La balcanización es un término que se refiere a la desmembración de un Estado en unidades pequeñas étnicamente homogéneas y enfrentadas entre sí. El concepto nació a principios del siglo XX con la desintegración del Imperio otomano y la creación de nuevos países en la península europea de los Balcanes. Desde entonces se ha utilizado para referirse a procesos de secesión desarrollados en el mundo. Sin embargo, la noción de la balcanización se utiliza en sentido peyorativo, ya que los defensores del statu quo consideran las iniciativas separatistas como peligrosas para la estabilidad de los Estados.
A lo largo de la historia pueden distinguirse cuatro olas de balcanización. La primera correspondió a la disolución del Imperio español en América entre 1810 y 1821, cuando los cuatro virreinatos españoles se fragmentaron en quince repúblicas. La segunda ola dio nombre al término y coincidió con el hundimiento del Imperio otomano después de la Primera Guerra Mundial. Las décadas que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial vieron la descolonización de los Imperios británico y francés en África, Oriente Próximo y el Sudeste Asiático. Y la última ola se produjo con el colapso del bloque comunista y la desmembración de Yugoslavia en Estados independientes.
El origen, las guerras de los Balcanes
La primera guerra de los Balcanes (1912-1913) enfrentó a los otomanos y la Liga Balcánica, integrada por Bulgaria, Serbia, Montenegro y Grecia. Esta alianza consiguió reducir los territorios otomanos a enclaves pequeños y marginados. Sin embargo, las disputas entre los vencedores por repartirlos desataron la segunda guerra de los Balcanes (1913), y la derrota de Bulgaria volvió a dividir la península balcánica. Esas tensiones aumentaron entre Serbia y Austria-Hungría hasta ser un detonante de la Primera Guerra Mundial. Al término del conflicto surgió el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, un intento de Serbia para asimilar a sus vecinos que en 1929 pasó a denominarse Reino de Yugoslavia.
Yugoslavia revivió el concepto de balcanización. Después de la ocupación nazi e italiana en la Segunda Guerra Mundial, se constituyó como una república federal socialista que mezclaba regiones con diferencias culturales, religiosas y políticas. La muerte en 1980 de su líder unificador, Josip Broz Tito, alentó la división. Las aspiraciones nacionalistas y las tensiones étnicas desencadenaron las guerras yugoslavas (1991-2001), que desmembraron al país en las repúblicas independientes de Bosnia-Herzegovina, Croacia, Montenegro, Macedonia del Norte, Serbia, Eslovenia y la región autónoma de Kosovo.
La debilidad de Yugoslavia dio pie a su balcanización. Serbia daba estabilidad y protección a los demás territorios, pero pronto se desataron confrontaciones con minorías étnicas y religiosas infrarrepresentadas. Por ejemplo, el enfrentamiento de católicos y ortodoxos en Croacia o la lucha entre la minoría bosnia musulmana contra los eslavos serbios ortodoxos en Bosnia. La división yugoslava inició una transición en las nuevas repúblicas, que se alejaban del comunismo para afianzar democracias liberales y girar hacia la integración en la Unión Europea. Albania, Macedonia del Norte, Montenegro y Serbia son candidatos actuales al bloque, mientras que Bosnia-Herzegovina y Kosovo tienen el estatus de candidato potencial.
Kosovo, Rusia o Etiopía
El caso de Kosovo es un resquicio de la balcanización. Esta república se declaró independiente de Serbia en 2008, aunque no cuenta con el reconocimiento de toda la comunidad internacional, ya que hay países que quieren evitar procesos similares, o de sus vecinos serbios, por la herencia histórica del territorio. Ese componente identitario tiene gran peso en los procesos de balcanización, pues los complejos mapas étnicos y religiosos generan discrepancias hacia el modelo de Estado.
En ese sentido, otros países han utilizado la violencia y la coacción para frenar las reclamaciones secesionistas. Es el caso de Rusia, cuyas intervenciones en Chechenia pusieron de manifiesto su interés en desincentivar cualquier intento separatista dentro de sus fronteras. Otro ejemplo es Etiopía, que cuenta con decenas de grupos étnicos que profesan en su mayoría el cristianismo ortodoxo o el islam. Su estructura política de federalismo étnico se encuentra en entredicho por las disputas entre el Gobierno central y la región de Tigray, que desataron una guerra desde noviembre de 2020.