Como si de un agujero negro se tratara, la región del Sahel se traga todo por lo que ella pasa: oro, armas, coches, personas, estupefacientes… Y todo lo que devora lo transforma en riqueza para unos pocos, en conflictos interminables para muchos, y en esperanzas frustradas para aquellos que habitan esta árida región del mundo, o que por ella pasan camino de Europa. Es aquí donde confluyen el mundo árabe y bereber de la costa sur del mediterráneo con la geopolítica del África subsahariana. Y es concretamente a camino entre Sudán y Libia donde se sitúa uno de los puntos más calientes de la región, en su vertiente oriental.
El Sahel en una de las regiones con tasas de crecimiento demográfico más altas del mundo, combinada con unos niveles de desarrollo económico muy por detrás de las necesidades de la población. Además, el calentamiento global ha hecho mella en la zona, deteriorando hasta el 80% de los terrenos fértiles e intensificando los conflictos por la tierra y el agua entre agricultores y nómadas. Todo ello ha incrementado la inseguridad alimentaria, obligando a poblaciones enteras a abandonar sus hogares. A esto se suma la ausencia de estructuras estatales de seguridad verdaderamente funcionales en gran parte de este vasto territorio, con fronteras existentes solo sobre el papel y poblaciones criminalizadas o simplemente ignoradas por sus gobiernos.
En este contexto hostil, a menudo las actividades ilegales son la única garantía de supervivencia, lo que convierte al Sahel en una región inestable y en la que prolifera el comercio de armas. Unas dinámicas de las que los propios Estados son partícipes y de las que se benefician.
Para ampliar: “El Sahel, un lugar en el olvido”, Pablo Moral en El Orden Mundial, 2018
La muerte de Gadafi y el caos regional
La caída de Muamar el Gadafi en Libia en 2011 no sólo supuso la desintegración de un régimen al completo, sino también el desmoronamiento de los ya de por sí frágiles cimientos del Sahel. A pesar de sus excentricidades y violaciones de derechos humanos, el dictador había conseguido llevar a Libia a la cúspide de los índices de desarrollo humano del continente, y su desaparición dejó un vacío rápidamente llenado por organizaciones terroristas, redes criminales de tráfico internacional y grupos armados de toda índole.
Durante décadas, Libia fue fuente de oportunidades laborales para inmigrantes procedentes de todo el continente, que llegaron a ser el 10% de la población del país y, aún en 2017, en medio de la guerra, muchos seguían considerando el país como su destino migratorio final. Frente a ello, al desaparecer Gadafi, Libia pasó a convertirse en la principal puerta de salida de la migración del Sahel y de África subsahariana hacia Europa, un piso franco para terroristas, así como en el polvorín del que diferentes movimientos armados desde Malí hasta Siria vendrían a conseguir sus armas durante la siguiente década.
No puede comprenderse la inestabilidad y la violencia que ha vivido el Magreb y Oriente Próximo los últimos años sin hacer referencia a la guerra en Libia. Gracias al caos libio, Dáesh gozó de una base segura en la ciudad libia de Sirte hasta 2016, y aún hoy se sirve de las remotas zonas desérticas del país para realizar atentados. De hecho, los peores ataques terroristas que ha vivido Túnez en los últimos años se fraguaron en Libia, y lo mismo con otros tantos en Europa. En definitiva, la inestabilidad libia significa más poder para grupos como Dáesh y Al Qaeda del Magreb Islámico, y, por lo tanto, más violencia en toda la región, incluyendo Mauritania, Mali, el Sinaí, Gaza, Siria e Irak.
Para ampliar: “El Sinaí, oasis del yihadismo”, Clara R. Venzalá en El Orden Mundial, 2018
Darfur y la primavera sudanesa
Los últimos treinta años años tampoco han sido un camino de rosas para Sudán. El país fue incluido en la lista de países promotores del terrorismo desde 1993, después de que el entonces presidente Omar al Bashir permitiera que Osama Bin Laden y sus seguidores lo utilizaran como base de operaciones durante años. Sudán también debió afrontar en 2011 la violenta escisión del sur, donde se concentraban la mayor parte de sus reservas de petróleo, y ha sido escenario de masivas violaciones de los derechos humanos en el conflicto de Darfur, catalogadas de genocidio. Todo ello ha convertido a Sudán en otro factor de inestabilidad para el Sahel: un punto tradicional de tráfico de armas y un territorio franco para la organización de insurgencias armadas transfronterizas. Las guerras y rebeliones en República Centroafricana, Chad o en el propio Sudán del Sur tras su independencia, son inexplicables sin entender el contexto sudanés y la connivencia de sus autoridades con estos grupos.
Para ampliar: “Olvidado Darfur: un conflicto abierto en el Sahel sudanés”, Jesús Díaz Alcalde en El Orden Mundial, 2016
Fue precisamente en el conflicto de Darfur donde se fraguó el poder de uno de los actores más relevantes de la región en la actualidad: Mohamed Hamdan Dagalo, alias Hemeti (‘mi protector’, en árabe), apodo que se ganó como mano ejecutora de la represión de Al Bashir. Hemeti inició su ascenso como comandante de las Yanyauid (‘salteador de caminos montado a caballo’, en árabe), una de las milicias utilizadas por Al Bashir como fuerza de choque para reprimir el levantamiento tribal en Darfur a principios de los 2000. Oficialmente regularizadas como las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés), se calcula que las Yanyauid gozan actualmente de entre 50.000 y 30.000 efectivos, y desde su éxito en Darfur han sido desplegadas para aplacar multitud de rebeliones en otras regiones sudanesas, y fueron nombradas guardia pretoriana del presidente Al Bashir.
Además de apoyo gubernamental, en 2017 las RSF alcanzaron un grado mayor de poder y autonomía al hacerse con el control de la mina de oro de Jebel Amer. A esta mina siguieron otras tres, lo que actualmente confiere a Hemeti, a través de su empresa familiar Al Junaid, un control casi monopolístico de un comercio que supone más del 30% de las exportaciones del país. Desde entonces, las RSF se convirtieron en la organización militar más poderosa de Sudán al margen del Ejército oficial, con capacidad para enviar tropas de apoyo a la coalición saudí en Yemen y también a Libia, o para vender armas y vehículos a milicias de República Centroafricana, alimentando durante años conflictos al otro lado de las fronteras sudanesas. La última conquista de Hemeti se produjo en 2019, con la caída de Omar al Bashir ante la presión de las protestas populares que sacudieron el país durante meses. El miliciano consiguió navegar los acontecimientos de la revolución sin escrúpulos: fue el primero de los militares de alto rango en expresar su apoyo a los manifestantes y, posteriormente, las RSF fueron las encargadas de llevar cabo la mayor masacre acontecida durante el período revolucionario.
Con Al Bashir ya derrocado, las Yanyauid han sido integradas dentro de las Fuerzas Armadas sudanesas, a pesar del desagrado por parte de los militares de carrera, y Hemeti ha sido nombrado vicepresidente del Consejo Militar de Transición, encargado junto a otros actores de dirigir la transición democrática del país a pesar de ser una parte fundamental del instrumento de represión del antiguo régimen. De esta forma, Hemeti ha pasado de miliciano en el desierto a ser uno de los hombres más poderosos y ricos del país. Nada de esto podría haber sucedido sin el apoyo de diferentes actores internacionales, también muy presentes en el contexto libio.
Para ampliar: “Más allá de Darfur: las guerras olvidadas de Sudán”, Juan Bautista Cartes El Orden Mundial, 2018
Intereses internacionales y guerras que se retroalimentan
¿Cómo ha podido Hemeti, ciudadano de un país sometido a sanciones internacionales, hacerse rico vendiendo oro al por mayor? La respuesta se encuentra al otro lado del mar Rojo y del desierto de Arabia, en los Emiratos Árabes Unidos. Allí, el sistema bancario ha permitido durante años a los sudaneses esquivar los controles internacionales para llevar a cabo operaciones comerciales internacionales, dando a Hemeti un mercado para la exportación de su oro. Este puente al bloqueo económico internacional no es más que la punta del iceberg de un juego geopolítico que une estrechamente los destinos de Libia y Sudán.
Hemeti se enriquece gracias a la venta de oro a los mercados del golfo Pérsico y, a su vez, envía a sus tropas a Yemen como mercenarios para colaborar con las fuerzas de Arabia Saudí y Emiratos presentes en el país. El esquema se repite en Libia, donde los soldados de Hemeti luchan a las órdenes del general Jalifa Haftar —apoyado también por Egipto, Rusia, EE. UU. y Francia, además de Arabia Saudí y Emiratos— con el objetivo de derrotar al Gobierno de Acuerdo Nacional, reconocido por la ONU. Así, Hemeti se enriquece a costa de las guerras de toda la región.
Para ampliar: “Libia, el nuevo campo de batalla entre potencias”, Carlos Palomino El Orden Mundial, 2020
Las RSF quedan por tanto convertidas en un arma de libre uso para el mejor postor, un ejecutor de intereses internacionales que no hace sino aumentar la inestabilidad y los desplazamientos forzados en la región. Perpetúa las estructuras de la dictadura de Al Bashir, anula la rendición de cuentas por los crímenes cometidos en Darfur y durante la revolución, y da vía libre a Hemeti para seguir enriqueciéndose con los recursos del país, algo que ya ha motivado levantamientos locales y que dificultará que el país deje de ser considerado un paria en el entorno internacional.

Naturalizar la presencia de una fuerza así en la transición a la democracia en Sudán es un peligro que puede incluso generar rebeliones internas de civiles o de los propios militares. Hoy son Yemen y Libia, pero en el futuro quizás sea Chad —un país que ya ha vivido anteriormente la intervención de los mercenarios de Hemeti contra su Gobierno—, República Centroafricana, Sudán del Sur o cualquier otro país de la región que atraiga intereses internacionales. Por otro lado, a medio plazo apostar por un hombre fuerte como Haftar podría servir para crear un tapón de estabilidad contra el terrorismo y la inmigración en el norte de África, como Marruecos. No obstante, apoyar a autócratas no es la solución: como se está observando en Egipto con Al Sisi o en Irak, las revueltas árabes pueden estallar de nuevo si no se presta atención a las demandas de la población.
Los conflictos de Libia y Sudán se retroalimentan, y demuestran que hay muchos actores no interesados en que los países del Sahel avancen hacia la paz y la democracia. Tanto Haftar como Hemeti son piezas clave para el futuro de ambos países, aunque está por ver si habrá fuerzas alternativas que sean capaces de impedir que Sudán y Libia vuelvan a caer en el autoritarismo. De lo contrario, los conflictos de este rincón del Sahel seguirán multiplicándose, generando el caldo de cultivo perfecto para el terrorismo y masivos desplazamientos de población.
Para ampliar: “Pasado oscuro, futuro incierto: el Sudán de Al Bashir”, Luis Martínez El Orden Mundial, 2019

