Las relaciones de España con Argelia atraviesan uno de sus momentos más delicados desde que la excolonia francesa se independizó en 1962. Pero si nos remontamos unos meses atrás, eran los lazos con Marruecos los que parecían a punto de romperse. No es una casualidad: en su relación con sus dos vecinos del sur, eternos enemigos entre sí, Madrid siempre ha vivido atrapada en un complejo juego de poderes en el que para contentar a uno suele tener que molestar al otro y en el que, a juzgar por la cronología del triángulo diplomático, el equilibrio es casi siempre difícil de alcanzar.
El último choque con Argel tiene su origen en la hospitalización de Brahim Gali, líder del Frente Polisario y presidente de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), en un hospital español en abril de 2021. Marruecos, que no reconoce la soberanía del Sáhara Occidental y que mantiene el territorio ocupado desde 1975, reaccionó levantando los controles migratorios en su frontera sur, dando lugar a una crisis migratoria que puso contra las cuerdas al Gobierno español. El chantaje duró apenas unos días, sin que ningún acuerdo o negociación entre las dos partes implicadas saliera a la luz.
Sin embargo, meses después, en marzo de 2022, Rabat hizo pública una carta en la que el presidente español, Pedro Sánchez, mostraba su apoyo al plan marroquí para el Sáhara Occidental ―es decir, su anexión incondicional sin la celebración del referéndum que demanda la ONU―. La misiva supuso un giro histórico en la postura que mantiene España con el último territorio pendiente de descolonizar en África, y como era de esperar no sentó nada bien en Argelia, aliado del pueblo saharaui durante los últimos cincuenta años. Su respuesta fue tajante: a comienzos de junio, Argel rompió el tratado de amistad que firmó con España en 2002 y amenazó con congelar el comercio entre ambos países, medidas de presión a las que también se suma el aplazamiento de la renovación de los acuerdos económicos de suministro de gas.
La situación guarda un gran parecido con la que se desató en 1975 tras la desastrosa retirada española del Sáhara Occidental. En aquella ocasión Madrid dejó fuera a Argelia del acuerdo tripartito que firmó con Marruecos y Mauritania y que refrendó su salida del Sáhara Occidental. Durante esos años las relaciones con Argelia fueron muy tirantes, y el país norteafricano llegó a ofrecer asilo al Movimiento por la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario.
El mapa del Sáhara Occidental y las relaciones entre España, Marruecos y Argelia
De esta forma, las últimas décadas del siglo pasado se caracterizaron por el trato prioritario que España dio a Rabat, con la que firmó un acuerdo de amistad, buena vecindad y cooperación en 1992. Pese a que en 1996 se comenzaron a levantar las vallas fronterizas de Ceuta y Melilla, con políticas migratorias cada vez más duras, durante esos años también quedó establecida la tradición de que el primer viaje al exterior del presidente español fuera a Marruecos, y el rey Juan Carlos comenzó a dejarse ver frecuentemente por el país ―el rey Hassan II y él se llamaban «hermanos»―.
Todo cambió sin embargo con el ascenso del rey Mohamed VI al trono. Este se mostró mucho más beligerante con el Estado español, hasta el punto de que en 2001 retiró sin explicación aparente al embajador marroquí en España ―un movimiento que pretendía en realidad forzar a Madrid a invertir más en su economía― y un año después un destacamento de marines del país africano ocupó la isla de Perejil, una plaza de soberanía española deshabitada. España, que contó en todo momento con el apoyo de la Unión Europea, inició una operación para desalojar militarmente el islote y la crisis finalizó con la intermediación de Estados Unidos.
Esos movimientos provocaron el giro de Madrid hacia Argelia, que en 2002 también selló un tratado de amistad y acabó por convertirse en su principal socio energético gracias al abastecimiento de gas a través de gasoductos. En los tres lustros siguientes España consiguió cierto equilibrio con su vecindad sur, pero en 2018 Rabat volvió a la carga: con el objetivo de revitalizar la industria de su región norte y asestar a la vez un golpe económico a los territorios de España en África, Marruecos clausuró la aduana comercial con Melilla y un año después suspendió el «porteo» también en Ceuta, segando el contrabando y asfixiando a los comerciantes de la zona ―españoles y marroquís―. Por si fuera poco, tras el estallido de la pandemia Rabat cerró el paso a las dos ciudades españolas en la costa norte africana, y no ha sido hasta mayo de 2022 cuando han reabierto.
Esas movimientos enlazan directamente con la crisis actual, aunque de nuevo el conflicto ha vuelto a dar un giro de ciento ochenta grados y ahora es Argelia la que ha pasado a la ofensiva en ese ciclo infinito de reclamaciones y advertencias. Por su ubicación geográfica y su falta de reservas de hidrocarburos, España está condenada a entenderse con ambos países, pero mientras estos sigan dándose la espalda su relación con Madrid será siempre asimétrica.
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