El mariscal libio Jalifa Haftar, al frente del Ejército Nacional Libio, puso en marcha en mayo de 2014 un golpe militar con el que pretendía sacar del poder a los islamistas, que lo ostentaban desde las primeras elecciones tras la caída de Gadafi, celebradas en 2012. En junio de ese mismo año, unas nuevas elecciones dieron la victoria a las facciones seculares que apoyaban a Haftar, resultado que los islamistas se negaron a aceptar. Los representantes recién elegidos se vieron obligados a refugiarse en Tobruk, mientras que las facciones islamistas mantenían el control de la capital, Trípoli, desembocando en la división total del país entre estos dos Ejecutivos enfrentados.
En un intento de recomponer la situación, la ONU auspició la firma del Acuerdo Político Libio, por el que se creaba un Gobierno de transición llamado Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA, por sus siglas en inglés), que acabó absorbiendo a los islamistas. Hoy, ese Gobierno está liderado por Fayez al Sarraj desde Trípoli y es reconocido por la ONU y la mayoría de actores internacionales. No obstante, el acuerdo no fue aceptado por el parlamento de Tobruk y, desde entonces, los dos Gobiernos han luchado por el control de Libia sin que ninguno haya conseguido una victoria militar o diplomática definitiva. Por otro lado, Libia despierta el interés de muchas potencias regionales y globales, que han visto en la guerra civil una oportunidad para intervenir. No en vano, el país tiene las mayores reservas probadas de petróleo de África, juega un papel crucial en las rutas migratorias hacia Europa y tiene acceso a los yacimientos de gas natural encontrados recientemente en el Mediterráneo oriental. Pero ¿qué países están involucrados? y ¿qué intereses tiene cada uno?
Para ampliar: “Libia: tres Gobiernos en desgobierno”, Juan Bautista Cartes en El Orden Mundial, 2018
Quién apoya a quién
Al igual que Siria, la guerra está haciendo de Libia terreno abonado para la pugna entre potencias, que esperan obtener a...