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El pasado 30 de julio, miles de manifestantes salieron a las calles de Niamey con banderas de Rusia para apoyar el golpe de Estado contra el presidente de Níger, Mohamed Bazoum. Mientras unos ondeaban la enseña rusa, otros nigerinos se concentraban en la embajada de Francia para quemar la insignia francesa. Las imágenes recordaban a lo que había sucedido meses atrás en Burkina Faso y en Malí, donde dos golpes militares similares derrocaron a sus gobiernos democráticos.
Las protestas en Níger ilustran la realidad actual que vive el Sahel. Desde 2019, se han producido una docena de intentonas golpistas en ocho países diferentes de la zona. Esta ola de motines está provocada por factores regionales como la inseguridad, la pobreza, la corrupción o las disputas entre facciones. Sin embargo, la incapacidad de los países occidentales —especialmente de Francia— para contener estos problemas ha avivado en estas antiguas colonias francesas el sentimiento de rechazo hacia Occidente. En su lugar ha emergido Rusia, que no deja de ganar influencia en la región gracias a la alianza de su compañía de mercenarios, el Grupo Wagner, con los líderes golpistas.
Occidente ha hundido su reputación en el Sahel
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