El petróleo mueve el mundo. En términos literales, continúa siendo la fuente de energía más usada y el bien más comercializado del planeta. En un sentido más amplio, su explotación sigue marcando el rumbo de las relaciones internacionales, tejiendo alianzas y abriendo brechas de alcance global. Y aunque la transición verde amenaza su hegemonía, el final de la industria del petróleo aún parece lejano. El oro negro estuvo detrás del régimen baazista de Sadam Huseín en Irak o el boicot del mundo árabe tras la guerra del Yom Kipur del mismo modo que hoy sirve de sostén del pulso de la Rusia de Vladímir Putin a la OTAN o del aislamiento de Occidente a Irán, Venezuela o Corea del Norte.
A pesar de ello, no fue hasta los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial cuando la industria petrolera comenzó a adoptar su forma actual. La ola de crecimiento global permitió que las empresas comerciales actuaran por primera vez a escala internacional y el petróleo pasó a ser un producto que se podía comprar y vender en los mercados de todo el mundo.
El nuevo papel de superpotencia de Estados Unidos también promovió ese salto: desde sus orígenes y primarios pozos en Texas, Washington ha sido el gran dominador del mercado de petróleo y ha favorecido los intercambios internacionales. Hoy en día, el país norteamericano continúa siendo el primer productor del mundo con una cuota de mercado del 20%.
Desde 1960, sin embargo, Estados Unidos rivaliza con la OPEP, un pacto en origen de cinco países —Arabia Saudí, Irán, Irak, Kuwait y Venezuela— para hacer de contrapeso al oligopolio formado por las Siete Hermanas, siete empresas energéticas occidentales con un claro protagonismo en la industria de entonces, y mantenerse al margen de la partida geopolítica de la Guerra Fría.
Tener petróleo y no estar alineado con Estados Unidos o la URSS acarreaba riesgos de injerencias externas —como le ocurrió a Irán en 1953, cuando estadounidenses y británicos orquestaron un golpe de Estado en el país—, y...