La globalización está mutando y la Unión Europea debe adaptarse. El bloque se ha beneficiado durante décadas de la apertura económica global, mostrándose ante el mundo como un modelo de mercado competitivo y abierto en el que van de la mano el comercio, el desarrollo y el multilateralismo. Sin embargo, esa visión optimista de la globalización ha dado paso a otra más recelosa, en la que la interdependencia se ve menos como una oportunidad y más como un riesgo. Y a la UE le cuesta encontrar su sitio en ese mundo que es más proteccionista, competitivo y conflictivo.
No es que no existan medidas para afrontar el mundo que viene. La UE lleva años trazando planes para conseguir su ansiada “autonomía estratégica”, pero tiene fallos de capacidad y fallos de voluntad. La mejor prueba de ello es la compleja relación de la UE con China y Estados Unidos: los Veintisiete son incapaces de competir con la capacidad de producción china y el atractivo del mercado estadounidense, a la par que dependen enormemente de ambos. Sin embargo, la Unión también tiene fortalezas ante la nueva globalización. Sólo tiene que lograr explotarlas.
Hacia una nueva globalización
La globalización está mutando. Este proceso de interconexión económica, política y cultural alcanzó máximos históricos en las últimas décadas, motivado por el desarrollo del transporte y las comunicaciones. Con el fin de la Guerra Fría y el auge del modelo neoliberal, se completaron las últimas fases de la apertura de mercados y la deslocalización de la producción. Para los mercados ricos como el europeo, deslocalizar industrias manufactureras a economías asiáticas como la china redujo costes en favor de un modelo de vida barato y ultraproductivo. Así, esos mercados ricos podían centrarse en las partes de mayor valor añadido de las cadenas de producción: la tecnología, las industrias avanzadas y punteras y el trabajo intelectual.
Este modelo de globalización funciona bien en un mundo donde priman la paz y la estabilidad. También si los mayores productores de materias primas estratégicas no aspiran a producir mayor valor añadido. Ese mundo nunca ha existido, pero las amenazas a la globalización se han hecho más evidentes en los últimos años. Para empezar, la creciente conflictividad ha demostrado lo frágiles que pueden ser las cadenas de suministro globales. El caso paradigmático es el de los ataques hutíes en el mar Rojo, que han llegado a bloquear el estrecho de Bab al Mandeb, disparando los costes del comercio global. Pero esa fragilidad también se ha hecho evidente con fenómenos más imprevisibles como la pandemia de covid-19, que paralizó las cadenas de suministro globales, o el atasco del barco Ever Given en el canal de Suez en 2021.
A ello se le suma la lucha contra el cambio climático. La descarbonización de la economía requiere transformar el tejido productivo y enormes cantidades de tecnologías y materias primas como las baterías, semiconductores, paneles solares, litio, tierras raras o el cobalto. Una serie de bienes estratégicos que acrecientan la competición entre Estados, otorgando poder geopolítico a polos productivos como China o Taiwán, pero también Australia o el triángulo del litio sudamericano. Este ecosistema ha llevado a un mundo cada vez más competitivo y proteccionista, en el que los países compiten por el acceso a recursos indispensables y por proteger su propia producción de bienes estratégicos. Un mundo en el que la globalización pervive, pero se vuelve más reducida y regional.
La UE ya se está adaptando
La Unión Europea es el caso paradigmático de los retos de la nueva globalización. Si bien es un polo industrial global, depende del exterior para materias primas estratégicas, especialmente las minerales, pero también de hidrocarburos como el petróleo o el gas. Aunque sea rica, esto la hace especialmente vulnerable al proteccionismo y los problemas en las cadenas de suministro. Con todo, la UE no se ha quedado de brazos cruzados ante estos cambios. Hace años que los discursos de la Comisión, del Parlamento y del Consejo predomina la “autonomía estratégica”, la idea de que la UE debe lograr ser más independiente a nivel económico y de seguridad para tomar sus decisiones sin tener en cuenta los dictados de otros países.
Uno de los mejores ejemplos es el Pacto Verde Europeo, la estrategia de los Veintisiete para descarbonizar sus economías hasta lograr las emisiones de carbono netas en 2050. Más allá de aumentar el peso de la energía renovable en el mix energético europeo, contempla la reindustrialización del continente y la diversificación de las cadenas de suministro, en especial las de bienes estratégicos. Entre otras iniciativas, para lo primero existe un plan de incentivos que permitan atraer y construir hubs de sectores esenciales de la transición energética, como las fábricas de baterías o de semiconductores. Para lo segundo hay una lista que recoge bienes clave como el litio, el galio o las tierras raras y mide el riesgo en cuanto a importancia, disponibilidad y diversidad de proveedores.
La UE también ha sabido adaptarse a los tiempos que corren, aprovechando para sacar adelante políticas que refuercen esas estrategias en marcha y fortalezcan el mercado común. Fue el caso de los fondos Next Generation EU, un plan de estímulo económico a base de endeudamiento común durante la pandemia. A estos le siguieron el RePower EU, nuevos fondos para favorecer la transición energética tras el bloqueo del suministro de gas ruso a raíz de la guerra de Ucrania. Europa también ha aprovechado el mercado común para cimentar unas cadenas productivas comunitarias. Es el caso de Airbus, una aeronáutica de titularidad multinacional que ha extendido las fases de su producción en distintos países, asegurando una cadena de suministro sólida y de calidad. Por otro lado, la UE está favoreciendo la relocalización de la industria en los países vecinos, como Marruecos o Turquía, con redes económicas más cercanas y simbióticas.
Frente a la pinza de Estados Unidos y China
Saber leer el contexto internacional no garantiza sobrevivir, más aún cuando actores más poderosos tienen la sartén por el mango. La competición geopolítica entre China y Estados Unidos es un motor de la nueva globalización, y la UE tiene poco margen de maniobra entre los dos gigantes. Por un lado, está la dependencia económica y estratégica de ambos. El caso de Estados Unidos es paradigmático, ya que es uno de los principales destinos de muchas exportaciones europeas. En Alemania, la mayor potencia de la UE, el 2,1% del PIB proviene de las exportaciones a Estados Unidos, lo que las convierte en el 22% del total de exportaciones extracomunitarias. Un porcentaje que para Irlanda llega al 46% y para España es del 13%. Con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y su amenaza de imponer aranceles del 10 al 20%, la economía europea podría verse muy afectada ante la deriva proteccionista.
Estados Unidos también plantea el reto de ser una economía más fuerte y atractiva para la inversión. Prueba de ello fue el Inflation Reduction Act de Joe Biden, el plan de estímulo para acelerar la transición verde estadounidense y que ponía en riesgo el Pacto Verde Europeo. Si bien Trump anunció que eliminaría esta política de Biden, lo que podría dar un respiro a los planes de transición verde de la Unión, la guerra comercial que inaugurarán sus aranceles amenaza con seguir poniendo trabas a la producción europea.
La UE cuenta con otra piedra en el camino en las relaciones transatlánticas: la dependencia defensiva de Estados Unidos. Contar con la protección de la principal potencia militar del mundo ha sido indispensable ante conflictos como la invasión rusa de Ucrania, pero también coarta la autonomía estratégica. La independencia y estabilidad del mercado europeo sólo se conseguirá en un entorno seguro, tanto en suelo europeos como en las rutas que llegan a él. Tener la capacidad de pacificar ese entorno y defender los intereses europeos pasa por mejorar esas capacidades defensivas de forma independiente, ya sea en el marco OTAN o planteando alternativas a la Alianza.
El otro gigante en la ecuación es China, a la que la UE define como “competidor económico y rival sistémico”. El país asiático busca asentarse como superpotencia, expandiendo sus redes comerciales, apostando por sectores punteros como las energías renovables, la automoción y la tecnología y manteniendo su dominio sobre el mercado de materias primas y manufacturas. Luchar contra este impulso comercial es complicado para la UE. Primero por su atractivo comercial: China es el tercer socio comercial de la Unión. Países como España han estrechado lazos a través de inversiones como el acuerdo del Gobierno de España con el gigante chino de las baterías CATL para construir una fábrica en Zaragoza. Por otro lado, por la competitividad de sus precios, que amenaza con inundar los mercados europeos con productos baratos y ya ha puesto en apuros a grandes automovilísticos como Volkswagen en Alemania.
Así, la UE tendrá que labrarse su camino en la nueva globalización. Una que plantea enormes retos y que requiere consensos entre los Estados miembros, pero que también permite repensar y dar alas al proyecto europeo. En un contexto de mayor conflictividad, proteccionismo y competición, un mercado único basado en el multilateralismo y la integración económica y política representa un modelo a contracorriente. Cuidarlo y defenderlo no sólo es indispensable para sobrevivir al futuro, sino para plantear alternativas viables y atractivas ante los cambios globales acelerados.
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Vuelve a salir el Evergreen. Chupito!
Desde mi humilde opinión, el problema son los diferentes modelos industriales en la UE, muchos de los cuales compiten entre sí, no es lo mismo Irlanda o los Países Bajos, que Eslovaquia, Polonia o Hungría, todo esto agregado a los diferentes modelos de impuestos que atizan aun más la competencia, complican más aun la competitividad de la UE como actor mundial.