España es la primera potencia turística del mundo. Los 94 millones de visitantes internacionales que recibió en 2024 no son suficientes para arrebatarle a Francia el título de país más visitado, pero la industria turística española es en realidad global. El modelo de sol y playa ha conseguido transformar el ocio internacional y los grandes grupos hoteleros españoles se han hecho fuertes en los principales focos turísticos del mundo.
Desde el Caribe hasta el sudeste asiático, las cinco grandes cadenas hoteleras españolas —Meliá, NH, Barceló, Riu e Iberostar— cuentan con cerca de 800 complejos fuera de España. Países europeos como Alemania, Italia o Portugal aparecen en los primeros puestos de la lista de destinos, pero también potencias turísticas más exóticas como México, Cuba, República Dominicana, Argentina o Vietnam.
El crecimiento del turismo en España ha ido de la mano de la internacionalización de su industria. Es un camino que empezó a mediados de los años ochenta, cuando Meliá abrió su primer hotel internacional en Bali (Indonesia), al que le siguió Barceló con un resort en Punta Cana (República Dominicana). El éxito del modelo y la alianza con aerolíneas españolas como Iberia, que fueron abriendo conexiones aéreas a esos destinos, consolidaron la expansión de las cinco grandes cadenas españolas por todo el mundo. Hoy en día, estos grupos están presentes en casi setenta países.
El primer destino de esa deslocalización hotelera fueron los países del Caribe, que ofrecían grandes oportunidades de negocio para la industria española por su clima, sus playas y su asequibilidad. También permitían reforzar la idea de España como un puente entre Europa y América Latina. Así, las grandes hoteleras españolas exportaron a las costas caribeñas el modelo de resort todo incluido con acceso directo a la playa, bufés libres y actividades de ocio.
Competición España-Francia: los países más visitados del mundo
Meliá, NH, Barceló, Riu e Iberostar conservan el dominio del mercado turístico de la región, pero ninguna ha conseguido imponerse al resto en un destino tan popular como disputado. Es por ello que con el tiempo cada cadena ha ido diversificando su estrategia y concentrándose en distintas regiones del mundo.
De esta manera, Meliá, la principal cadena de España y una de las más grandes del mundo con 373 hoteles, domina el sudeste asiático, con especial énfasis en Vietnam. Por su parte, NH —la única en manos extranjeras, la multinacional tailandesa Minor International— ha priorizado su expansión en Europa, cuyas capitales y ciudades de negocios acogen la mayoría de sus 357 complejos.
Distinto es el caso de Barceló —184 hoteles— e Iberostar —79—, que en lugar de atender al factor geográfico han preferido reforzar su presencia en destinos de playa como el norte de África o el Caribe. Por último, Riu concentra su apuesta en un puñado de países como Estados Unidos, México, Jamaica, República Dominicana, Cabo Verde o Marruecos, en los que cuenta con un total de 101 alojamientos.
Pero no es oro todo lo que reluce en la industria turística española. De la misma manera que el modelo enfrenta grandes desafíos como la estacionalidad o el cambio climático dentro de España, la expansión hotelera internacional también tiene una cara oscura, sometida a debate desde hace décadas.
España: la potencia mundial del turismo se enfrenta a su propio éxito
Los grandes resorts y hoteles de lujo, en especial aquellos que ofertan paquetes «todo incluido», arrastran problemas medioambientales e impactos negativos en la economía local que van desde el desorbitado desperdicio de alimentos hasta la destrucción de ecosistemas. Por ejemplo, el consumo medio de agua por persona y noche en un hotel de este tipo asciende a 300 litros, frente a los 140 de una persona local. Y eso sin tener en cuenta la demanda hídrica de instalaciones como piscinas, jacuzzis o fuentes decorativas.
Al intenso consumo de agua se suma el de energía, alimentos para abastecer los bufés o directamente terreno sobre el que seguir edificando. Asimismo, los resorts que ofrecen todos los servicios que el huésped pueda necesitar dentro de sus propias instalaciones generan una suerte de aislamiento económico, ya que los turistas no abandonan el hotel y su gasto, en vez de repartirse entre la población local, se queda en manos de las compañías hoteleras extranjeras.