pesar de sus valiosas contribuciones para contrarrestar las iniciativas extremistas. Las afganas temen que las negociaciones con los talibanes, a cambio de poner fin a más de 17 años de guerra, puedan poner en peligro sus derechos y las conviertan de nuevo en ciudadanas de segunda y propiedad de los hombres.
La cuestión afgana, lejos de resolverse, parece entrar en un punto de inflexión en una de las guerras más caras de la Historia, que seguirá dejando muchos frentes abiertos en el futuro. Afganistán vuelve a encabezar la lista de guerras subsidiarias, que, junto a países como Ucrania, Siria, Irak, Yemen, Libia o Sudán, solo parecen carne de cañón para unas potencias mundiales y regionales sedientas de poder a las que no les interesa que la guerra acabe.
Para ampliar: “La guerra en tierra de otros”, Trajan Shipley en El Orden Mundial, 2017