Tras la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, el descontento social por las condiciones impuestas y la crisis económica alimentaron al nacionalsocialismo. Adoptado por el Partido Nazi, esta doctrina política fascista defendía la supremacia de la raza aria y el poder absoluto del Estado. Su líder, Adolf Hitler, extendió su influencia en los años veinte, hasta ser el partido más votado en 1932. Una vez nombrado canciller, empezó a transformar Alemania en una dictadura unipartidista.
Bajo coacción y represión, el Parlamento le dió plenos poderes en marzo de 1933 para establecer el Tercer Reich. Solo un día antes, los nazis habían puesto a funcionar el campo de concentración de Dachau, el primero de los cientos que construirían en Alemania y los territorios ocupados. Con este sistema, el régimen planificó la eliminación de aquellos a quienes consideraba enemigos. El complejo de Auschwitz, abierto el 20 de mayo de 1940, se convirtió en el pilar de esta estrategia.
Persecución y segregación social en el Tercer Reich
Hitler había usado el incendio del Reichstag en 1933 para justificar la violencia anticomunista y deshacerse de quienes podían amenazar su liderazgo. Los opositores que sobrevivieron a las redadas, como la noche de los cuchillos largos en 1934, fueron enviados a campos de concentración. También buscó una sociedad alemana ideal al legalizar el antisemitismo y la segregación racial. Las Leyes de Núremberg de 1935 definieron como ciudadanos a los alemanes por ascendencia, mientras excluía a judíos, romaníes y negros para impedir el mestizaje. Despojados de derechos, podían ser expropiados y deportados.
Además, para defender a la raza aria, el Gobierno nazi recuperó la teoría del Lebensraum o ‘espacio vital’, que justificaba la expansión territorial alemana sobre otros pueblos considerados inferiores, como los eslavos. Así, anexionó Austria para después invadir Checoslovaquia y Polonia en 1939, lo que desencadenó la Segunda Guerra Mundial. Allí aceleró la construcción de guetos, como el de Varsovia, y campos de concentración, donde reubicaron a las personas para germanizar el territorio ocupado.
Auschwitz: el símbolo del exterminio nazi
Los alemanes inauguraron el complejo de Auschwitz en la ciudad de Oświęcim, al sur de Polonia, ocho meses después de haber invadido el país. Su ubicación estratégica lo convirtió en el mayor campo de concentración del nazismo. Administrado por las SS, el objetivo era limpiar la región, donde la mitad de los habitantes eran judíos, y someter a la población polaca, que los nazis usarían como mano de obra en las canteras de grava y arena cercanas. Además, Auschwitz facilitaba el transporte de personas, pues las líneas ferroviarias de Praga y Viena conectaban allí con las de Berlín y Varsovia.
Tras aprobar la “solución final” en 1942, el régimen puso en marcha el genocidio de los judíos europeos. Poco antes había iniciado la ampliación de Auschwitz con el trabajo forzoso de los presos para construir Auschwitz II, dedicado al exterminio, y Auschwitz III, destinado a la industria militar y metalúrgica alemana. Desde entonces, dos tercios de los 1.300.000 deportados fueron enviados directo a las cámaras de gas. El 90% eran judíos, pero también sometieron a experimentos médicos y asesinaron a gitanos, homosexuales, testigos de Jehová y discapacitados. Murieron aproximadamente 1.100.000 personas.
De la liberación del campo a recordar a sus víctimas
A finales de 1944, el Ejército Rojo expulsó a los alemanes de la Unión Soviética hasta llegar a la frontera polaca. Ante la derrota inminente, los nazis evacuaron los campos y destruyeron las cámaras de gas tratando de ocultar los crímenes. Pero cuando los soviéticos llegaron a Auschwitz en enero de 1945 y liberaron a más de 7.000 prisioneros, el horror era evidente. En noviembre, ya terminada la guerra, los Aliados procesaron en los juicios de Núremberg a cuarenta oficiales de las SS por el Holocausto y otros crímenes contra la humanidad
Una vez la URSS entregó Auschwitz, el Parlamento de la Polonia comunista fundó un museo en 1947. Además de servir de monumento internacional a las víctimas, ha facilitado la investigación sobre el Holocausto. Desde su apertura, 25 millones de visitantes han conocido el horror del genocidio nazi en este instrumento de lucha contra el olvido. Para poner en valor la memoria histórica, fue declarado Patrimonio Mundial de la Unesco en 1979.