Las relaciones entre España y Marruecos son el resultado de un largo y complejo proceso histórico entre dos territorios situados en uno de los puntos geopolíticos más importantes del mundo: el estrecho de Gibraltar. Desde que Marruecos lograse su independencia en 1956, las relaciones entre ambos países han bebido de estas viejas e históricas conexiones, pero también de acontecimientos más recientes que han resignificado el mapa diplomático de la región: desde la la fallida y desastrosa descolonización del Sáhara Occidental a la gestión de los flujos migratorios, pasando por el resurgimiento del irredentismo y expansionismo marroquí y su postura respecto de las ciudades españolas de Ceuta y Melilla en el norte de África.
La salida en falso del Sáhara y el comienzo de las nuevas relaciones
La reclamación y posterior anexión de las antiguas colonias españolas en el norte de África han convertido a Marruecos en el país del continente africano que más ha extendido sus fronteras desde los procesos de independencia de mediados del siglo pasado. Aunque esta política de reclamaciones —sustentada en la idea del Gran Marruecos— se ha mantenido activa a lo largo de los años, ningún otro evento ha sido tan determinante como la Marcha Verde de 1975, con la que Marruecos ocupó la antigua colonia española del Sáhara Occidental e inició un conflicto con el Frente Polisario y la población saharaui que se mantiene activo hasta la actualidad.
Desde entonces, la ocupación del Sáhara Occidental se ha convertido en el eje que ordena gran parte de las relaciones entre España y Marruecos. El Sáhara sigue siendo considerado por la ONU un territorio pendiente de descolonización bajo la responsabilidad de España. Los sucesivos Gobiernos del país han tratado sin embargo de eludir el problema y mantener el conflicto y su resolución en una situación de statu quo, lo que ha reforzado las posiciones y reclamaciones marroquíes y ha diluido la posibilidad de un referéndum de autodeterminación.
La ocupación marroquí del Sáhara, junto con el desinterés español y el enquistamiento del conflicto, han terminado configurando un mapa de la geopolítica del Sáhara Occidental con dos regiones que viven separadas por los muros y zonas minadas que ha ido levantando Marruecos. La parte oeste del territorio, la más extensa, se encuentra ocupada de facto por el reino alauita y en constante proceso de colonización. Una zona rica en minerales y con varios centenares de kilómetros de costa que ofrecen acceso a los recursos marítimos del Atlántico. Al otro lado del muro, la franja oriental hace frontera casi en su totalidad con Mauritania y se encuentra controlada por el Frente Polisario, que administra un 20% del territorio del Sáhara Occidental.
Ceuta, Melilla y el control del estrecho de Gibraltar
Otros de los territorios que se han mantenido de forma constante en la agenda de relaciones entre España y Marruecos son las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. Ambas poblaciones, vinculadas a España desde la Edad Media, constituyen la única frontera terrestre de la Unión Europea con un país africano. Esta posición geográfica las ha situado en el centro de las ambiciones territoriales de Rabat, que reclama la soberanía sobre las ciudades al tiempo que las ha convertido en potentes herramientas de presión diplomática: ambas ciudades constituyen la puerta de entrada a Europa de muchos de los flujos migratorios del continente africano, cada vez peor gestionados por las funestas políticas migratorias de la UE.
Ceuta y Melilla son también dos enclaves fundamentales para el control del Estrecho de Gibraltar, uno de los puntos estratégicos más importantes y antiguos del mundo. Esta pequeña franja marítima de apenas 14 kilómetros en su parte más estrecha es el punto de conexión (y separación) entre dos continentes que comparten una de las fronteras más desiguales del mundo, pero también de algunas de las rutas comerciales más transitadas del globo.
Tensión en el triángulo entre España, Marruecos y Argelia
Las relaciones entre España y Marruecos de las últimas décadas también han estado marcadas, de forma habitual, por un tercer actor: Argelia. El Estado norteafricano, enemigo histórico de Marruecos, es la otra gran potencia regional de la zona, y su presencia configura un complejo triángulo de disputas y dependencias entre los tres países.
En el centro de estas tensiones está, una vez más, el fallido proceso de descolonización del Sáhara Occidental y la posterior ocupación de Marruecos, pero también la gestión de las rutas migratorias, el abastecimiento de gas, los acuerdos de explotación pesquera o la lucha antiterrorista. El enfrentamiento histórico entre Marruecos y Argelia —la frontera entre ambos países permanece cerrada desde 1994— y el apoyo de Argel a las reclamaciones saharauis ha imposibilitado el desarrollo de muchos de estos elementos y ha convertido a la región en una de las menos integradas del mundo.
La cronología de las relaciones entre España, Marruecos y Argelia










