Después de la Primera Guerra Mundial, muchos acusaron a las empresas químicas no solo de sacar provecho de la guerra, sino de alentarla. En 1934, la revista Fortune publicó un análisis sobre el costo de cada baja enemiga, que calculó en 25.000 dólares. Fortune decía que «cada vez que el fragmento de un proyectil se abre paso hacia el cerebro, el corazón o los intestinos de un hombre en la línea del frente, una gran parte de los 25.000 dólares encuentra su camino hacia el bolsillo de un fabricante de armas». Un economista francés señaló que el papel de la competencia en la industria armamentística es único: «El comercio de armas es el único en el que un pedido obtenido por un competidor aumenta el de sus rivales. Las grandes firmas de armamento de las potencias hostiles se oponen como pilares que sostienen un mismo arco. Y la oposición de sus gobiernos hace su común prosperidad».
El presidente Franklin D. Roosevelt expresó un sentimiento similar cuando declaró: «La fabricación privada e incontrolada de armas y municiones y el tráfico de las mismas se han convertido en una fuente grave de discordia y conflicto internacional […] Esta grave amenaza para la paz del mundo se debe en gran medida a las actividades incontroladas de los fabricantes y comerciantes de máquinas de destrucción y debe ser enfrentada por la acción concertada de los pueblos de todas las naciones».
Los avances en armas químicas e insecticidas continuaron apuntalándose el uno al otro en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Este fue especialmente el caso en Alemania. El conglomerado químico alemán I.G. se formó en 1916, como «comunidad de interés de la industria alemana de colorantes» (Interessen Gemeinschaft der Deutschen Teerfarbenindustrie), de los gigantes químicos BASF, Bayer y Hoechst, junto con las empresas más pequeñas Agfa, Cassella, Kalle, Ter Meer y Greisham.
En 1925, estas ocho compañías combinaron sus recursos de posguerra para formar una sola corporación conocida como I.G. Farbenindustrie Aktiengesellschaft, o I.G. Farben para abreviar. Era la compañía química más grande del mundo y el valor de sus acciones se triplicó con creces al año siguiente. Amplió su actividad al sector de las municiones, pudiendo integrar sus plantas de nitrato al consumo de esos nitratos por parte de la industria de explosivos. También impulsó un agresivo programa de producción de petróleo sintético a partir del carbón, a pesar del alto costo, porque la falta de producción nacional de petróleo de Alemania representaba una gran responsabilidad de guerra.
Con el ascenso de los nazis, I.G. Farben se acercó a los líderes del partido y brindó un apoyo financiero decisivo a la campaña electoral de Hitler de principios de 1933. I.G. Farben era la corporación más grande de Alemania e hizo la donación más importante recibida por Hitler.
Al principio, la dirección de la empresa intentó proteger a sus cientícos judíos. Carl Bosch, el primer ingeniero en ganar un Premio Nobel de Química por su trabajo sobre métodos químicos de alta presión, se reunió con Hitler poco después de las elecciones de marzo de 1933, para discutir la importancia del programa de I.G. Farben destinado a sintetizar petróleo a partir del carbón. Le dijo a Hitler que la expulsión de los científicos judíos de Alemania haría retroceder un siglo tanto la física como la química en el país. Hitler respondió de inmediato: «¡Entonces trabajaremos cien años sin física ni química!». Hitler nunca volvió a reunirse con Bosch.
“I.G. Farben era la corporación más grande de Alemania e hizo la donación más importante recibida por Hitler”
Bosch se enteró en abril de 1933 de que su exsocio Haber se había visto obligado a renunciar a su cátedra en la Universidad de Berlín y a su cargo de I. G. Farben director del Instituto Kaiser Wilhelm de Química Física y Electroquímica, a pesar de ser un converso al cristianismo y uno de los científicos alemanes más notables. Bosch trató de reunir a los ganadores del Premio Nobel no judíos de Alemania contra la persecución de los científicos judíos. El esfuerzo estaba destinado al fracaso; incluso uno de los estudiantes de Haber dijo: «¡No podemos desenvainar nuestras espadas por los judíos!».
I.G. Farben completó su nazificación en 1937. Los miembros de la junta que aún no se habían unido al partido lo hicieron. Se despidió a ejecutivos judíos, incluidos los miembros de la junta de supervisión, y Bosch fue relegado de su cargo, ofreciéndosele un puesto honorífico. La compañía lideró el respaldo financiero corporativo al Partido Nazi y suministró los materiales de guerra que permitieron el expansionismo alemán: petróleo sintético, caucho sintético (buna), lubricantes, explosivos, plastificantes, colorantes y miles de otros componentes químicos esenciales para la guerra, incluidos los gases venenosos.
Los frutos de esa expansión para I.G. Farben comenzaron con la anexión de Austria el 11 de marzo de 1938. A los pocos días, la empresa envió un memorando en el que solicitaban a los funcionarios responsables de la ocupación autorización para absorber la empresa química más grande de Austria, Pulverfabrik SkodawerkeWetzler A.G. Esta adquisición, argumentaron los ejecutivos de I.G. Farben, asestaría un duro golpe a la influencia judía en la industria austriaca, dado que la familia Rothschild tenía la participación mayoritaria del banco que controlaba la empresa. Para el otoño de 1938, los directivos judíos de Skoda habían sido despedidos, el gerente general fue pateado hasta la muerte por tropas de asalto nazis, el representante judío de los Rothschild huyó de Austria y la compañía paso a manos de I.G. Farben.
La siguiente en sucumbir ante I.G. Farben fue Checoslovaquia, con la firma del Pacto de Munich, el 29 de septiembre de 1938, por parte del primer ministro británico Neville Chamberlain y el primer ministro francés Edouard Daladier. Esta capitulación desembocó en el control alemán de los Sudetes, las regiones de habla alemana de Checoslovaquia, a la vez que facilitó el plan de I.G. Farben para absorber la empresa química más grande del país, Verein für Chemische und Metallurgische Produktion de Praga (Prager Verein).
Dado que el 25% de los directores de la compañía checa eran judíos, I.G. Farben jugó la carta que necesitaba para la adquisición. La Junta Económica de los Sudetes confirmó esta realidad política con su aviso de que «la gestión checa-judía en Praga ha llegado a su fin». El día después de la firma del Pacto de Múnich, el jefe de I.G. Farben, Hermann Schmitz, envió un telegrama a Hitler insinuando el interés de la compañía en la región. Schmitz escribió que estaba «profundamente impresionado por el retorno de los Sudetes al Reich, que usted, mi Führer, ha logrado». Schmitz añadió que la corporación «pone en sus manos la cantidad de medio millón de marcos para ser empleados en el territorio de los Sudetes alemanes».
Las tropas alemanas entraron en los Sudetes al día siguiente, el 1 de octubre de 1938. Las «negociaciones» para la adquisición de Prager Verein se estancaron debido a la resistencia de la dirección de la empresa. En una reunión el 8 de diciembre, un ejecutivo de I.G. Farben, Georg von Schnitzler, les dijo a los directores de Prager Verein que sabía que estaban boicoteando el trato para la adquisición de sus instalaciones químicas. Por lo tanto, tendría que alertar al gobierno alemán de que, debido a su actitud, «la paz social en el área de los Sudetes estaba siendo amenazada y se podían esperar disturbios en cualquier momento». La responsabilidad de esos disturbios, les informó, sería de ellos. Al día siguiente, la dirección de Prager Verein acordó la venta.
Polonia fue el próximo objetivo de Alemania. Como en las ocasiones anteriores, previamente a la invasión, I.G. Farben preparó una lista de empresas químicas interesantes. Alemania invadió el 1 de septiembre de 1939, dando comienzo a la Segunda Guerra Mundial. Tres semanas más tarde, funcionarios de I.G. Farben, a solicitud propia, fueron nombrados fideicomisarios de las plantas químicas polacas absorbidas.
Bosch cayó en una depresión al ver que la agresiva expansión alemana y la guerra eran resultado de sus logros en el campo de la ingeniería química de síntesis de nitratos, petróleo y caucho. En febrero de 1940 tomó su colonia de hormigas del Instituto Kaiser Wilhelm y se mudó a Sicilia. Su salud siguió empeorando y regresó a Alemania en abril. Predijo la caída de Francia y la destrucción final de Alemania y de la compañía que él había levantado. Murió el 26 de abril de 1940, a la edad de sesenta y cinco años.
Alemania invadió Francia el 9 de mayo y, a finales de junio, controlaba casi toda Europa. I.G. Farben absorbió las empresas químicas de Francia, Noruega, Holanda, Dinamarca, Luxemburgo y Bélgica. Planificó la conquista de empresas químicas en países aún no conquistados, ya fueran neutrales, aliados o enemigos, incluidos la Unión Soviética, Suiza, el Reino Unido, Italia y Estados Unidos. «I.G. estaba en el cenit de su poder», escribió un experto en la empresa. «Desde el Mar de Barents hasta el Mediterráneo, desde las Islas del Canal hasta Auschwitz, ejerció el control sobre un imperio industrial como nunca antes se había visto en el mundo».
“I.G. Farben fue cómplice del Holocausto: saqueó activos judíos, produjo Zyklon B y probó sustancias químicas en los reclusos de los campos de concentración”
Si los líderes de las empresas químicas en los territorios conquistados no estaban dispuestos a ceder una participación mayoritaria a I.G. Farben, se les amenazaba con clasificarlos como «cuestión judía», lo que significaba la confiscación inmediata y completa de los activos. El gigante químico francés Kuhlmann, que fue la segunda compañía química más grande de Europa, sirvió de ejemplo. Kuhlmann había sido dirigida por un judío antes de la ocupación alemana; este hecho por sí solo fue suficiente para calificarlo como cuestión judía y ordenar su incautación posterior, lo que obligó a sus directivos a capitular ante las demandas de I.G. Farben.
I.G. Farben fue cómplice del Holocausto, no solo por el saqueo de los activos judíos y por la producción de Zyklon B, sino también por las pruebas de sustancias químicas en los reclusos de los campos de concentración. Un director de I.G. Farben justificó más tarde los experimentos con humanos sobre la base de que «los prisioneros de los campos de concentración habrían sido asesinados de todos modos por los nazis» y que «los experimentos implicaban un aspecto humanitario dado que se salvaron las vidas de incontables trabajadores alemanes».
Quizás el mayor crimen de I.G. Farben fue el uso de mano de obra esclava. Los nazis y sus aliados corporativos utilizaron esclavos de los campos de concentración en toda su extensa red de instalaciones de producción de material y armas de guerra. Los esclavos eran baratos, prescindibles y suministrados en secreto. Como explicó Heinrich Himmler a Hitler en su planificación del trabajo forzado, uno de los beneficios de usar esclavos sería que «se eliminaría todo contacto con el mundo exterior. Los presos ni siquiera reciben correo».
El químico de I.G. Farben, Otto Ambros, seleccionó Auschwitz como ubicación para el extenso complejo de fabricación de caucho y petróleo sintéticos, la más grande del mundo y el proyecto más importante de la corporación durante la guerra. Ambros seleccionó Auschwitz por la disponibilidad de mano de obra esclava y por su localización geográfica: una mina de carbón cercana, mucha agua (los ríos Sola, Vístula y Przemsza) y la red ferroviaria y de carreteras.
Ambros negoció con Himmler el «alquiler» del trabajo esclavo de Auschwitz en las instalaciones de Farben —negociaciones facilitadas por el beneficio mutuo para la corporación y para las SS, y por el hecho de que los dos hombres se conocían desde la escuela secundaria. Farben accedió a pagar a las SS tres marcos por día y esclavo. Ambros comunicó el arreglo a su jefe: «Con motivo de una cena que nos ofreció la administración del campo pudimos fijar algunos aspectos relacionados con la participación de los oficiales del campo en apoyo de nuestra planta de buna. Nuestra nueva amistad con las SS está resultando muy provechosa». Ambros se implicó en el Holocausto, a pesar de que su supervisor de doctorado era el amigo de Haber, el premio Nobel judío Richard Willstätter, con quien Ambros mantuvo correspondencia incluso después de que Willstätter huyera a Suiza en 1939 y muriera en el exilio en 1942.
El complejo I.G. Farben en Auschwitz, designado como «I.G. Auschwitz», consumía más electricidad que Berlín. Veinticinco mil reclusos del campo murieron construyendo el complejo. Debido a que los reclusos a menudo morían en su marcha forzada desde el campo principal hasta el sitio de construcción, lo que significaba una reducción de la productividad, I.G. Farben construyó su propio campo. Este campo, llamado Monowitz, también tenía el lema de Auschwitz en la entrada: Arbeit macht frei, ‘El trabajo hace libre’. El complejo Auschwitz quedaba entonces completado: Auschwitz I, el campo de concentración original que contenía cientos de miles de prisioneros; Auschwitz II, el campo de exterminio de Birkenau; Auschwitz III, las instalaciones de I.G. Farben para la producción de caucho y combustible; y Auschwitz IV, el campo de concentración de I.G. Farben en Monowitz.
Los funcionarios de I.G. Farben no estaban contentos con la escasez de mano de obra causada por el proceso de «selección» de los médicos de las SS. Judíos perfectamente capaces de trabajar fueron seleccionados con demasiada frecuencia para ser gaseados en Birkenau, dado el celo de las SS por llevar a cabo la Solución Final. Por ejemplo, en un envío de 5.022 judíos a Auschwitz, el 81% fueron seleccionados para la cámara de gas, dejando solo un 19% para I.G. Farben. Un oficial de las SS, buscando aumentar la mano de obra, modificó el protocolo de modo que la descarga de los trenes se realizaría cerca de las instalaciones de I.G., en vez de cerca del crematorio. El siguiente envío de 4.087 judíos resultó en una selección del 59% para las cámaras y el 41% para I.G. Farben, mejorando así notablemente las estadísticas. Entre 1941 y 1945, I.G. Farben esclavizó a 275.000 prisioneros de campos, excluyendo a los que murieron en la construcción del complejo o fueron intercambiados con otras empresas.
Los funcionarios de I.G. Farben estaban continuamente insatisfechos con la escasez de mano de obra. «Si los transportes desde Berlín siguen trayendo tantas mujeres y niños, y judíos ancianos —dijo un empleado— no prometemos lograr una asignación de trabajo deseable». Para el prisionero típico seleccionado para I.G. Farben, Monowitz resultó el lugar donde pasaba algunos meses antes de que el empeoramiento de sus condiciones físicas lo pusiera en camino a Birkenau. Un oficial de las SS les dijo a los prisioneros de Monowitz: «Todos ustedes están condenados a muerte, pero la ejecución de su sentencia tomará un poco de tiempo».
Los prisioneros de I.G. Farben en Auschwitz recibían mejor comida que los del resto de campos, pero seguía siendo una dieta muy pobre, que provocaba una pérdida de peso de tres a cuatro kg por semana. Los funcionarios de I.G. Farben impusieron la regla de que no más del 5% de los reclusos podían estar enfermos simultáneamente y un solo individuo no podía estar enfermo más de catorce días. Violar estas reglas suponía el inmediato envío de los enfermos a Birkenau.
“El complejo I.G. Auschwitz consumía más electricidad que Berlín”.
Los capataces de I.G. Farben aseguraban la disciplina entre sus trabajadores remitiendo las infracciones a las SS. Ejemplos de estas infracciones podían ser: «perezoso», «se escabulle del trabajo», «desobediente», «trabaja despacio», «ha comido huesos del cubo de basura», «pedir pan a prisioneros de guerra», «fumarse un cigarrillo», «abandonar el trabajo durante diez minutos», «sentarse durante las horas de trabajo», «robar leña», «robar un cazo de sopa», «poseer dinero», «hablar con una reclusa» y «calentarse las manos». Los SS respondían con una variedad de castigos, que incluían privación de alimento, latigazos, horca o selección para ser enviado a Birkenau.
El 17 de enero de 1945, según avanzaba el Ejército Rojo hacia Auschwitz, Ambros se apresuró a destruir documentos relacionados con las atrocidades de I.G. Farben durante la guerra. Al día siguiente, los guardias de las SS obligaron a los prisioneros que quedaban en Monowitz a iniciar la «marcha de la muerte» hacia el interior de Alemania. En menos de 48 horas el 60% habían muerto. El 23 de enero, Ambros abandonó Monowitz, dejando atrás solo a los prisioneros con enfermedades infecciosas, demasiado débiles para emprender la marcha. Uno de ellos fue Primo Levi, el químico y escritor italiano. Cuatro días después, el 27 de enero, el Ejército Rojo liberó a los prisioneros que quedaban en los campos de Auschwitz. Mientras tanto, Ambros viajó de regreso a Alemania para destruir otros registros de I.G. Farben y modificar las instalaciones de una fábrica de armas químicas camuflándola como planta de detergentes y jabón.
El Tribunal Militar de Nuremberg acusó a veinticuatro dirigentes de I. G. Farben por crímenes de guerra. El cargo más grave, «Tercer Expediente: Esclavitud y Asesinatos en Masa», decía: «En el curso de estas actividades, millones de personas fueron desarraigadas de sus hogares, deportadas, esclavizadas, maltratadas, aterrorizadas, torturadas y asesinadas». El general de brigada Telford Taylor, fiscal jefe, abrió el caso el 27 de agosto de 1947, con una escalofriante declaración ante el tribunal:
Los graves cargos en este caso no se han presentado ante el Tribunal de manera casual o irreflexiva. La acusación culpa a estos hombres de la mayor responsabilidad, por causarle a la humanidad la guerra más abrasadora y catastrófica de la historia. Los acusa de esclavitud, saqueo y asesinato a gran escala. Los cargos son terribles; nadie debe suscribirlos con frivolidad o venganza, ni sin una profunda y humilde conciencia de la responsabilidad que por ello asume. No hay risa en este caso; tampoco hay odio.
El general Taylor hizo hincapié en la naturaleza metódica de las acciones de los líderes de I.G. Farben:
Los crímenes de los que se acusa a estos hombres no fueron cometidos por rabia, ni bajo la tensión de una tentación repentina, no eran los deslices o lapsus de hombres por lo demás bien ordenados. No se construye una magnífica máquina de guerra en un arranque de pasión, ni la fábrica de Auschwitz en un espasmo pasajero de brutalidad. Lo que estos hombres hicieron fue hecho con la máxima deliberación […] En esta aventura arrogante y supremamente criminal, los acusados eran participantes ansiosos y destacados. Se unieron para apagar la llama de la libertad y para someter al pueblo alemán a la tiranía monstruosa y aplastante del Tercer Reich, cuyo propósito era brutalizar a la nación y llenar de odio a la gente. Reunieron sus recursos imperiales y concentraron sus formidables talentos para forjar las armas y otros instrumentos de conquista que extendieron el terror alemán. Eran la urdimbre y la trama del oscuro manto de muerte que se asentó sobre Europa.
El general Dwight D. Eisenhower, al final de la guerra, asignó un equipo de investigación para explorar el papel de I.G. Farben en la creación del poder militar nazi, incluida la incorporación de las compañías químicas de las naciones conquistadas. El general Taylor señaló en los juicios de Nuremberg que «Europa estaba salpicada de minas y fábricas que codiciaban, y para cada paso en la marcha de la conquista había un programa de saqueo industrial que se ponía en ejecución rápida y despiadadamente». El equipo de Eisenhower concluyó: «Sin las inmensas instalaciones productivas de I.G., su investigación, su variada experiencia técnica y la concentración de poder económico, Alemania no habría estado en condiciones de comenzar su guerra de agresión en septiembre de 1939».
El tribunal condenó a Ambros a ocho años de prisión por «crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad a través de la participación en la esclavitud y el trabajo forzado», así como «el maltrato, tortura y asesinato de personas esclavizadas». Otros once funcionarios de I.G. Farben fueron declarados culpables y sentenciados a penas de prisión por períodos de un año y medio a ocho años. Un fiscal jefe, indignado, dijo que los castigos eran «lo suficientemente leves como para complacer a un ladrón de gallinas».