Etiopía, con alrededor de cien millones de personas, es el segundo país más poblado de África. Fue el único del continente que escapó de la colonización, siendo heredero directo del Reino de Abisnia, cuyos inicios se remontan al primer siglo de nuestra era. Y, precisamente, el éxito de Etiopía está en su geopolítica. El corazón del país está formado por el macizo etíope, un inmenso bloque montañoso a más de 1.000 metros de altitud que crea una amplia región de climas templados y precipitaciones mucho más estables que en el árido entorno donde se levanta.
Este macizo es conocido como el castillo del agua de África por su importancia para el abastecimiento hídrico de los países circundantes. En él nacen todos los grandes ríos de Somalia; el río Omo, principal tributario del lago Turkana, la segunda mayor reserva de agua dulce de Kenia; o el Nilo Azul, cuya cuenca aporta, en época de crecidas, el 85% del agua del Nilo. Etiopía ha querido aprovechar estos recursos y su abrupto relieve para convertirse en la potencia energética de África mediante la energía hidroeléctrica. Esta ambición geopolítica de Etiopía queda ejemplificada en la Gran Presa del Renacimiento Etíope, en el Nilo Azul, junto a la frontera de Sudán, y que ha levantado ampollas aguas abajo, en Jartum y El Cairo, poniendo en primer plano la geopolítica del agua del Nilo.
El agua y el clima templado han permitido un desarrollo agrícola temprano, que ha dado como resultado una de las mayores concentraciones de población del continente africano. Así, en el macizo vive cerca del 90% de la población de Etiopía; pero con una tasa de urbanización de apenas un 20%, la capital, Adís Abeba, llega a ser una ciudad millonaria. No obstante, el rápido crecimiento de la población y de las tasas de urbanización suponen también un gran reto para Etiopía.
El macizo se encuentra partido en dos por el valle del Rift, una inmensa fosa tectónica resultado de la división de África en dos placas diferentes. Este valle marca la di...