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Lo que Biden puede aprender de Roosevelt y Johnson sobre gobernar en crisis

Lo que Biden puede aprender de Roosevelt y Johnson sobre gobernar en crisis
Los presidentes (de izquierda a derecha) Roosevelt, Joe Biden y Johnson. Fuente: elaboración propia.

Joe Biden llegó a la Casa Blanca en mitad de una emergencia nacional por la pandemia. Dos presidentes demócratas que también asumieron el cargo en medio de un desastre, Franklin D. Roosevelt en la Gran Depresión y Lyndon B. Johnson tras la muerte de Kennedy, pueden servir de ejemplo sobre cómo aprovechar una crisis para hacer reformas profundas. Igual que sus antecesores, Biden necesita el apoyo de la sociedad y del Congreso: de eso dependerá buena parte de su éxito o fracaso.

Las comparaciones a veces no son tan odiosas. Biden puede lamentarse de que llega a la Casa Blanca en mitad de la peor crisis económica en 75 años, con una caída del 3,5% del PIB, pero está lejos del desplome del 13% de la Gran Depresión que heredó Franklin D. Roosevelt cuando llegó al poder en 1933. Biden también podría quejarse de las duras circunstancias de su toma de posesión, sin público por la pandemia y con el plantón del presidente saliente, pero Lyndon B. Johnson juró el cargo en el mismo avión que devolvía a Washington el cadáver de su antecesor, John F. Kennedy, asesinado pocas horas antes el 22 de noviembre de 1963.

El nuevo presidente tiene el ejemplo de dos líderes que también tomaron las riendas del país en momentos excepcionales de crisis y se impulsaron en ellas para hacer reformas impensables en circunstancias normales. Roosevelt creó un sistema de bienestar y de paso venció al fascismo en la Segunda Guerra Mundial, mientras que Johnson acabó con la segregación racial y dio sanidad pública a los más pobres. El legado de Biden está todavía por escribirse.

Líderes para (aprovechar) tiempos oscuros

Una popular leyenda urbana, popularizada por Kennedy, dice que los chinos usan en mandarín la misma palabra para decir “crisis” y “oportunidad”. Aunque no es cierto, sí refleja cómo Roosevelt y Johnson se aproximaron a su tarea. Uno por voluntad del electorado y otro por una tragedia, pero ambos llegaron a la Casa Blanca en mitad de un contexto adverso y con enorme apoyo popular, que supieron transformar en capital político.

En la campaña electoral de 1932 solo había espacio para la devastadora crisis económica. Los presidentes demócratas habían sido una anécdota en el último siglo y el rival republicano de Roosevelt, el presidente Herbert Hoover, había arrasado en las urnas hacía cuatro años. Sin embargo, el aspirante sabía que la Gran Depresión lo había cambiado todo: el electorado culpaba de tal manera a su oponente que él solo debía evitar meterse en líos. Roosevelt prometió un “nuevo trato” en política económica, pero se mantuvo calculadamente ambiguo en cuanto a los detalles. Eso enfadó a algunos comentaristas, pero el electorado confió en él: ganó en 42 estados de 48.

Joe Biden no ha recibido el mismo apoyo, pero sí usó una estrategia similar. El entonces candidato sabía que Donald Trump iba a hablar, como de costumbre, de muchas cosas a la vez. Biden, en cambio, solo habló de la pandemia durante toda la campaña. Se lo dijo a los votantes en el último debate: “220.000 estadounidenses muertos. Si no escuchan nada más de lo que les diga esta noche, escuchen eso. Cualquier persona responsable de tantas muertes no puede seguir siendo presidente de Estados Unidos”. Un mensaje claro y sencillo que le ha funcionado.

Un presidente rara vez tiene más posibilidades de hacer grandes reformas que cuando acaba de llegar al cargo y tiene fresco el apoyo de los votantes. Roosevelt tuvo que esperar casi cuatro meses después de su victoria electoral para jurar el cargo, y durante ese tiempo intentaron asesinarle. Pero una vez se mudó a la Casa Blanca, no perdió un minuto: en sus primeros cien días consiguió que el Congreso aprobara quince grandes leyes, un logro que nadie ha podido repetir. 

Empezó por una reforma completa del sistema bancario, que había tenido 10.000 quiebras en cuatro años y en el que pocos estadounidenses confiaban. Roosevelt declaró un festivo de varios días para que cerraran todas las sucursales del país y logró convencer a las dos cámaras del Congreso para que aprobaran la ley en ocho horas. También se dirigió al país por la radio: “Es más seguro que llevéis el dinero al banco cuando reabra que tenerlo debajo del colchón”. Los estadounidenses le hicieron caso. “Salvamos el capitalismo en ocho días”, aseguró uno de sus asesores.

Lyndon Johnson tampoco perdió mucho tiempo lamentando la muerte de Kennedy. Dos días después del entierro, el nuevo presidente se dirigió al Congreso. Abrió su discurso diciendo que “daría gustoso todo cuanto tengo para no tener que estar hoy aquí”, pero después recordó a los legisladores los “sueños” de su antecesor asesinado, “sobre todo el de la igualdad de derechos para todos los estadounidenses”. Y allí, ante los congresistas sureños que habían perpetuado la segregación racial durante décadas, añadió: “Ahora los ideales que él tan noblemente representó deben y serán transformados en acciones efectivas”.

No se quedó en una invitación abstracta a honrar al mandatario fallecido a través de sus políticas, sino que fue preciso: “Ningún memorial, oración o discurso podrán honrar la memoria del presidente Kennedy de forma más elocuente que la aprobación de la Ley de Derechos Civiles por la que tanto luchó”. Y tampoco se limitó a ese asunto. “Ninguno de nuestros actos puede continuar más apropiadamente el trabajo del presidente que la pronta aprobación de la Ley Fiscal”, añadió.

Johnson entendió de entrada que su mejor baza política era identificarse con Kennedy. Había sido su vicepresidente, pero no siempre habían tenido una buena relación ni las mismas ideas. De hecho, no podían ser más diferentes: Kennedy era un joven católico de una rica familia de Nueva Inglaterra y Johnson un veterano texano protestante de origen humilde. Sin embargo, se dio cuenta de que el Congreso y la sociedad tendrían mucho más difícil decirle que no al recuerdo de Kennedy que al presidente accidental Lyndon B. Johnson. Antes del verano, el Congreso aprobó las dos leyes que reclamaba el nuevo presidente. 

Es improbable que Roosevelt hubiera logrado aprobar aquellas quince leyes sin la dramática situación económica. Uno de sus más acérrimos críticos, un congresista conservador, veía tal gravedad que le prometió que las cámaras le darían “cualquier poder que necesitase”. ¿Habría podido Kennedy aprobar la Ley de Derechos Civiles? No estaba convencido y no parece que fuera su gran prioridad política, pero su vicepresidente sureño, criado en la segregación, lo logró como tributo a él después de muerto.

Los dos presidentes entendieron la necesidad de actuar rápidamente mientras su popularidad seguía siendo alta y podían canalizar el descontento ante la crisis. Biden ha intentado hacer lo mismo con la aprobación de un inmenso paquete de 1,6 billones de euros en ayudas frente a las consecuencias económicas de la pandemia, el doble de lo que ha destinado la Unión Europea. Podría haber sido menos ambicioso o haberse dado menos prisa para intentar lograr cierto apoyo republicano, pero en lugar de eso ha decidido actuar con rapidez y contundencia aunque para eso haya tenido que sacarlo adelante solo con votos demócratas. Sabe, como sabían sus antecesores, que con cada día que pase lo tendrá todo más difícil.

Presidentes y legisladores

Lyndon Johnson no solo supo aprovechar el duelo por la muerte de Kennedy, también fue prolífico durante su segundo mandato, después de ser elegido en las urnas en 1964. En apenas cinco años firmó doscientas leyes que cambiarían el país para siempre: aparte de los derechos civiles para los afroamericanos, aprobó una sanidad pública para veinte millones de ancianos estadounidenses. Además, duplicó en tres años el gasto público en programas de erradicación de la pobreza, que pasaría en los años siguientes de afectar al 20% de la población al 12%, y amplió masivamente el acceso a la educación universitaria.

Johnson se benefició de su experiencia: llevaba veinticinco años en Washington cuando llegó a la Presidencia y conocía todos los entresijos del poder. Joe Biden lleva casi el doble. Los dos venían de ser vicepresidentes, pero antes habían pasado décadas en el Senado, la cámara donde es más fácil que la oposición frene las reformas. Johnson había sido el líder demócrata allí durante ocho años y conocía a la gran mayoría de sus miembros. Biden ha ocupado un escaño en el Senado durante 36 años, y como vicepresidente de Barack Obama sacó al Gobierno de varios apuros negociando acuerdos difíciles con los republicanos.

Biden cree que ahora podrá hacer lo mismo. Una de las claves de su campaña fue presumir de experiencia y capacidad para gobernar. Incluso durante las primarias demócratas, cuando hubiera sido más sencillo hablar de mano dura contra los republicanos, insistió en la necesidad de hacer concesiones para llegar a acuerdos. En su partido todavía son bastante escépticos y le recuerdan el obstruccionismo total que la oposición le hizo sufrir a Obama, pero Biden cree que los republicanos serán más razonables sin Trump. 

Roosevelt y Johnson, también con reputación de grandes legisladores, gozaban de una posición de salida mucho más fuerte. Johnson tuvo muy buenas relaciones con los senadores, pero dos tercios eran de su partido, igual que una amplia mayoría en la Cámara de Representantes. Con Roosevelt, los demócratas también controlaban ambas cámaras con holgura. Biden, sin embargo, parte de una situación mucho más precaria. Tiene una pequeña mayoría en la Cámara de Representantes y un empate en el Senado. En esta cámara el voto de calidad de la vicepresidenta, Kamala Harris, favorece a los demócratas, pero incluso así la nueva Administración necesitará muchos apoyos republicanos para aprobar leyes.

Composición del senado en Estados Unidos
Composición del Senado en los mandatos de cada presidente. Fuente: Elaboración del autor con datos del Clerk of the House of Representatives

Biden tiene otro obstáculo del que Johnson y Roosevelt le podrían hablar mucho: la oposición dentro del propio Partido Demócrata. Ambos sabían que, aunque se llamaran demócratas, los legisladores sureños segregacionistas eran un partido aparte para muchos asuntos. Fueron los más acérrimos opositores del principal legado de Johnson, la Ley de Derechos Civiles de 1964, que ilegalizó la segregación. Los demócratas sureños desaparecieron hace mucho, pero Biden también puede tener su propio enemigo en casa.

El ala izquierda del Partido Demócrata nunca ha sido tan fuerte como ahora, dentro y fuera de las instituciones, y Biden no pertenece a ella. Los demócratas viven todavía una tregua de felicidad por haber expulsado a Donald Trump de la Casa Blanca, pero el nuevo presidente es centrista, mientras que algunas estrellas de su partido, como Alexandria Ocasio-Cortez o Bernie Sanders, mantienen una agenda común con Biden solo hasta cierto punto. Si Biden se mueve demasiado hacia el centro para llegar a acuerdos con los republicanos, es probable que pierda apoyo dentro de su partido. 

Referentes complicados

Roosevelt y Johnson pueden ser referentes para cualquier presidente demócrata: los dos llegaron al poder en tiempos muy difíciles y han sido los presidentes más influyentes en la configuración moderna del país. Ambos cambiaron profundamente Estados Unidos y llevaron el estado de bienestar a millones de ciudadanos que hasta entonces vivían al margen de él. Sin embargo, Biden también puede aprender lecciones valiosas de sus errores. 

A pesar de sus incontestables éxitos sociales, Johnson es recordado por haber hundido al país en la guerra de Vietnam. Un fracaso que él no empezó, pero que sí agrandó y empeoró mintiendo a la opinión pública, y que acabó por costarle la vida a unos 60.000 estadounidenses y millones de vietnamitas. Su resultado político más duradero, sin embargo, fue acabar con la confianza que tenían los estadounidenses en que su Gobierno les dijera la verdad. Biden, un presidente con experiencia en política exterior y que apoyó la invasión de Irak, puede fijarse en el precio que las aventuras extranjeras tienen en los asuntos internos de un país. 

A Roosevelt, por su parte, se le venera como el vencedor de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra Mundial, pero tiene un legado más oscuro en otros aspectos. Una de las manchas de su currículum es el internamiento forzoso de los ciudadanos de origen japonés durante la guerra o su completo olvido de los derechos civiles de los afroamericanos para no enfadar a los demócratas sureños. Su ejemplo le muestra a Biden los peligros de llevar demasiado lejos una política de compromisos.

Joe Biden se enfrentará a retos y realidades muy diferentes a los de sus antecesores. Sin embargo, el recuerdo de Franklin Roosevelt y Lyndon Johnson demuestra que, por muy difíciles que sean las circunstancias en las que se llega al poder, se puede buscar mejorar la vida de los ciudadanos. Si antes hubo un presidente que se impuso a una depresión económica y una guerra global, y si hubo otro que pasó página de un magnicidio y siglos de discriminación, el presidente actual también puede contrarrestar una pandemia y el legado destructivo de su antecesor.