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Israel mató a siete cooperantes de la ONG World Central Kitchen (WCK) en Gaza el pasado 2 de abril. Fueron bombardeados con armas de precisión contra tres coches distintos, debidamente identificados y que habían coordinado sus movimientos con el Ejército israelí. Israel se ha excusado diciendo que fue un error, pero como ha reconocido incluso Joe Biden, este “no es un caso aislado”.
Los ataques israelíes contra organizaciones humanitarias en Gaza no son infrecuentes. Desde que empezó la guerra ya van casi doscientos cooperantes muertos, incluidos decenas de extranjeros. Israel ha lanzado una campaña mediática contra la UNRWA —la agencia de la ONU para los refugiados palestinos— y ha bombardeado sus instalaciones y las de varias ONG; algunas han dejado de operar en la Franja. Estas agresiones continúan a pesar de que en marzo la Corte Internacional de Justicia ordenó a Israel permitir la entrada de ayuda humanitaria.
No es el único indicio de que Israel está cometiendo un genocidio en Gaza. Benjamín Netanyahu y sus ministros han tildado a los palestinos como “animales” que han de ser “aniquilados”. Desde octubre, hay más de 32.000 víctimas civiles. El 70% de los hogares de Gaza están dañados y la mitad de la población está al borde la hambruna. Las medicinas escasean y el 90% de los niños padecen enfermedades contagiosas. La solución que sugiere el Gobierno israelí es desplazar a los palestinos al Sinaí egipcio, es decir, expulsarles forzosamente de su hogar.
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