Como si de un agujero negro se tratara, la región del Sahel se traga todo por lo que ella pasa: oro, armas, coches, personas, estupefacientes... Y todo lo que devora lo transforma en riqueza para unos pocos, en conflictos interminables para muchos, y en esperanzas frustradas para aquellos que habitan esta árida región del mundo, o que por ella pasan camino de Europa. Es aquí donde confluyen el mundo árabe y bereber de la costa sur del mediterráneo con la geopolítica del África subsahariana. Y es concretamente a camino entre Sudán y Libia donde se sitúa uno de los puntos más calientes de la región, en su vertiente oriental.
El Sahel en una de las regiones con tasas de crecimiento demográfico más altas del mundo, combinada con unos niveles de desarrollo económico muy por detrás de las necesidades de la población. Además, el calentamiento global ha hecho mella en la zona, deteriorando hasta el 80% de los terrenos fértiles e intensificando los conflictos por la tierra y el agua entre agricultores y nómadas. Todo ello ha incrementado la inseguridad alimentaria, obligando a poblaciones enteras a abandonar sus hogares. A esto se suma la ausencia de estructuras estatales de seguridad verdaderamente funcionales en gran parte de este vasto territorio, con fronteras existentes solo sobre el papel y poblaciones criminalizadas o simplemente ignoradas por sus gobiernos.
En este contexto hostil, a menudo las actividades ilegales son la única garantía de supervivencia, lo que convierte al Sahel en una región inestable y en la que prolifera el comercio de armas. Unas dinámicas de las que los propios Estados son partícipes y de las que se benefician.
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