Con más de tres años de guerra a la espalda, el presidente ucraniano Volodímir Zelenski se ha topado con una Casa Blanca que prioriza un acuerdo de paz inmediato a uno sólido. La estrategia de Donald Trump, siempre con el objetivo de engrosar su lista de guerras resueltas y ganar el Nobel de la Paz, parece dirigida a forzar a Kiev a hacer concesiones y a satisfacer a Vladímir Putin. El nuevo plan de veintiocho puntos no escatimaba en beneficios para Rusia —cesiones territoriales, la renuncia de Ucrania a entrar en la OTAN o límites a sus fuerzas armadas—, al punto de que el secretario de Estado, Marco Rubio, ha tenido que insistir que es de autoría estadounidense. El rechazo ucraniano y europeo ha derivado en un borrador de diecinueve puntos que, sin reconocer los territorios anexionados, están lejos de complacer al Kremlin.
Tarja Halonen, expresidenta socialdemócrata de Finlandia y miembro del Club de Madrid, el principal foro de exjefes de Estado y de Gobierno para debatir asuntos sobre democracia, advierte en una entrevista a El Orden Mundial de que “se está tomando la decisión por Ucrania”. “Lo que ocurre en Ucrania está pautado por actores externos, tanto Rusia como también Estados Unidos, aunque sea en menor medida”, y esto constituye tanto una vulneración de la soberanía y voluntad ucraniana, como un riesgo para Europa.
Halonen fue presidenta de Finlandia desde el año 2000 hasta 2012, y la primera mujer en ocupar el cargo en la historia del país. Putin había llegado al poder unos meses antes y, aunque Rusia invadiría Georgia en 2008, las relaciones con sus vecinos no tenían el tono amenazante actual. Así, para la expresidenta finlandesa —como para todos los líderes europeos—, la invasión rusa de Ucrania fue un golpe inesperado. Y a pesar de los esfuerzos de la Unión Europea por mostrar una postura firme y unida de apoyo a Ucrania, ha quedado relegada a jugar un papel secundario en el pulso entre Putin, Zelenski y Trump.
Finlandia y un horizonte para Ucrania
Tras la invasión inicial y durante estos casi cuatro años se han barajado numerosos desenlaces para la guerra. Entre ellos, la “finlandización” de Ucrania. La finlandización fue la política de neutralidad de Finlandia durante la Guerra Fría, que buscaba mantener la independencia política y económica del país a la par que unas relaciones pacíficas con la Unión Soviética. Esta política se adoptó tras dos guerras (1939-1940 y 1941-1944) en las que la URSS se terminó anexionando el 12% del territorio finlandés.


La estrategia sirvió para que Finlandia se garantizase un clima de amistad con la URSS, conservando su democracia parlamentaria y su economía capitalista. Sin embargo, a ojos de Occidente, la neutralidad era leída como subordinación a la potencia vecina, una situación que resuena con la actual en Ucrania. Los planes de Trump, con topes al número de personal militar ucraniano y el rechazo a la incorporación de Ucrania a la OTAN, favorecen esa idea de una Ucrania “neutral” sin muchas garantías de seguridad.
Ahora bien, hay grandes diferencias entre la Finlandia de la Guerra Fría y la Ucrania de hoy, empezando por cómo se consiguió mantener esa política de neutralidad: con el Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua de 1948. “Finlandia no tenía desencuentros con Rusia, aunque fuesen negociaciones complicadas. Pero los tiempos han cambiado”, advierte Halonen. “Ahora tanto Ucrania como Estonia, Letonia, Lituania o Polonia y aquellos países que han tenido un mayor grado de cooperación —en ocasiones involuntaria— con Rusia están en una posición diferente”.
Otro contraste es que ahora el Kremlin no sólo no tiene intención de poner fin a la guerra, sino que desea seguir ocupando territorios. “Finlandia es un país pequeño. Ucrania es un país muy grande a nivel europeo y esto le otorga una importancia mayor, tanto para Europa como para Rusia”. A nivel estratégico, el interés de Moscú en Finlandia residía en anexionar territorio que alejase las fronteras del país de Leningrado —actual San Petersburgo—, mientras que Ucrania es una pata central en el proyecto nacionalista ruso.
Además, Halonen subraya que la neutralidad finlandesa fue una decisión propia: “Permanecer al margen fue algo que reflexionamos a nivel interno, no algo decidido e impuesto por otros Estados”. En el caso de Ucrania, no es sólo que Estados Unidos planee que el país nunca adhiera a la Alianza Atlántica, sino que está en sintonía con las demandas del Kremlin. Es decir, la supuesta neutralidad vendría “definida por un país que ni siquiera es miembro de la OTAN”. Para la expresidenta finlandesa, no se trata tanto de que Ucrania pueda o no sobrevivir fuera de la OTAN y la UE, sino de que “si la voluntad del país es convertirse en miembro y el desenlace es otro porque Rusia no lo acepta, es una violación a su soberanía”.
Aunque Zelenski y otros líderes europeos comparten esta opinión, la población ucraniana ha ido perdiendo la esperanza de adhesión a la OTAN, percibida como necesaria para la seguridad del país, y a la UE. Según la última encuesta de Gallup, los ucranianos que consideraban que la membresía a la OTAN llegaría en una década han disminuido del 64% en 2022 al 32% el pasado julio, un porcentaje ya superado por aquellos que creen que nunca ocurrirá. Con la adhesión a la UE ocurre algo similar: el 73% que pensaba al principio de la guerra que Ucrania sería aceptada en la UE en diez años ha caído al 52%.
La caída en las esperanzas de adhesión ha ido de la mano con una pérdida de la confianza en la victoria ucraniana. En 2022, casi tres cuartas partes de la población creía que Ucrania debía seguir luchando hasta salir victoriosa; en 2025 esa voluntad se ha derrumbado, dando paso al apoyo a una paz negociada. Por su parte, a ojos estadounidenses sigue primando conseguir rápido un horizonte de paz aunque sea a costa de la integridad y voluntad ucranianas, lo que lleva a que sólo el 16% de los ucranianos apoye el liderazgo de Estados Unidos en las negociaciones, una caída en picado desde el 66% que lo secundaba en 2022.
El quiebre de la seguridad europea
La guerra de Ucrania es un antes y un después para la Europa democrática. “Lo que ha cambiado es que hasta ahora solíamos ser un poco arrogantes y esa conflictividad la veíamos ajena”. Halonen reconoce que esta distancia respecto a la violencia no era tanto una realidad sino una percepción, pues el continente pasó por la guerra de los Balcanes o la invasión rusa de Georgia en 2008. “Pero aunque trabajásemos en conjunto con estos países, no nos lo tomábamos del todo en serio. Así que cuando Rusia atacó Ucrania en 2022 fue una horrible sorpresa para todos nosotros. No pensamos que Rusia, o mejor dicho, Putin, pudiese hacer algo así. El ataque fue, por supuesto, terrible para Ucrania, pero también una grave amenaza para los países vecinos y un durísimo golpe psicológico para los políticos europeos”.
Si la primera sorpresa fue la invasión, la segunda fue darse cuenta de que “la intención real de Putin no era sólo interferir en la política ucraniana, sino llevar a cabo una guerra a gran escala y anexionar territorio”, reconoce Halonen. A partir de aquí, en la UE hubo un cambio de perspectiva y empezó a resonar una idea: el bloque necesita protegerse y defenderse mejor. “Esto explica también por qué en Finlandia o Suecia pensamos que la OTAN era necesaria para la seguridad europea”. Poco después del inicio de la invasión de Ucrania, ambos países solicitaron la adhesión a la Alianza Atlántica. Finlandia ingresó en abril de 2023, siendo el proceso más rápido en la historia de la organización y poniendo fin a la neutralidad del país.
“Nosotros siempre habíamos considerado a la OTAN como opcional; un organismo al que éramos bienvenidos, pero que consideraríamos sólo en caso de necesidad. Así, antes de febrero de 2022, el 80% de los finlandeses no tenía una postura positiva respecto a la OTAN y sólo un 20% creía que la membresía era necesaria. Pero esto cambió radicalmente semanas después del ataque ruso: el 80% de la población finlandesa votó que sí a la OTAN y sólo un 20% estaba dubitativo. Este giro fue radical y rapidísimo”.
Ahora bien, esa confianza en la OTAN ha disminuido a lo largo de estos años. De acuerdo con el último informe del think tank Finnish Business and Policy Forum EVA, más de la mitad de los finlandeses ahora cree que la pertenencia a la OTAN no garantiza que Finlandia fuese a recibir ayuda de otros países en caso de crisis. Y dos de cada tres ciudadanos consideran que Finlandia debe ser capaz de defenderse sola en cualquier circunstancia y no dar por hecho el respaldo de la Alianza.
Este cambio en la retórica no es exclusivo de Finlandia, sino que se ha dado a nivel UE, y responde a la vuelta de Trump a la Casa Blanca. “La duda está en cuánto va a querer involucrarse en Ucrania y en el futuro de la seguridad europea. Los europeos debemos estar más y más convencidos de que Europa debe crear sus propias capacidades para garantizar su seguridad”. Esta visión se ha concretado en iniciativas como el Plan ReArm Europe/Readiness 2030 de la Comisión Europea, que busca rearmar al bloque para garantizar su defensa ante una Rusia hostil y una inestable relación con Estados Unidos.
¿Hacia una Unión Europea más conservadora?
La defensa no es el único reto que enfrenta la UE, aunque el auge de los conflictos y los discursos militaristas dan pistas del nuevo orden que se está gestando y del peso de la mano dura en él. “Estamos pasando por el momento de mayor número de conflictos armados desde la Segunda Guerra Mundial. No es una simple sensación de que el presente es turbulento, es también un hecho”, señala Halonen. En este contexto de repunte bélico, ¿la volatilidad de Trump y el declive de la confianza en Naciones Unidas nos llevan hacia un mundo que duda de la cooperación, instituciones y normas internacionales?
Para la expresidenta finlandesa, “la gobernanza global ha estado sujeta a examen cada cierto tiempo”. De hecho, los problemas de confianza en la ONU tienen raíces tan antiguas como su propia existencia y ya en 1970 se hablaba de crisis de credibilidad y posible irrelevancia de la organización. “Es una confianza que se ve interrumpida por guerras y por las llamadas potencias mundiales. Lo vemos con las tensiones de Donald Trump: ha retirado al país de la Organización Mundial de la Salud y de otras organizaciones de Naciones Unidas, y esto es un problema grave. No es cosa de una sola persona: Trump no ha salido reelegido porque él haya querido, sino porque hay una gran proporción de personas que piensan como él”.
El cuestionamiento de foros y organizaciones internacionales va más allá de esta salida formal de la gran potencia. Se nutre de un abanico de episodios como Israel acusando a la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA) de terrorismo y cuestionando la legitimidad de la Corte Penal Internacional, o Estados Unidos faltando tanto a la reciente cumbre climática COP30 celebrada en Belém, Brasil, como a la reunión del G20 en Sudáfrica.
¿Dónde queda Europa en todo esto? Si bien a nivel externo mantiene su defensa de la gobernanza global y del respeto a las instituciones, a nivel interno atraviesa una crisis de credibilidad: el proyecto político basado en el progreso, el bienestar y los derechos humanos se tambalea a medida que florecen los discursos y leyes antiinmigratorias, el doble rasero con Israel y Rusia o la criminalización de la protestas propalestinas.
En julio de 2024, Finlandia aprobó un proyecto de ley que permite a los guardias fronterizos rechazar a los migrantes y denegar las solicitudes de asilo en la frontera con Rusia. “Este problema va más allá de la frontera de Finlandia”, apunta Halonen, pues el proyecto de ley es similar a los implementados en Polonia, Letonia o Lituania para abordar los flujos migratorios procedentes de Bielorrusia. Todos ellos reflejan un control más estricto de la migración en la frontera oriental de la UE, pero también un incumplimiento de los compromisos de la UE en materia de derechos humanos.
Para Halonen, la vulneración comienza cuando “Rusia empieza a abusar de los migrantes y solicitantes de asilo provenientes de otros países para empujarlos hacia nuestra frontera. Este uso indebido del sistema de derechos humanos es un problema grave, y se está usando a nivel mundial”. La instrumentalización de la migración por parte de Rusia va contra las normas internacionales, pero la respuesta del bloque refleja también una brecha en el sistema de asilo y ejemplifica el camino que la UE está tomando: uno que se aleja de la Convención de Ginebra para acercarse al muro de Trump con México. “No nos tomábamos muy en serio el problema entre Estados Unidos y México, y ahora hemos hecho lo mismo”.
Por todo el Viejo Continente proliferan voces de todo el espectro político contra la inmigración, un discurso que durante la última década había sido liderado —en clara minoría— por una Dinamarca socialdemócrata cada vez más restrictiva. Ahora Dinamarca ya no es una excepción. La gran coalición en Austria empezó a deportar refugiados sirios en agosto, y los laboristas en el Reino Unido han recrudecido sus políticas migratorias al punto de proponer deportar junto a sus padres a los menores nacidos en territorio británico. Por su parte, la ultraderechista Giorgia Meloni busca que Italia envíe a refugiados y solicitantes de asilo que llegan a sus costas a centros de detención en Albania. Mientras tanto, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, apoya la idea de construir centros de deportación en suelo extranjero.
La Europa de hoy está lejos de la que hace tan sólo tres años criticó al Gobierno británico de Boris Johnson por firmar la “operación Ruanda”: un acuerdo para enviar hacia el país africano a demandantes de asilo que llegan al Reino Unido de forma irregular. Atrapada entre Estados Unidos, que se jacta de las deportaciones masivas, y Rusia, que usa la migración como arma, la UE ha decidido insertarse en este nuevo rumbo conservador, mientras aquel pilar identitario de valores progresistas y derechos humanos se desdibuja poco a poco.




Muy interesante el artículo, gracias por el curro que hay detrás.
¡Hola, Iker! Gracias a ti por valorar nuestro trabajo.