Cuando estalló la rebelión armada en Siria en 2011, la gobernación de Idlib —conservadora y un tanto marginada política y económicamente— y sus alrededores fueron de las primeras zonas del país en tomar las armas contra el Gobierno. En la espiral de violencia en la que se vio inmerso el país árabe, la región pasó pronto a convertirse en un bastión de los miles de combatientes islamistas y yihadistas que formaban parte de las decenas de milicias y grupos armados que se establecieron en ella, deseosos de asegurar su cuota de poder. Hoy Idlib y sus alrededores también albergan a casi tres millones de personas, la gran mayoría civiles, de los cuales se calcula que casi la mitad son desplazados internos de otras partes de Siria que huían de los enfrentamientos y de las represalias del Gobierno.
El epicentro de la rebelión
En sus comienzos, la religión no tuvo cabida en el levantamiento popular que barrió Siria a partir de marzo de 2011. Sin embargo, las llamadas unánimes a reformas democráticas y a la libertad que caracterizaron los primeros momentos de la revolución dieron paso a otra batalla: la del islamismo contra el secularismo. Pronto, la mejor financiación, organización y dotación de recursos de las facciones más radicales decantó la balanza a su favor, a expensas de las más moderadas, como el Ejército Libre Sirio.
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